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Opinión

  • | 2012/07/21 00:00

    Alzando la orejona

    Visité a samuel moreno, pero la cárcel no ha surtido efecto resocializador en él: sigue siendo hincha de millos.

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Reconozco que después del triunfo del Santa Fe ando tan subido como el dedito meñique del Presidente Gaviria cuando toma en taza, pero  no es para menos: esta vez no se nos escapaba la séptima estrella. Íbamos por la copa a como diera lugar, aprovechando, en parte, que Noemí hace parte de la junta de Millos, no del Santa Fe, y que la órden de alzar a la orejona no iba a prestarse a equívocos. Y lo digo, atención, con respeto y cariño por ella: una mujer a la que quiero mucho porque, como precandidata conservadora, atajó a Andrés Felipe Arias; y como, directiva de azul, atajó a nuestro eterno rival.
 
Esta vez no se nos iba a escapar la estrella, pero debo confesar que tenía listo un plan B que involucraba a todo el estamento nacional por si hacía falta: desde el Ministro de Agricultura, a quien iba a convencer de que nos otorgara un título, hasta el rector de la Nacional, a quien ya había contratado para que se hiciera pasar por Pacheco.
 
Visité cada partido para que aportara lo suyo. Primero fui a donde los Progresistas y hablé con el alcalde Petro:
 
- Alcalde: vamos por la Séptima.

- Petro no va por la séptima hasta que por la Séptima no pase un tren ligero -me respondió hablando de sí mismo en tercera persona, como siempre.

- No, alcalde –le aclaré-: hablo del Santa Fe: vamos a conseguir la séptima estrella en el Campín.

- Petro sólo va a prestar el Campín para recitales de poesía.

- Y eso será, alcalde: camine que le tengo su boleta.

- Petro no necesita boleta –me contestó-: Petro va de gorra. Y me mostró la boina que se compró para taparse el chichón.
 
No le puse atención. El alcalde es tan extraño que cierra la plaza de toros Santamaría y a la vez decide vestirse como si se fuera un aficionado de la tribuna de sol.
 
Busqué señales en otros líderes de izquierda y visité a Samuel Moreno. Quería pedirle que, llegado el caso, jugara de carrilero zurdo, dada su vocación para robar marcas. Pero me di cuenta de que la cárcel no ha surtido efecto resocializador alguno en él,  porque sigue siendo hincha de Millos. Y es comprensible: uno cambia de ideología, de trabajo, hasta de sexo; pero no de equipo. El mismo Samuel hace dos décadas era mujer y era honrada. Incluso le decían "la Doctora". Pero, como fuera, ya era azul. Lo dejé confinado en la hermosa estación de Policía donde purga su pena, rodeado de árboles y de oxígeno, mientras maldecía al Juez que le negó la libertad. Ha debido soltarlo, pensaba: Samuel merece tener la ciudad por cárcel y sufrir como todos nosotros: que se acostumbre a que ahora las horas valle son las horas pico, y las horas picos, a su vez, los momentos en que Petro besa a su mujer como lo impone la política del amor. Y que monte en Transmilenio, aquel lugar en el que hay más contacto físico que en un capítulo de Protagonista de Novela. Y lo digo con cariño por el sistema, porque allí, durante un frenón, mi mujer y yo concebimos a nuestra segunda hija.
 
Cambié de espectro ideológico y visité el Puro Centro Democrático. Fernando Londoño trató de venderme su Rólex para dárselo como premio a Omar Pérez y José Obdulio me propuso montar otro partido en el que lo dejaran jugar, pobre. Santiago Uribe, en cambio, me ofreció cambiar un articulito en la Dimayor para que permitieran alinear, no a nuestros once jugadores, sino a sus doce apóstoles. Uribe ni me miró: andaba escribiendo trinos contra Santos más rápido que la velocidad de la luz. Es decir: andaba escribiendo neutrinos.
 
Huí despavorido al Partido de la U. Juan Lozano  me recibió con los cortos puestos y me adulaba para que le permitiera jugar en la delantera. Aducía su olfato de gol. Roy se mostró solícito para cambiar de camiseta antes, incluso, de que se terminara el Partido. Piedad Zuccardi y su esposo ofrecieron desplazar en la tabla al equipo rival. Y el senador Merlano se puso a mis órdenes para lo que fuera, lo cual me alegró: tiene talento para conseguir copas, especialmente desde el puesto del volante. Ese es mi crack, pensé: hace poco pidió perdón en televisión e invitó a los jóvenes a que cumplieran la ley, como reconociendo que él ya está muy viejo para esos trotes.
 
Para estar tranquilo del todo, traté de comprar a los jueces, como hizo el Gobierno con la Reforma a la Justicia. Busqué a Julio Socha, a Sigifredo Espinosa, a Leonidas Bustos para que integraran la terna arbitral. Les pedí que pitaran a nuestro favor y que a cambio alargaran el segundo periodo lo que les diera la gana. Y fui práctico: no me detuve en la decepción que me produjeron todos ellos, en especial el doctor Bustos, cuyo apellido hormaba en el sostén más encumbrado de la geneología nacional. Pero ya ven: don Leonidas no estuvo a la altura de su apellido. Resultó siendo de los Bustos falsos, de los Bustos PIP.
 
Lo tenía todo dispuesto. Emilio Otero, que es la otra orejona, iba a revender las boletas y "Fritanga" iba a organizar la fiesta de celebración. Pero, por fortuna, el Presidente Pastrana no me hizo caso. Me refiero a César, César Pastrana: el único Presidente Pastrana que ha servido para algo. Y sin atender uno solo de mis consejos, se animó a jugar con el equipo de siempre y consiguió que alzáramos la orejona. Y posteriormente la copa.
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