Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/03/07 09:22

Bienvenidos al pasado

Parece un deja vu. Las noticias de hoy parecen una copia de los titulares de ayer, cuando empezaba la última década del siglo pasado.

Ana María Ruiz P.

Hace 25 años hablábamos de lo mismo, de desmovilización, de constituyente y de la inminencia de un apagón.

No hace falta más que vivir para confirmar por experiencia lo que la teoría llama los ciclos de la historia; esto es, la tozudez de las sociedades de repetirse cada cierto tiempo, cuando unas condiciones coinciden y se crean situaciones políticas y sociales determinadas.

Quien no conoce la historia está condenada a repetirla, se recita por tirios y troyanos. La frase sirve para justificar denuncias y para amañar explicaciones; pero sobre todo es útil para entender que los fantasmas del pasado tocan a la puerta cuando quedan asuntos pendientes por resolver, o cuando se les ha abordado mal, y a medias.

La firma de un cese del fuego definitivo con la sigla guerrillera más antigua del mundo no nos puede hacer olvidar que Colombia ha llevado a cabo 9 procesos de paz antes de éste, con sus más y sus menos, exitosos todos. Desde la desmovilización del M-19 hasta el proceso de Ralito, acumulamos una experiencia sin par que no solo demuestra la desmesura de nuestra guerra sino la enorme capacidad que tenemos de inventar caminos para la reconciliación.

Algo quedó pendiente para que en estos años hayamos sumado tantos muertos y tanto dolor. Cuando la ola de desmovilizaciones guerrilleras de comienzos de los 90 pareció traer esperanza en un nuevo país, las Farc quedaron (o se pusieron, según como se mire) por fuera de esa construcción colectiva, de ese compromiso con la paz. En este cuarto de siglo crecieron en número de frentes, en arrogancia armada, en formas violentas de amedrentamiento, en poder destructivo.

Por eso la desmovilización que se avecina, además de ser un enorme reto para la sociedad, es la demostración como una cachetada de la manera como la historia se nos devuelve cuando dejamos cabos sueltos. Hoy volvemos a conjugar el verbo constituyente porque creímos (o creyeron quienes hicieron el proceso del 91) que ampliando el marco político la evidencia del nuevo país bastaba para acoger a todos y alcanzar la paz. Pues no. En estas dos décadas y media las Farc y el monstruo contra guerrillero paramilitar sacaron sus fustas más siniestras para golpearnos en la cara y desgarrarnos la esperanza.

La constituyente de la que hoy hablamos no puede ser entendida como una resignación ante las Farc, sino como una oportunidad de enmendar las carencias de inclusión y sanar las cicatrices aun abiertas de la guerra. Y eso no es un asunto que les concierna únicamente a ese grupo; tienen que entrar en el acuerdo las figuras políticas legales que escudan a las manos negras que pululan por todo el país, bacrimes exterminadoras.

Pero también, y sobre todo, una constituyente nos concierne a todos si no queremos condenarnos, nuevamente, a repetir la historia. No hay acto más relevante para marcar un futuro como nación que un acuerdo constituyente; mucho más aquí, cuando no se trata ni del triunfo de una revolución, ni de la refundación de la patria.

Desmovilización y constituyente ya son suficiente referente de pasado, cuando esta semana comenzaron las advertencias, como hace 25 años, de que estamos ad portas un apagón. Y de nuevo la evidencia de la historia cíclica me hace sentir el mareo del deja vu. ¿Acaso no aprendimos en estos años a administrar los recursos que nos proveen energía eléctrica?

Después del apagón del 92-93, Colombia se empeñó en construir una infraestructura que, combinando hidro y termo eléctricas, situó al país en un lugar muy destacado en el rankin de la provisión de energía. Se hicieron grandes obras de ingeniería y nos sentimos orgullosos por haber superado el momento oscuro que nos obligaba a estudiar con vela, cocinar con pebeteros y escuchar radio en transistor. Entonces, ¿qué quedó pendiente, amenazando con un nuevo apagón?

El descalabro actual no es Guavios robados, sino de inconciencia del recurso. Hemos tratado las fuentes de agua como si fueran inagotables, creímos que la capacidad instalada de ingeniería eléctrica era suficiente, mientras se devastaban kilómetros de páramo en extracciones mineras, en siembras y ganados. La culpa no es del niño, es de ese pendiente histórico que nos pasa la cuenta, la inconciencia que tenemos de nuestras riquezas naturales no renovables.

@anaruizpe

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