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Opinión

  • | 2016/06/28 11:26

    El principio del fin

    Es bueno recordar que Colombia y los colombianos hemos pagado un alto precio por esta guerra absurda que hoy empieza a llegar a su fin: más de 200 mil muertos, 7.6 millones de víctima registradas.

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“Salta hombre hacia la mano del hombre, que es el más alto salto” Jorge Zalamea B

La guerra quedó atrás

 Al rubricar el documento contentivo del Acuerdo del cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y su apretón de manos como gesto del compromiso de cumplirlo por las dos partes contendientes, el Presidente Juan Manuel Santos y el Comandante en Jefe de las FARC Rodrigo Londoño, alias Timochenco, han dado el más alto salto para bien de Colombia y de los colombianos, al ponerle fin a una confrontación armada que data más de 5 décadas. Los colombianos podemos ahora decir, parodiando al Quijote, que ni el bien ni el mal son duraderos y siendo que esta guerra cruel y cruenta había durado tanto la paz está cerca de alcanzarse, dejando atrás para siempre la guerra con todos sus horrores.

 Es bueno recordar que Colombia y los colombianos hemos pagado un alto precio por esta guerra absurda que hoy empieza a llegar a su fin: más de 200 mil muertos, 7.6 millones de víctima registradas, sólo desde 1985 y lo acaba de decir ACNUR, Colombia registra el mayor número de desplazados internos a causa de la guerra, con 7 millones de campesinos desterrados y despojados de su única heredad, la tierra, a manos de quienes se la usurparon. A lo largo de este año y medio durante los cuales se ha cumplido la tregua unilateral dispuesta por parte de las FARC el 20 de diciembre de 2014, con algunas interrupciones, el alivio que han sentido los colombianos los ha llevado a constatar que lo contrario de la paz no es la seguridad, como les han querido hacer creer, sino la guerra. Y se han podido persuadir, además, de que no hay guerra buena ni paz mala!

Después de cinco intentos frustráneos por parte de anteriores gobiernos, gracias al empeño  y  a  la  tozudez  del  Presidente  Santos,  después  de  tres largos  años  de esfuerzos, de altibajos en la negociación, con amagos de ruptura, de escepticismo paralizante, se logró dar este paso histórico, marcando un hito sin precedentes y de la mayor importancia, de un antes y un después de este 23 de junio. Podemos decir, sin hipérboles, que no ha habido en los últimos dos siglos una noticia más importante y trascendental para los colombianos que la suscripción de este Acuerdo, tras el cual expresó sin ambages alias Timochenco “que este sea el último día de la guerra”.

 El mejor acuerdo posible

Lo había dicho premonitoriamente nuestro laureado García Márquez, apóstol de la paz, “nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria” a la guerra y a la destrucción. Y la aspiración de todos los colombianos ha sido la misma de él, hacer de la paz “una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir…donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

La política es el arte de lo posible y a través de este Acuerdo se le está dando una salida política a un conflicto armado y para arribar al mismo fue indispensable ceder de parte y parte, dado que no se trata ni de un armisticio ni de un sometimiento o capitulación, que sólo se dan cuando una de las dos partes es derrotada y este no es el caso. Las bases sobre las cuales descansa este Acuerdo son la verdad, la justicia y la reparación, esas fueron las líneas rojas que desde que sentaron a la mesa de las negociaciones trazaron los negociadores del Gobierno, encabezados por el hábil y avezado negociador Humberto De la Calle. Son muy dicientes las palabras de Eamon Gilmore, enviado especial de la Unión Europea para el proceso de paz en Colombia y nada menos que ex ministro de Irlanda, cuando afirmó de manera categórica que “el Acuerdo que se está negociando en La Habana con las FARC es mejor que el realizado hace 18 años en Irlanda”2. De allí el gran apoyo y el respaldo que se ha granjeado este proceso de parte de la comunidad internacional, encabezada por el Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki –Moon, no se puede entender ni interpretar de otra manera.

Ahora bien, con la firma de este Acuerdo se despejó el camino y ahora estamos en la ruta crítica  para el cierre del ciclo de las negociaciones y se abre otro ciclo que es el de la implementación del mismo. Esta ímproba tarea no es menos compleja y difícil que aquella. El fiel cumplimiento de lo acordado es la premisa para que no nos veamos abocados al fracaso del mismo, como ha ocurrido en tantos otros países. De 646 acuerdos de paz firmados en 85 países entre 1990 y 2007 más de la mitad de ellos han terminado en el más rotundo fracaso antes del primer lustro de haberse firmado. Tenemos que evitar a toda costa que ello ocurra en Colombia, que no puede repetir la fatídica historia de las guerrillas liberales de los años 50, lideradas por Guadalupe Salcedo, que después que depusieron sus armas creyendo en las promesas del Estado que amnistió a sus integrantes este les falló. Tampoco se puede reincidir en lo acaecido más recientemente con la Unión Patriótica, cuya militancia fue objeto de exterminio colectivo sin que el Estado moviera un solo dedo para evitarlo. Así no se construye confianza, por el contrario, estos hechos se erigen como uno de los principales obstáculos que hay que salvar para aclimatar la paz.

¿Qué sigue después de la firma del acuerdo?

La firma del Acuerdo que le pone fin al conflicto armado entre el Estado y las FARC no es el punto de llegada, más bien debe de servir de punto de partida para las grandes transformaciones económicas, sociales y políticas que deberán darse en el curso de la construcción de la paz, que no vendrá por añadidura. Bien lo dijo Albert 

Einstein, “locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”. Se impone, entonces, un cambio de cuajo, el que ha sido largamente esperado y aplazado indefinidamente, ello lo demanda no sólo la guerrilla de las FARC, lo demanda el país nacional, para que tengamos un país más justo, más equitativo, más incluyente y con mayor cohesión social. Se ha dicho por parte del Alto Comisionado para la Paz Sergio Jaramillo que la paz es territorial y no es para menos, pues es en el territorio en donde ha estado el epicentro del conflicto armado, por ello la paz debe construirse desde los territorios y no desde los escritorios de la burocracia centralista3. Y para ello es fundamental la presencia del Estado y el fortalecimiento de la enclenque institucionalidad, empezando por los partidos políticos, que tienen el reto de recobrar la confianza perdida, única manera de ganar en gobernanza en el país todo.

Finalmente, para allanar el camino de este largo camino que habremos de recorrer hasta alcanzar la paz y la reconciliación es absolutamente indispensable añadir al desarme de las FARC el desarme de los espíritus. Concomitantemente con el proceso de las negociaciones en La Habana se ha venido dando una polarización cada vez mayor entre quienes lo compartimos y apoyamos y quienes lo rechazan y atacan, dando lugar a una verdadera hiperestesia colectiva nada edificante. Es entendible que alrededor de un tema tan contencioso como este se despierten pasiones encontradas, está bien que se tramiten las diferencias políticas e ideológicas en torno al mismo; lo que no está bien es que el debate no se de con apego a la verdad, a los hechos y sin recurrir a la descalificación del contradictor por el simple hecho de serlo. El llamado a tirios y troyanos es a la mesura, a la cordura, a la sensatez, a la serenidad y a deponer la animosidad, el odio, la sed de venganza, que son tan malas consejeras. La paz es el bien supremo de la Nación y hoy que la tenemos al alcance de la mano no la debemos dejar escapar por simples mezquindades.

*Director ejecutivo  de la  Federación Nacional de Departamentos.

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