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Opinión

  • | 2016/08/17 10:06

    ¿Cuál ideología de género?

    Todo desarrollo al reconocimiento de que somos todos seres distintos, con distintas maneras de enfrentar la vida y disfrutar la sexualidad, se convirtió en el blanco de los ataques de la caverna.

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Lindo ejemplo de manipulación de masas y tergiversación de mensajes nos regalaron los estandartes de la moral y las buenas costumbres, con su movilización anti gay y su exigencia de autonomía frente a lo que denominaron “adoctrinamiento LGBT”. Una espeluznante alianza político-religiosa le dio vía libre a los odios homofóbicos, tensando peligrosamente esa fibra que (la historia del mundo lo sabe) pone a vibrar a las masas irracionales en la celebración exultante del triunfo por el linchamiento a las minorías.

Hay muchos ángulos para analizar este fenómeno, y todos son preocupantes. Desde los pronunciamientos más serios hasta los comentarios de los indignados en las redes que no daban crédito a lo que veían en la masiva marcha anti gay, lo que queda en el sustrato es la desmesura de la manipulación, aupada en la polarización de un país que parece obstinarse en su larga tradición de intolerancia y discriminación.

Vamos por partes. Que no se trataba de una marcha anti gay, gritan los incautos, que lo que pasa es que hay que oponerse a la imposición de la “ideología de género”, repiten los loros, como si esto fuera una prueba evidente de la perversión del mundo. Gran falacia. Hay que ver la cantidad de personas que por estos días tratan de entender el enrevesado discurso de los cabecillas del movimiento, curas y politiqueros que parecen haber encontrado – al fin, gracias al cielo – un aparente tatequieto a la “pérdida de valores” en la sociedad y la familia.

Nadie puede definir lo que es la ideología de género, simplemente porque no existe. Cuando la ciencias biológicas y sociales confirmaron al mundo el hecho irrebatible de que existen diferencias entre la genitalidad y el comportamiento de los seres humanos, y reconocieron que no hay anormalidad en tener diferentes gustos y placeres sexuales, las hegemonías morales acuñaron la palabra “ideología” para ponerle a la evidencia científica la chapa de invento inmoral. Es como decir que la teoría de la evolución de las especies, o el big bang, son ideologías. Como creer que el sol gira alrededor de la tierra, y prendernos fuego a los herejes con Copérnico.

Por supuesto, todo desarrollo al reconocimiento de que somos todos seres distintos, con distintas maneras de enfrentar la vida y disfrutar la sexualidad, se convirtió en el blanco de los ataques de la caverna. No les gusta que existan derechos sexuales y reproductivos, “ideología de género”; no aceptan que se presten servicios de salud sexual y reproductiva, un mero embeleco producto de la “ideología de género”; les molesta profundamente que la ley reconozca la igualdad de derechos para las parejas homosexuales, aberraciones de la “ideología de género”; solo permiten una manera de tener sexo, el resto es pura “ideología de género”.

Y así, coreando a Serrat, los macarras de la moral convierten la ciencia, los derechos y la evidencia social, en un concepto abstracto, una idea que puede o no aceptarse, como quien elige ser liberal, conservador o comunista, e irrumpen con su discurso que pretende convertir la discriminación en derecho y el rechazo a la diferencia en una legítima norma de convivencia.

Pero como el mundo avanza en contravía de sus ideas, y los estados decentes dan pasos hacia el reconocimiento de la diversidad y la garantía del respeto de los derechos de todas las personas, la Corte Constitucional instó a todos los colegios del país a normalizar sus manuales de convivencia en consonancia con las diferencias de género; y Naciones Unidas financió para el Ministerio de Educación la edición de una cartilla, dirigida a personas adultas, maestros y directivas del sistema escolar, (no a los niños como perversamente dijeron) para que aprendieran a reconocer la diversidad sexual y abordarla sin discriminaciones perversas.

La finalidad de la cartilla era evitar más casos como el de Sergio Urrego, quien matoneado por la rectora y los maestros de su colegio, acabó con su vida. La famosa cartilla ponía de presente que la sexualidad diversa no puede seguir recibiendo tratamiento de desviación, enfermedad ni pecado. Ese fue el florero de Llorente para que lo más retrógrado de la sociedad movilizara a la Colombia homofóbica, la misma que se opone a la educación sexual que desde temprana edad debe enseñarle a los niños el autocuidado, y a que en el despertar de la sexualidad se eduque en cómo y porqué evitar embarazos en la adolescencia, o cómo prevenir el contagio de Enfermedades de Transmisión Sexual o VIH.

El ejercicio de la sexualidad es mucho más que el encuentro de un pene y una vagina. Quienes condenan el reconocimiento de esta verdad tan connatural al ser humano como respirar, alimentarse o excretar, son los mismos que pretenden mantener el placer en los oscuros desvanes de la clandestinidad. Olvidan que en Colombia la pacatería comenzó a desmontarse en 1991, y que contra esta grosera expresión de supremacía moral se impone la lucha diaria por la garantía de los derechos adquiridos. Qué tristeza que haya gentes que se regodeen en la exclusión, y qué reto tan grande el que nos ponen por delante.

@anaruizpe

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