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Opinión

  • | 2017/02/13 11:21

    Posverdad

    Ante los periodistas de verdad, escasos pero aún existen, hoy más que nunca me quito el sombrero.

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No es un invento, una moda ni una tendencia. La posverdad no es opcional, ni es una abstracción de los teóricos de la comunicación, o una mera categoría de análisis de la política y la sociedad.

No se trata de echar culpas, dar gritos de auxilio ni santiguarse, pero lo que solíamos llamar mentiras, desinformación, manipulación o falsedades está condensado en lo que percibimos como caótico, disfuncional o retrógrado en la sociedad y en la política del último año. Que ganaran el Brexit, el No y Trump, y las campañas que los auparon, son apenas tres ejemplos de la evidencia del poder y vocación de permanencia de la posverdad. Sólo hay que ver el testimonio del gerente de la campaña del No para entenderlo: a la gente hay que llevarla a votar emberracada.

Pero la posverdad en las urnas es sólo una consecuencia. Se vive, se palpita y se respira en las redes sociales y los grupos de whatsap; cuando se reciben y circulan millones y millones de mensajes que de like en like y de share en share van creando en las personas la sensación de que sus propias ideas, llenas de prejuicio e ignorancia, son ciertas y válidas porque en su pantalla algo se lo ratifica.

La posverdad es esta manera como ahora el mundo origina la información y la circula. El periodismo fue, por siglos, la profesión encargada de narrar los hechos a la sociedad; por ende, los periodistas eran las personas que se convertían en referente de veracidad y credibilidad, y, obvio, los medios eran el canal a través del cual la gente se enteraba del devenir de las cosas. En la posverdad los medios no pueden desligarse de las redes y ya no hay referentes, sólo seguidores.

Hoy una idea de una persona, cierta o no, puesta a circular de determinada manera, puede llegar de manera casi simultánea hasta las pantallas de miles y miles de personas. Se podría resumir así: el dueño de la verdad primero fue Dios, después fueron los periodistas y ahora es cualquiera. Dada la cantidad de información que circula, es inviable rastrear el origen de tantas cosas que parecen verdad, imágenes que parecen no dejar lugar a dudas. A modo de consejo simplemente digo: descree, y vencerás.

Así como lo pospuesto es lo que se pone más adelante en el tiempo, la utilización del prefijo Pos nos indica que algo ya terminó y estamos en otro momento que supera el anterior. El posoperatorio, el posterremoto, el posparto, el posacuerdo o la posguerra. Pero decir que estamos en la era de la posverdad equivale a creer que estamos después de la verdad, que ya la superamos. ¡Válgame el cielo! Como si alguna vez hubiéramos conocido la verdad, como si nos hubiéramos solazado en ella y ahora estuviera agotada.

La posverdad señala que vivimos tiempos en los que no vale la pena buscar la verdad porque eso en realidad a nadie le importa. El panorama no es alentador para la sociedad en general, ni para el periodismo en particular. Cada día menos personas oyen o leen noticias, y muchísimas más consultan a los medios sólo en titulares de sus versiones digitales. En internet los medios de comunicación compiten con infinidad de posibilidades de ver lo mismo y circularlo de otra manera. Dadas a elegir, las personas prefieren compartir la opinión expresada en un meme, que una noticia completa; por encima de la investigación prima la opinión; sobre la racionalidad, la emoción; sobre la verdad, la indignación.

Cuando la internet se masificó, hace menos de dos décadas, los optimistas del mundo hablamos de la llegada de la verdadera democracia informativa. Visto hoy en día el panorama, el proceso informativo se me antoja como una gran alharaca (¿cloaca?) en la que cada quien ejerce, a voz en cuello, su derecho al amarillismo informativo, al linchamiento y la picota, a la mentira disfrazada de seudociencia, a la discriminación impúdica, e infinidad de etcéteras más.

Por estos días es muy difícil ser optimista. Crecí observando a la distancia el periodismo como un oficio noble, creyendo en el valor de la palabra veraz como sustento de la democracia, admirando a los periodistas que en todas las épocas fueron referentes. Hoy sé que la prensa ya no es más un referente y que si alguna de mis hijas llega a entender lo que significaba la edición dominical de un periódico en los años 1970, es porque ha decidido estudiar la arqueología de los medios.

Pero a pesar de todo, ¡larga vida al periodismo! Me declaro en abierta rebeldía, sigo disfrutando el periódico en papel y admirando la labor del periodista, del que publica lo que tiene que contar, no lo que otros quieren que él diga. Ante los periodistas de verdad, escasos pero aún existen, hoy más que nunca me quito el sombrero.

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