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Opinión

  • | 2011/08/18 00:00

    "Analizo, analizo y analizo, ¿y?"

    Estamos convencidos de que así encontraremos las ‘causas únicas’ del problema, que nos llevarán a su raíz y así, a su solución.

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La tendencia a darle una explicación racional a todo, la hemos construido los seres humanos. Tenemos la creencia que lo que nos va a ayudar a solucionar un problema, o a superar un momento de tristeza o angustia profunda, es hacer un análisis racional de la situación que estamos viviendo. Estamos convencidos de que así encontraremos las ‘causas únicas’ del problema, que nos llevarán a su raíz y así, a su solución.

Mi experiencia como persona y como profesional me ha mostrado que los problemas que nos generan sufrimiento no tienen una única causa: son el resultado de la combinación de muchos factores que se relacionan y retroalimentan entre sí. Asimismo, he podido constatar que la mayoría de las veces es el exceso de análisis el que conlleva el aumento de la angustia, pues la mente se encarga de hacernos vivir en un pasado que ya no podemos cambiar o en un futuro que no sabemos si va a llegar. Y mientras se nos va el tiempo en el análisis del pasado y el futuro, el presente desaparece de nuestro escenario.

Desde muy niños nos están enseñando a ser “personas analíticas”. En el campo de la educación se han hecho modificaciones en las formas de evaluar el desempeño académico de los alumnos, reemplazando las preguntas de selección múltiple por preguntas abiertas –por “Preguntas que los hagan pensar”, decía un profesor hace poco refiriéndose a los mecanismos de evaluación-. Sin duda es importante que las personas aprendan desde niñas a desarrollar una capacidad de análisis, un criterio y una perspectiva crítica frente a cada situación. Analizar “las variables” a la hora de pensar en un cambio de trabajo o en irse a estudiar por fuera, es importante. El problema, como en todo, es que en exceso el análisis se vuelve dañino. Más cuando se trata de las relaciones humanas en las que no existe una causalidad linear (causa – efecto), sino una causalidad circular en la que todas las causas, a su vez, son efectos.

En los últimos meses me he encontrado con consultantes que están inconformes con su vida. Consideran que el sufrimiento que están viviendo se debe a que ‘el mundo ha sido injusto con ellos’ y la manera como buscan superarlo es analizando. “Yo soy una persona súper analítica. Siempre trato de analizar todo, de entender por qué pasan las cosas. Pero en este momento no entiendo nada, no sé por qué todo pasó así, si yo todo lo había planeado diferente. Me siento tan perdida que he llegado a replantearme el análisis que hago todo el tiempo. Analizo, analizo y analizo, ¿y?” Así se expresaba una mujer de 32 años que, después de haber analizado y planeado con su novio durante casi dos años la posibilidad de estudiar juntos en el exterior, a pocos meses de irse la relación terminó. Cuando llegó a la consulta estaba perdida en sus propios análisis. Se le iban los días analizando si debía irse o quedarse, si se había equivocado al tomar la decisión de irse con él, si debía hablar con su ex novio para intentarlo de nuevo o mejor “dejar las cosas de este tamaño”; y así sucesivamente.

Otro consultante. como ella, estaba tan perdido en sus análisis y era tal su angustia, que venía presentando síntomas físicos de náuseas y vómito en el último año y medio de su vida. “Esta ‘analizadera’ es automática. Suena absurdo porque son mis propios pensamientos; pero es que es como si yo mismo no pudiera dejar de analizar”, me decía desesperado. Es tal la ansiedad que le generan sus propios pensamientos, que en varias oportunidades ha tenido que suspender su estudio porque las ganas de vomitar no le permiten salir de su casa. “Me han hecho todos los exámenes físicos y mi cuerpo está perfecto. Por eso me di cuenta que mi problema es psicológico: no puedo dejar de analizar”.

Hemos permitido que la mente adquiera un gran poder sobre nosotros: por eso funciona de manera casi automática. El análisis, que en un comienzo puede ser tan útil, con el tiempo se convierte en “un tirano”: se vuelve casi imposible dejar de analizar. Y en la lucha interna por dejar de hacerlo, por controlar la mente para “ponerla en blanco”, se termina analizando aún más. Finalmente, llega el momento en el que las personas se dan cuenta que analizar no les resuelve su problema, entonces empiezan a castigarse y a recriminarse por seguir haciendo algo que no les funciona. De esta manera, aumentan la angustia y el sufrimiento.

El análisis desaparece si le damos permiso de estar presente, si nos damos permiso ‘para analizar todo’: el pasado, el futuro, lo que fue o no fue, lo que esperábamos o quisiéramos que hubiera sido distinto, lo que puede venir, etc. Así la mente eventualmente ‘se cansa’ y empieza a dejar de analizar todo. “Si te digo que pienses en todo menos en elefantes amarillos, ¿qué es lo primero en lo que piensas?”, le pregunté a una consultante. Ella, atacada de la risa, me respondió: “Los estoy viendo entrar por esa puerta”. Si en vez de combatirlos les damos un espacio para pensarlos, así como llegan se van. La mente empieza a encontrar un equilibrio entre el análisis –importante y necesario en una dosis adecuada-, y el ‘no análisis’, que es lo que nos permite sentir, vivir y disfrutar del presente, de cada momento, sin estarnos recriminando ni tampoco buscando explicaciones que, como dijo mi paciente: contrario a disminuir la angustia, el análisis acaba aumentándola.

La búsqueda de explicaciones matemáticas es útil en el mundo de las matemáticas, mundo al que no pertenecen las relaciones humanas. De lo contrario, el análisis ya habría solucionado todos nuestros problemas.

*Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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