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Opinión

  • | 2005/07/03 00:00

    Amenazas, malentendidos, y malas compañías

    Para cuando se haya olvidado, Uribe y su familia podrán pasar el Año Nuevo con su vecino de finca Náder, como el año pasado.

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Lo de las denuncias del periodista Daniel Coronell sobre las amenazas de muerte recibidas por él y su familia en nombre del fanatismo reeleccionista uribista se vuelve cada día más turbio y más confuso. No me extraña. Como decía en un poema de hace medio

siglo el poeta Rojas tratando de explicarle a su colega Neruda las laberínticas complejidades simplemente topográficas de este país: "Esta es Colombia, Pablo". No me extraña, pues, que se contradigan las denuncias de Coronell con las declaraciones radiales o telefónicas de su denunciado, el "polémico ganadero de Córdoba", como llama El Tiempo al ex congresista y ex presidiario Carlos Náder Simmonds; y que las unas y las otras se contradigan con las metidas de cucharada del fiscal general Luis Camilo Osorio; y que el enredo de todo eso no concuerde con las intervenciones del propio presidente Álvaro Uribe. Amenazas, denuncias, aclaraciones, explicaciones, metidas de cucharada, interpretaciones; y, al final, chorros de babas. O a veces de sangre. Pero no pasa nada. O, como declara para El Tiempo el polémico ex parlamentario y amigo del Presidente, sólo pasan "malentendidos". Esta es Colombia.

Me pasaron a mí también hace unos cuantos años, esos tales malentendidos. Empecé a recibir amenazas por teléfono (no había entonces correos electrónicos), y, prudentemente, me fui por unos meses del país. Porque aquí las amenazas no duran mucho tiempo: el amenazador se aburre o se distrae, o decide más bien amenazar a otro, o lo amenazan a su vez a él y tiene que irse, o lo matan. No duran mucho, pero, mientras duran, hay que hacerles caso: nuestros cementerios están llenos de cadáveres de fanfarrones que desoyeron amenazas. Cuando volví, me encontré en un coctel con un general ya retirado que me dijo con cordialidad confianzuda:

-Sí, me acuerdo de que tú tuviste un malentendido con la institución...

Malentendidos. Náder ha dicho, por radio y también, según parece, en declaración "libre y sin juramento" ante la Fiscalía, que es cierto que las amenazas de muerte contra Coronell y su familia salieron de su computador, pero que no eran suyas. Y aclaró que a ese computador tienen acceso más de cuarenta personas, incluyendo los hijos del presidente Álvaro Uribe.

Lo cual, si es cierto que lo dijo Náder, constituye una insinuación gratuita y grave. Porque de esos muchachos se contaban desagradables episodios de abusiva atarvanería, como son habituales en los niños mimados de los presidentes vitalicios (los niños Trujillo, los niños Somoza, o hasta las niñas Bush); pero las amenazas, de muerte, en un país en donde muchas veces se cumplen no son una simple travesura infantil. Según el periódico, Náder calificó esa versión "como una infamia". Yo, personalmente, no le creo mucho a Náder: lo conocí de joven y sé que es un mentiroso patológico. Así, para desenyugarse de lo de Coronell acaba de inventarse, sin pestañear, un cambio de fecha. Pero luego también el fiscal Osorio aseguró que los niños no tienen nada que ver en el asunto. Y el asesor presidencial José Obdulio Gaviria hizo saber que, en todo caso, a Carlos Náder ya no le permiten la entrada libre a Palacio. Y doña Lina de Uribe les prohibió a sus hijos que se sigan metiendo con esas malas compañías.

Como dije al principio, aquí no pasará nada. Un mezquino y subalterno escandalito social bogotano, al cual no seguirá, o eso espero, un chorro de sangre. Para cuando se haya olvidado, el presidente Uribe y su familia podrán pasar de nuevo las fiestas del Año Nuevo en compañía de su vecino de finca Carlos Náder, en las sabanas de Córdoba, como el año pasado. Es un tipo encantador: repito que en la juventud lo conocí de cerca. Pero es también lo que siempre han llamado las mamás (en este caso doña Lina de Uribe) una mala compañía. Se lo advertí en estas mismas páginas al presidente Uribe hace casi tres años. No me hizo caso.

Ni tenía por qué hacérmelo, claro está. Pero me da la impresión, no sólo por el ejemplo de Náder sino por el de unos cuantos ministros, funcionarios, socios e interlocutores del gobierno, de que al presidente Uribe le gustan las malas compañías.
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