Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/04/11 09:33

“Prolonguis” y desazón

Allí reside la fuerza de esta paz por ahora, en el agotamiento de la sociedad, ese genérico que todos pretenden manipular pero que esta hastiada con tanto tilín y tan pocas paletas.

Álvaro Jiménez. Foto: Semana.com

Por décadas, agudizar la confrontación para después construir mejores destinos para la humanidad del presente y del futuro fue la idea que defendieron personas, movimientos y partidos.

Pues bien, con el “prolonguis” en que vivimos después del 23 de marzo y sobre el que se ha dicho que durará hasta que se garantice la firma de un buen acuerdo, surge la duda de si algunos pretenden agudizar las confrontaciones de una élite dividida por las negociaciones en La Habana esperando que surja un colapso que desmorone el castillo de naipes que parece ser el Estado colombiano. ¿Será posible? A punta de sangre y dolor hemos aprendido que agudizar la confrontación durante medio siglo fue peor, pues en buena medida las armas y la persistencia en ellas han sido factor importante en la degradación de la sociedad, la dirigencia y la oposición tanto armada como desarmada. A pesar de los brillos momentáneos que ha tenido cada grupo social o liderazgo individual, el escenario de Colombia es muy pobre. Miremos: un porcentaje de colombianos bajo el rabioso liderazgo de Uribe busca el fracaso de sus viejos aliados, amigos y familiares tanto en la administración del país como en la paz. Para éstos sólo su verdad es válida. Dicen que destruyendo a Santos salvan la patria de las garras del monstruo que ellos mismos inventan y alimentan a diario: el castrochavismo.

Hay una alta dosis de perversión cuando uno alimenta su  criatura para luego convertirla en el enemigo principal.

De otro lado, amigos e integrantes del gobierno piensan que se puede llegar al fin de la guerra sin construir puentes con el uribismo. Esto es como pretender hacer una vía 4G en los Llanos del Yarí o en la región del rio Orteguaza en el Caquetá sin tener en cuenta la presencia de las FARC. No es responsable continuar sordos. La crisis de confianza frente al gobierno no es útil ni para la paz ni para la guerra.

El “prolonguis” dejó esperando a muchos. Como las novias de Cartago quedaron quienes viven en el sur del Huila, en el Tolima, en el Caquetá o Catatumbo para sólo mencionar algunos y todo porque allí la vida se ha transformado a raíz del fin de la guerra con las FARC. La firma del acuerdo el 23 de marzo era el inicio de otra etapa, desconocida pero que promete ser mejor que lo vivido. De hecho con el proceso de conversaciones y el cese del fuego, el valor del trabajo y de la tierra se vienen recuperando, los circuitos legales de la economía se han vigorizado, hay parientes que retornan para visitar sus familias y propiedades. Hay procesos de organización social que despuntan, hay comunidades y alcaldes como la de Algeciras, Huila que el 8 de Abril y con ocasión de sus 92 años como municipio decidieron desmontar las trincheras instaladas a la entrada del pueblo hace 25 años. Veinticinco. Un cuarto de siglo, a la entrada del pueblo. Finalmente el comandante de la brigada de Neiva no lo permitió, pero esa ambición ciudadana de que se vaya la guerra, que llegue a su fin la preeminencia de los armados debe ser el mejor acicate para la mesa de La Habana y la del ELN. Allí reside la fuerza de esta paz, por ahora, en el agotamiento de la sociedad, ese genérico que todos pretenden manipular pero que esta hastiada con tanto tilín y tan pocas paletas.

El balón está del lado de la mesa. Los colombianos de a pie ya han puesto todo.

@alvarojimenezmi

ajimillan@gmail.com

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