Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/04/15 17:08

Encartelados

Tiempos aquellos en los que creíamos que los únicos carteles eran los que organizaban territorialmente los prósperos negociantes de la cocaína

Ana María Ruiz P.

Hay carteles y carteles, de los del narcotráfico pasamos a los de productos básicos de la canasta familiar, y los que falta por descubrir. Aquí no somos serios ni para ser capitalistas, no hay libre mercado sino una gran bolsa de incautos que caemos todos los días en las garras de grandes asaltantes con fachada de prominente organización empresarial.

Para no confundirnos, es necesaria una aclaración: Cartel es una cosa y Carrusel otra, y ambos son delitos que se dan por doquier en esta prolífica tierra colombiana. El Cartel es un acuerdo entre privados para no permitir que otros saquen tajadas de su pastel del mercado. Y el Carrusel es el acuerdo entre varios para expoliar al Estado: hay carruseles de la contratación, de las pensiones, de los reintegros en la policía, de devoluciones ilegales de IVA. Los carruseles nos repugnan porque se roban la plata que es de todos, pero de los carteles casi ni nos enteramos mientras nos tumban directamente el bolsillo.

Los carteles, de lo que sean, se acuerdan bajo la mesa, a escondidas de la ley, para obtener una posición de privilegio que les permita a las empresas involucradas imponer sus condiciones y obligar a los compradores a pagar los precios por ellos convenidos. Nosotros no nos damos cuenta, y al parecer la Superintendencia encargada de vigilarlas, tampoco. Amarramos nuestras decisiones de consumo a marcas preponderantes, nos fidelizamos a logotipos, a publicidades, a aspiraciones vacuas de bienestar, y les entregamos en la caja registradora del supermercado nuestros billetes, uno por uno, para afianzar su superioridad monopolística. ¡Cuál capitalismo! Aquí lo que hay es feudalismo con internet. 

Tiempos aquellos en los que creíamos que los únicos carteles eran los que organizaban territorialmente los prósperos negociantes de la cocaína. El de Medellín, el de Cali, el del Norte del Valle, el de la Costa. Para traficar con un producto que genera semejantes ganancias, es indispensable controlar rutas, blindar a los socios de la empresa, definir precios, ganarle la partida al competidor (otro cartel, que trafica bajo otra marca el mismo producto). Como entre narcos las reglas no se definen por una superintendencia, se imponen en vendettas.

Esta semana fue noticia una carta del grupo empresarial Familia, empresa insignia del poderoso Sindicato Antioqueño, en la que pide disculpas por su participación comprobada en un cartel en el que, con un par de empresas de la competencia, acordó y manejó a dedo los precios del papel higiénico que consumimos todos los colombianos. Familia se disculpó y echó a 3 funcionarios, chivos expiatorios, porque si se revisan los archivos que la delataron, hay una colección de correos electrónicos en los que se evidencia cómo al menos desde 2002 se acordaba el precio entre las grandes productoras de papel higiénico. Lo que se devela es que ahí la operación del cartel no es la acción corrupta de tres funcionarios, sino una política empresarial continuada.

Hoy sabemos que existen y llevan años operando los carteles del papel higiénico, los pañales desechables y los cuadernos escolares, entre otros varios. Faltaría saber en los números de cuántas empresas prósperas, ejemplo de pujanza empresarial, se esconde un crecimiento aupado en la ilegalidad de sacar a codazos a quien pretende competirles.

Pero también hay carteles a los que eufemísticamente llamamos oligopolios, como para no herir susceptibilidades, como para que no los roce un señalamiento de ilegalidad. Cuando en 1998 entraron en operación los canales de TV privados, RCN y Caracol, circularon memorandos dentro de las empresas de esos grupos ordenando poner su pauta publicitaria únicamente en el canal de la organización. Así, las programadoras de los canales públicos (Uno y A) vieron como los anuncios de las gaseosas y los azúcares se fueron a RCN y los aviones, las cervezas y las hamburguesas a Caracol TV, dejándolas en la quiebra. Crearon la sensación de falsa competencia entre ellos minuto a minuto al aire, cuando en realidad compartían costos de operación por ejemplo en el uso de antenas de transmisión.

Libertad de empresa, lo llaman; los que a mucho se atreven lo denominan oligopolio. Pero claramente es una movida de Cartel, una manguala que apuntó a ahogar a la competencia pública y lo logró. Hoy siguen siendo los reyes del mercado, ofrecen idéntico producto informativo y de entretenimiento trivial y sesgado, se pagan entre sus conglomerados la mala televisión que producen.

Con el papel con que nos limpiamos o con lo que consumimos para entretenernos, los carteles nos tumban por todos lados. En este capitalismo de mentiras estamos encartelados.

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