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Opinión

  • | 2017/03/20 11:15

    José bendito

    Aunque a veces lo parezca no todo lo que hay en las redes sociales es porquería. Escarbando es posible también encontrar música en medio del ruido estridente.

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No todo en las redes sociales es porquería, ni fueron creadas para ser la cloaca del mundo, aunque a veces lo parezca. Son canales y, escarbando en ellos, es posible llevarse la sorpresa de encontrar música en medio del ruido estridente: una que otra información veraz y bien escrita, algunas opiniones respetables y, con suerte, algún tesoro producto de la interacción. Este es uno de esos casos.

Por el Día de la mujer, la tuitera @juanalajirafa (a quien desconozco personalmente), escribió este tuit: “Hagamos algo, mujeres: numeremos las veces que en nuestra vida nos juzgaron por no cumplir con las expectativas de ser mujer. Las leo”. Lo que sigue son más de 400 respuestas que retratan el peso de cargar con roles porque si, por ser mujer. Una cátedra de feminismo dictada por cientos de micro historias en 140 caracteres.

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En algún momento entre la larga línea de respuestas, la anfitriona propuso: “Ahora, hombres: numeren las veces que en sus vidas les juzgaron por no cumplir con las expectativas de ser hombre. Los leo”. Las respuestas son muchas, no tantas como las de las mujeres, pero tanto o más devastadoras que esas, más invisibles, más vergonzosas y si cabe, más dolorosas.

Vean por ejemplo este triste cuento corto: “Cuando mi abuelita se enfermó me la pasaba tejiendo para disimular el estrés, no se imagina todo lo que dijeron los primos”. Si, me imagino y seguro que, aunque pasen los años, esos primos no pierden oportunidad en los encuentros familiares para recordarle lo maricón que se veía tejiendo.

Un hombre es una nena o un marica (igual de insultantes ambas expresiones) si no cumple con las expectativas del rol de macho: si hace caso omiso a una oportunidad de tener sexo con una mujer; si no bebe hasta emborracharse; si no sabe ni le interesa saber de carros ni de mecánica; si no juega fútbol, ni le interesa seguir los partidos por la tele; si no es altamente competitivo; si plancha, cocina y atiende a los hijos; si cuida a quien se enferma; si llora y si teje. Una de las expresiones más comunes de la fobia que padres y madres le tienen a la posible homosexualidad de hijos, es prohibirle a los niños jugar con muñecas.

Homofobia pura y dura, que se reproduce bajo el abrigo de la autonomía que tienen los padres de decidir cómo educan a sus hijos. Por eso cuando el Estado propende por una educación que no fomente la homofobia, saltan los interesados en mantener vivo el sagrado principio de la obediencia a los roles, a despotricar de lo que llaman Ideología de género, porque según dicen los líderes de estas cruzadas contra la igualdad, así lo quiso Dios.

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Es tan común insultar con la palabra Marica, que un tipo exitoso en el negocio de la fe como el pastor Arrazola, tan macho él, es aplaudido por vociferar desde un púlpito sus deseos de matar al periodista que lo investiga y descalificar diciéndoles maricas a quienes se le oponen. Todo en el reciente episodio de Arrázola es un despropósito, tanto su discurso de odio como los aplausos que consigue, o como le respondió la representante Angélica Lozano en un tuit magistral “Homosexual: persona que siente atracción afectiva y sexual por alguien del mismo sexo. Marica: quien le da plata a pastores como Arrázola”.

Pero no toda la cuestión religiosa es homofóbica y machista. Yo soy Josefina, esto es, que me gradué en el colegio de las monjas cuyo santo patrono es San José, el carpintero, el esposo de una virgen (sic) y padre putativo del rock star del milenio. San José con su vara de lirio en una mano y la solidaridad con su esposa en la otra, es un personaje secundario pero importantísimo para sostener las circunstancias que permitieron a los protagonistas realizar su papel para la historia.

José se casó con María y crió a su hijo a lo bien, con humildad, pasando siempre de bajo perfil, razón por la cual durante siglos ha sido el centro de los malos chistes que lo señalan como el cornudo, el huevón, mucho marica. Yo que lo vi a los ojos muchas mañanas en misa de 7, puedo asegurar que para ser un santo patrono, lo de José no es la actitud de lustrarse cada día la aureola propia, sino la de apoyar para que brillen otras; lo suyo es una lección de solidaridad que contradice absolutamente el rol del macho patriarcal.

A mi me da como vergüenza con Jesús y con su familia atípica, que haya tanto cristiano homofóbico hablando en su nombre y, encima, que la gente les diezme para que sigan haciéndolo. A esos borregos, perdónenlos porque no saben lo que hacen.

@anaruizpe

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