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Opinión

  • | 2016/10/24 10:44

    La tenaza de la fe

    El gobierno se ha quedado callado en relación con los impuestos para las iglesias. Pero esto no significa que el tema se haya sacado de la Reforma. El debate apenas empieza.

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Miramos con estupor, pero desde una cómoda distancia, lo que ocurre en oriente medio con las teocracias, y rápidamente le echamos la culpa al Islam como si el que ordenara burkas, apaleamientos y guerras santas fuera el mismísimo Mahoma. Pero por andar mirando la paja en el ojo ajeno, no hemos dimensionado lo que crece en nuestro propio ombligo, el poder de los cristianos que acrecienta los borregos en los rebaños y los billetes en los bolsillos de los pastores.

El surgimiento de nuevas iglesias en Colombia es descomunal. Solo en los últimos 3 años se han registrado ante el Estado 1.285, es decir, más de una nueva iglesia se funda por día. En total, hay más de 7 mil iglesias registradas en Colombia, que reportan un patrimonio de casi $10 billones de pesos. Si se tratara de empresas productivas, estaríamos boyantes.

El dato se conoce porque ellas deben registrarse para operar, y lo hacen bajo la figura de entidad sin ánimo de lucro, que es lo que corresponde para recibir el beneficio de exención de impuestos. La misma figura cobija a las organizaciones no gubernamentales, las cooperativas, mutuales y otras organizaciones que prestan servicios a la comunidad sin que medie, supuestamente, un interés comercial ni de riqueza para sus asociados.

El Estado colombiano, en razón a la igualdad y al derecho a la libertad de cultos, mandato constitucional que se hizo realidad gracias a Vivianne Morales por allá a finales del siglo pasado, está obligado a respetar la operación de los cultos y a aplicar el mismo rasero de la iglesia católica, mayoritaria en el país, con cualquier otra iglesia, sea cual sea su doctrina y su funcionamiento; en catedral o en garaje, culto es culto.

Se da por supuesto que una iglesia no es una actividad económica. Pero las iglesias viven del diezmo, una obligación que los creyentes asumen al vincularse a alguna de estas congregaciones. Los borregos pueden argumentar que quien decide regalar su dinero a los pastores no está realizando una transacción comercial, ni está esperando dividendos, que están en libertad de dar su plata porque los dividendos que recibirán no son en este mundo, pueden decir lo que quieran. Pero lo cierto es que los pastores que ordeñan al rebaño se llenan los bolsillos con un dinero que fluye como manantial, y no presentan por estos ingresos cuenta alguna ante el Estado, aquí no hay renta presuntiva, ni dividendos, ni siquiera ganancias ocasionales. Esta plata es invisible para el Ministerio de Hacienda.

El gobierno se ha quedado callado en relación con los impuestos para las iglesias dentro de la ambiciosa Reforma Tributaria. Pero esto no significa que el tema se haya sacado de la Reforma; ahí está, los impuestos a las iglesias están cantados y el debate apenas empieza.

Lo que todavía no se sabe es cómo lo van a aplicar, ni cuánto dinero se podrá recaudar por esa vía. Mientras a todos los colombianos nos van a exprimir con un IVA del 19 %, los pastores tan espirituales deben estar dando codazos aquí y allá en el Congreso para que los graven lo menos posible. Mientras el gobierno exprime de donde no tiene a los de a pie, las privilegiadas pirámides celestiales elevan los dólares a paraísos fiscales.

Que el Estado garantice mi profesión de fe, pero que no se meta en mis asuntos financieros y no me obligue a pagarle nada en retribución. Linda moral la de esta gente. Y claro, que nada les prohíba su participación en la política, para eso sí es importante que el Estado sea garantista. No para quitarles el derecho que se abrogan de decidir quienes pueden ser discriminados, quienes pueden ser maltratados y estigmatizados en nombre de Dios.

Y ahí están intentado convencernos de que hay un ideología encriptada en los acuerdos, simplemente porque se reconoce que los hombres, las mujeres y los gays han sido víctimas de forma diferente en la misma guerra. Ahí están pidiendo que se incluya a Dios en los acuerdos, como si vivir en paz y no matarse los unos a los otros no fuera una máxima en la totalidad de las creencias que pregonan.

“Esta es una guerra religiosa, hay que cristianizar la política”, dice una pastora, capo di tutti capi de las iglesias colombianas. Con la tenaza de la fe, esta gente se está haciendo al botín del Estado de Derecho. Y como el fisco parece ser la única medida de contención que se tiene en una democracia, deseo con todas mis fuerzas que cobrarles impuestos sea una tarea en la que el Estado colombiano no afloje.

#AcuerdoYA

* En Twitter: @anaruizpe

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