Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/04/25 09:15

Las fallas

Las fallas que nos hacen vulnerables son la corrupción y la indolencia, que el día que se nos mueva la tierra habrán sido las causantes de una enorme cuota de dolor que podría haber sido evitado.

Ana María Ruiz P.

Colombia es una fuente inagotable de tensiones tan fuertes para los que aquí estamos, que cuesta trabajo mantener el optimismo. Enfrentamos el reto más grande que hemos tenido, construir convivencia, resarcir los daños de la guerra y disparar nuestra potencia al mundo; y de inmediato las aves del peor agüero se enlistan para sabotear, hasta desde dentro del Estado, la puesta mental de todos en la posibilidad de vivir en paz.

Como si semejante reto fuera poco, las mayores riquezas del planeta están concentradas en este territorio exuberante en selvas, ríos, y páramos; mientras sin compasión y al menor descuido, el Estado les da a los extractores el permiso de dejar sin agua a los wayuu, sin ríos a los negros del pacífico y hasta sin Caño Cristales, semejante santuario, a la humanidad.

Ya de nada valen los trinos indignados ni las publicaciones en la prensa por la muerte del rio Sambingo. El “descubrimiento” de que un rio que desaparece lo único que descubre es la ceguera de años de permisividad de toda clase de funcionarios, desde concejales municipales hasta ministros de Minas y de Medio Ambiente que por ineptitud en el mejor de los casos y por corrupción en el peor, permitieron que se matara a un gran alimentador de aguas al Patía. Las locomotoras mineras, la legal y la ilegal, hacen lo que les da la real gana en el Cauca, dejándonos a todos maniatados.

Celebro que se haya revocado la licencia chueca de la ANLA que permitía explorar un par de kilómetros arriba de Caño Cristales, con alienígenas y todo a bordo. Algunas barbaridades se logran frenar, pero por cada licencia ambiental revocada quedan cientos en firme, hablando solo de las legales que efectivamente extraen en territorios de preservación. Detrás de cada una de esas licencias hay silencios cómplices y corruptos de funcionarios que con sus actuaciones nos ponen a todos en alto riesgo. Nos vuelven vulnerables.

Que el rio Sambingo se secara no obedeció a ninguna fuerza de la naturaleza, ni volcanes enfurecidos ni placas tectónicas en movimiento. El desastre para los pobladores rio abajo del Sambingo y del Patía lo ocasionaron los seres humanos que actuaron sobre su cauce por acción y por omisión.

Como aprendí de Gustavo Wilches desde hace años, los desastres no son naturales, ni un castigo de Dios. Piensen en Chile, en California o en Japón. Los seres humanos que habitan en esos territorios altamente sísmicos han aprendido maneras de prevenir la ocurrencia de desastres, ante la imposibilidad absoluta de controlar la fuerza de la naturaleza. Ellos son mucho menos vulnerables que los habitantes del pacífico peruano en agosto de 2007, o del ecuatoriano la semana pasada, cuando varios cientos de personas de personas murieron bajo escombros y miles entraron en menos de un minuto, a la categoría de vida entre paréntesis que significa convertirse en damnificado.

Corro el riesgo de prejuzgar sobre especulaciones y de ser portadora paranoide de malos presagios, pero hay motivos de sobra para sentirse vulnerable mirando a la Colombia del Pacífico.

No me refiero a la obviedad de estar parada sobre el encuentro de dos placas tectónicas que sube bordeando la costa desde Chile hasta México; una cosa es que la tierra se mueva, y otra el daño que su movimiento nos hace. Miren esta paradoja: en Colombia se ha formado en los últimas décadas un escuadrón sobresaliente de rescatistas, que sabe meterle el hombro de qué manera a la salvación de vidas en momentos extremos como un terremoto. Pero ese mismo país permite que muera de hambre la gente a la que le matan el río, un desastre mucho peor que si los hubiera sacudido un terremoto, porque es irreparable. En tierras de negros y de wayúus no hay estructuras colapsadas, ni mucho escombro de cemento en el que escarbar; el desastre allá es continuado, y tiende a perpetuo.

Las fallas que nos hacen vulnerables no son geológicas, son históricas y políticas. No son impredecibles, como los cosquilleos del planeta; las vemos actuar en las narices de todos, ante los micrófonos todos los días. Las fallas que nos hacen vulnerables son la corrupción y la indolencia, que el día que se nos mueva la tierra habrán sido las causantes de una enorme cuota de dolor que podría haber sido evitado.

Autocorrección: en la columna de la semana pasada, “Encartelados”, dije que el Grupo Familia es una empresa del Sindicato Antioqueño, lo cual es impreciso. Familia es tan antioqueña como el Sindicato, pero no hace parte de él.

@anaruizpe

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