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Opinión

  • | 2016/12/05 09:37

    Los duelos

    Como si le hiciera eco a la lluvia que cae sin clemencia por esta época, la muerte nos ha sacado más lágrimas en estos días que en mucho tiempo.

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Si me atrevo a hablar en plural no es arrogancia, no pretendo hacer vocería de todo el mundo; lo que sucede es que he sentido la tristeza latente como no suele ocurrir aquí en Colombia, que vemos pasar la muerte al lado sin inmutarnos. Cosa extraña, por estos días vi suceder el acto humanitario del llanto colectivo.

Amantes del fútbol o no, la tragedia del Chapecoense en las montañas de Antioquia nos partió el corazón y volcó a miles de colombianos en muchas ciudades, no solo en Medellín, para expresar de dolor colectivo que pocas veces se ve en honor de nuestros propios muertos. Con la voz quebrada, el Canciller de Brasil en Colombia dijo en el estadio Atanasio Girardot colmado de hinchas compungidos, que su país jamás olvidará cómo hicimos nuestro su dolor, y el consuelo que esto les ha brindado.

No es poca cosa, aunque haya quienes opinan que estas expresiones de solidaridad no son más que un show mediático. A pesar de la guerra y de todas nuestras violencias, a pesar de la costra de indiferencia que al parecer cargamos, los actos de despedida al Chapecoense nos hizo ver que los colombianos aún tenemos la capacidad de ser solidarios, de condolernos, de ser generosos en las lágrimas frente al dolor ajeno. Viendo esa espontánea y gigantesca demostración de fraternidad, se me antojó que la capacidad de condolerse es como si una vela apagada reposara en el fondo de la alacena hasta el día en que se va la luz, y solo entonces se prende para que alumbre. El dolor colectivo es una expresión útil para humanizarnos, y una necesidad de la sociedad que se niega a petrificarse, a ser insensible e indiferente ante la muerte.

El mismo día en que llorábamos a los chicos del Chapecoense, murió en Buga Dora Lilia Galvez, una mujer de 44 años que fue destrozada en sus entrañas en un crimen de odio. Su verdugo, cuya identidad y paradero se desconocen, la escogió para aplicarle, entre múltiples vejaciones, el acto de ataque sexual simbólicamente más devastador. Otra Rosa Elvira Cely empalada en manos del odio, en este caso contra una lesbiana. Dora Lilia somos todas, decía la invitación a un plantón que invitaba a no sumirse en el silencio cómplice, a expresar el repudio por la ignominia que mantuvo a Dora 3 semanas agonizando hasta morir. Si a las mujeres al conocer la dramática historia de Dora Lilia se nos revolcaron las vísceras, no podemos quedarnos calladas esperando que otra mujer muera de esta forma. ¡No más! Es un grito que ayuda a hacer el duelo colectivo.

Y si de duelos colectivos se trata, la muerte de Fidel Castro le dio un cimbronazo al planeta. Hay que ser muy grande para fallecer por tranquila vejez en el lecho y hacer llorar a medio mundo. Que la otra mitad haya celebrado su fallecimiento solamente ratifica el irrebatible lugar que ocupa en la historia. Murió el padre omnipotente de todos los habitantes de Cuba de los últimos 57 años, el político más influyente del Siglo XX en estas latitudes, el forjador de una dignidad inusitada en una pequeña isla a 90 millas del dueño del mundo, el auspiciador de la nuestra y otras varias guerrillas.

Se murió Fidel mientras las Farc llevan más de 6 años tratando de conseguir una eutanasia que acabe con su existencia guerrillera para convertirse en otra entidad, pero ah cosa difícil que ha sido eso. Colombia puede comenzar ahora a pasar la página guerrillera de una vez por todas, pero ahí vamos, a trochas y mochas, porque en este país hay personas que no soportan que la guerrilla muera de esa manera, que necesitan seguir amenazando con matarla como aliento para su propia sobrevivencia política.

Y ahí están, como chulos en cacería, las nuevas generaciones de paramilitares repitiendo la dolorosa historia del genocidio de la UP, arreciando los asesinatos y amenazas a líderes sociales en las zonas de influencia de las Farc. Si Colombia no rompe con la inercia de dejar pasar en silencio las muertes de líderes campesinos y militantes de izquierda, si estos asesinatos no despiertan la solidaridad y la indignación, nada se habrá hecho con el difícil acuerdo de paz. Como dijo el Representante del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos en Colombia en el Congreso, durante los debates para la ratificación del acuerdo: Tengo miedo por su país. Y tiene razón, la normalidad con la que el país asume esas muertes, asusta.

Solo queda la gran pregunta que no tiene respuesta. ¿Por qué, si podemos expresar con contundencia el dolor en duelos colectivos, no somos capaces de rendir tributo, indignarnos y llorar por los muertos que nos sigue dejando la guerra?

*@anaruizpe

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