Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/07/25 15:30

Hasta las eternidades terminan

La sociedad planetaria está en cambio permanente, lo que ayer era hoy ya no es, por eso es tan obtuso el mantenimiento de cualquier status quo.

Ana María Ruiz Perea (*)

Nadie es eterno en el mundo, cantan a llanto suelto en los cementerios de muchos lugares de Colombia. Una manera de despedir a los muertos, como cualquier otra en cualquier punto del planeta, un acontecimiento que le abre un paréntesis de dolor a la vida cotidiana.

Las formas como se llora a los muertos son diferentes en cada sociedad, han cambiado con el correr de los siglos y seguirán cambiando porque cada cosa que hace el ser humano se transforma con el tiempo y modifica la realidad del entorno.

La sociedad planetaria está en cambio permanente, lo que ayer era hoy ya no es, por eso es tan obtusa la pretensión de mantenimiento de cualquier status quo, un problema de fondo que tengo con las filosofías conservadoras.

De otra parte, desde las clases de historia del bachillerato sabemos que ningún imperio es eterno en el mundo. Que nos haya tocado en suerte ser espectadores del dominio estadounidense y cargar con una cultura eurocentrista en razón de haber sido colonia del viejo continente, no nos hace más que latinoamericanos, un pedacito de la especie humana que habita en territorios de infinita riqueza natural y ha pasado 5 siglos tomada por potencias de turno.

Desde los cañones españoles hasta las baratijas made in China, crecemos hasta donde los intereses de otro lo permiten, agachamos la cerviz ante lo irremediable y estamos convencidos de que la desgracia de nuestro sino es insuperable.

Diana Uribe lo describe acertadamente como la “fatalidad colectiva” colombiana, esa incredulidad de que seamos un pueblo capaz de hacer grandes cosas. En virtud de esta fatalidad resulta que no somos un pueblo destinado a la grandeza porque “las cosas nunca van a cambiar”, “qué le vamos a hacer si los que mandan son otros” y “nos merecemos lo que tenemos”. Hay que ver cómo los extremistas se solazan en estas verdades de a peso para vociferar que este país no va a ser capaz nunca de superar los horrores de la guerra porque somos un pueblo miserable gobernado por sátrapas.

Esas personas, que cargan la amargura como modo de vida porque ellos sí saben cómo es la cosa, nos llaman crédulos inocentes a los que empezamos a sentir que a Colombia le ha llegado el momento de dar un gran paso en su historia.

La misma bilis, revuelto de ignorancia con arrogancia, es la que destilan por las redes los que opinan que, por ejemplo, Nairo Quintana “no hizo lo que debía hacer” en el Tour.

El mundo deportivo observó la hazaña de nuestro gigante de Cómbita literalmente chupándole rueda al monstruo Froome para alcanzar el lugar que lo llevó al podio, pero no faltó el imbécil al que le pareció que no había hecho lo que tocaba. En el deporte como en la política, se cuecen habas de malos presagios.

Sin embargo, algo pasa en la confluencia de los ciclos por los que atraviesa el planeta que permite especular, con base en algunas evidencias, que le está llegando un gran momento a Colombia.

Nuestros referentes culturales y económicos tradicionales se están desmoronando. Cada semana crece la paranoia de Europa ante los ataques aquí y allá de seguidores de Isis para quienes un camión o un hacha es un arma de destrucción masiva.

En Colombia sabemos lo que significa sentir ese miedo al terrorismo, no podemos más que solidarizarnos con la gente que en Baviera o en Niza se pregunta por qué no puede transitar tranquila, por qué tiene su vida en riesgo.

Las dimensiones del leviatán fundamentalista al que nada ha podido frenar hacen que Europa comience a ser un peor destino donde buscar refugio. La fosa común del Mediterráneo también da prueba de esto.

En este continente, Estados Unidos no se queda atrás. Trump y su xenofobia hacen carrera por los votos mientras aumentan las atrocidades policiales en las calles y los números de la gran potencia occidental se descuadran. Para las muchas personas que quieren encontrar una mejor forma de vida, el sueño americano se desdibuja de a poco, sus señales son inequívocas.

Tampoco hay guerra eterna en el mundo. A pesar de los pésimos agüeros y las banderas negras, y aunque parecía imposible un par de años atrás, en Colombia le estamos pasando la página a una guerra que nos agobió por décadas.

Colombia ha superado las veleidades autoritarias y populistas de sus vecinos, está tomando las riendas de un futuro sin guerrilla y le muestra al mundo su territorio como el tesoro escondido que una guerra fratricida mantuvo oculto.

Poniéndonos de acuerdo en que aquí nadie tiene justificación para matar otro, solo nos queda faltando solucionar el cáncer de la corrupción para convertir esta esquina del planeta en el mejor vividero del mundo. Pésele a quien le pese.

P.S.: Lo mejor del Tour de Francia, después de Nairo, se llama Goga. ¡Que vivan las buenas narradoras deportivas!

*@anaruizpe

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