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Opinión

  • | 2016/12/19 13:31

    Un instante de felicidad

    Aunque me olvido de mil cosas a diario, guardo recuerdos muy antiguos, incluso de cuando era una bebé en brazos.

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Gracias a eso he podido construir la explicación a muchas de las decisiones que han marcado el cúmulo de experiencias que se llama vida propia. Un día fui una bebé, luego una niña que observaba en ángulo contrapicado las actitudes de los adultos, después una adolescente más dócil que rebelde y no tengo muy claro desde cuándo puedo decir que soy una mujer adulta, tal vez desde el momento en que de manera consciente decidí que las tradiciones se toman o se dejan y que las que se dejan atrás van aliviando el camino.

Por ejemplo, las costumbres navideñas colombianas. Las novenas de prosa abigarrada y un niño dios al que había que demostrarle de alguna manera que habíamos cultivado las virtudes teologales para que trajera regalos en diciembre. Yo me imaginaba el susto que podría sentirse si al despertar el 25 lo que apareciera al lado de la cama fuera un bulto carbón. ¿Qué puedo hacer con eso? pensaba. Aportarlo para un asado familiar, dibujar rayuelas en la calle, y padecer la vergüenza de arrastrar mi costal por todo un año. Cruel destino.

Mi primer recuerdo nítido de la navidad ocurre en Cali, en casa de mi abuela. Acababa de cumplir 3 años y mi regalo fantástico fue un cochecito de mimbre que traía un cascabel atado con cinta rosa y una muñeca que cerraba los ojos acostada adentro. Estaba al lado de mi cama al despertar, poco después de que el último de la parranda navideña apagó la música y se acostó. Era el regalo que me traía el niño dios, me dijeron, mientras yo observaba embelesada mi tesoro.

Podría escribir una columna sobre lo que significa jugar desde la tierna infancia con muñecas, ollitas y cochecitos, pero ese es otro tema. Lo que ahora interesa es que al recibir mi regalo, como el niño dios no estaba entre mis papás, tíos, primos o hermanos, no se lo agradecí a nadie porque las cosas funcionaban así, cada 24 de diciembre: me mandaban temprano a dormir, me perdía de la fiesta, la música, el baile y la charla para ir a hacerme la dormida mientras escuchaba el momento en que los adultos intentaban, contentos con sus tragos y a oscuras, depositar al lado de mi cama los regalos por los que al día siguiente me preguntaban: ¿y qué te trajo el niño dios?. Entonces, orgullosa, les mostraba lo que ellos ya conocían.

Era claro para mi que el niño dios eran los papás, porque cada año aunque intentaban ocultarlas, los adultos iban dejando un reguero de evidencias. La navidad, siempre lo supe, se trataba de un juego de los adultos para hacerle regalos encubiertos a los hijos, poniéndolos a nombre de un tercero. Ellos jugaban a que yo no sabía y yo jugaba a sostenerles la mentira. Me sentí muy agradecida el año (tal vez a mis 9 o 10) cuando las tarjetas de los regalos no dijeron más del “niño dios” sino de “papá y mamá”. Por fin dejé de hacerme la dormida y de mantener el juego del tercero sobrenatural para darles un gran beso y abrazo en agradecimiento por los regalos recibidos. Con ese gesto me dijeron que ya era una persona grande, y me zafaron del peso incómodo de hacer creer que me creía su mentira.

Menos mal, la navidad es más que eso. Con villancicos y novenas o sin ellas, con parranda y cena o sin ellas, con buñuelo y natilla o sin ellas, la navidad es la excusa que tenemos los seres humanos para no morir de ausencia de familia, y de abrazos. Tan es así que, quien no los tiene, sabe que ese será el día que más falta le van a hacer. En la navidad millones de seres humanos nos movilizamos intentando alcanzar un momento grato, regalar una demostración de afecto, abrazar a la familia y tener una expresión de cariño con los amigos.

Este derecho a la búsqueda de instantes de felicidad navideña subsiste, menos mal, a pesar de las guerras, las hambrunas y los señores Scrooge. La sociedad lo ha ido consagrando así y mal haríamos contraviniendo lo que parece ser un gran mandato popular a la pausa festiva. Podemos renegar de la sociedad de consumo, de los trancones, de la falta de plata o de las presiones familiares o sociales que la navidad impone, pero tarde o temprano, a creyentes o a ateos sin distingo, nos llega el momento de estar imbuidos en la alegría de dar o recibir un abrazo, y ahí es cuando la razón de ser de la navidad habrá cumplido su cometido.

Ya que desde siempre supe que la navidad era mucho más que los regalos del niño dios, mis hijas saben que lo que está debajo del árbol va a ser destapado la noche en que pueden quedarse hasta tarde para cenar y compartir con los adultos. Hacen sus cartas a los papás, piden lo que quisieran tener y saben que no todo llega envuelto de papel de regalo. Pero por cada regalo abierto llegarán un abrazo, un beso y una sonrisa de agradecimiento, más que suficiente para saber que perdurará en ellas la tradición festiva de la navidad.

En épocas tan aciagas como las que nos está tocando vivir, y con la incertidumbre de si estamos dejando un mejor planeta para los hijos o si estamos perdiendo la batalla contra la guerra, recibo como un bálsamo el momento de fraternidad y afecto al que la navidad convoca: los agradecimientos, los abrazos y los instantes de alegría.

@anaruizpe

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