Martes, 17 de enero de 2017

| 2006/07/25 00:00

Andrés Pastrana, “reserva moral” (Por Mario Arias Gómez)

Andrés Pastrana, “reserva moral” (Por Mario Arias Gómez)

Hizo bien Andrés Pastrana Arango al presentar -por motivos de conciencia- su lamentable y coherente renuncia por “impedimento moral insalvable”; dimisión que se convirtió en irreparable pérdida para el país donde escasean tan caros principios. El ex presidente -fiel a si mismo- encarnó sin cálculo inmediato secundario, el sentimiento que acompañó el punto de vista de un sinnúmero de compatriotas -luego que se confirmó el escandaloso nombramiento de Ernesto Samper como embajador en Francia- señalado como inaceptable. Nuestro flamante ex mandatario, representante insuperable del país en Washington, insistió en que su dimisión fue motivada por razones estrictamente éticas y morales, descartando subalternos intereses políticos o partidarios. Su ejemplar y digna actitud colocó por encima del interés personal sus inalienables convicciones personales. Y para la nación que todavía recuerda con horror el proceso 8.000, la designación fue recibida con una cerrada rechifla, calificándola como una solemne metida de pata, con la excepción obvia de los infaltables alzafuelles, malquerientes y rumiantes -como el defenestrado ministro, Óscar Iván Zuluaga- quienes en coro consideraron la renuncia como “protagónica y apresurada”, sin lograr minimizar ni menoscabar tan gallarda e irrevocable decisión.

Fue casi unánime el sentimiento que calificó de “manzanillo y provocador” tan cuestionado acto. No hay duda que el presidente Uribe tacó burro, que se descachó al impulsar tan arrevesada carambola, jugada a varias bandas, la cual generaría -entre otros inescrutables propósitos- otra fisura en el liberalismo. Nuestro Presidente teflón cometió un fatal error de cálculo político al creer que podía reivindicar a su antiguo jefe, al nombrarlo en tan vistosa delegación, sin provocar una reacción en cadena como la que se desató, tanto internacional como nacionalmente, mal creyendo a la opinión amnésica; así como la del propio ex presidente Pastrana, a quien pretendió neutralizar, consultándolo “humildemente”, sin pensar –jamás- que el tiro le salía por donde sabemos. De haberse Pastrana allanado a una decisión de Estado, soberana -de suyo equivocada- del fuero presidencial, le habría implicado de manera inevitable la disolución y quiebra de los más elementales principios que el ex presidente siempre ha pregonado. De haber transigido con el desacierto, hubiera, sin ninguna duda, resquebrajado su voluntad de servicio y su carácter moral de conductor político.

Frente a la amenaza que en lontananza se cernía y que significó ante todo un desafío, un atentado contra los intereses del país, Andrés Pastrana comprometido con lo que es la alta política, entendió que lo forzoso era salvar la tesitura del país que honrosamente dirigió en forma espartana, conciente –como el que más- que la responsabilidad se mide en el momento en que el jefe toma una decisión de real trascendencia, cuya esencia deviene de la moral, elemento consustancial con quien está catapultado como acatado líder de sus correligionarios.

Construir un país nuevo no significa desconocer la historia, ni los hechos de sus protagonistas. Es cierto que el “personaje” en comento fue absuelto por la in- “justicia”, pero eso no se ha borrado de la memoria de los colombianos los comprobados nexos del narcotráfico con su elección, ni la manera turbia como el 13 de junio de 1996, tras ser juzgado en un proceso que inició la Cámara de Representantes el 28 de mayo, en el que el escudero mayor, el tres veces derrotado Serpa Uribe, se valió -por cuenta del encartado- de un torbellino de componendas que impidieron al “in fraganti” recibir con sus secuaces el condigno castigo por su censurable proceder, consiguiendo –torticeramente- para desgracia del buen nombre de Colombia y sonrojo y baldón de los protagonistas, de la amañada comisión de acusaciones –qué digo, de “absoluciones”- que se acogiera sin chistar la propuesta del congresista investigador, el inédito cordobés Heyne Mogollón –graduado consueta de jurista preferido- quien sólo leyó el libelo que le prepararon, obra maestra de la desfachatez moderna, la cual sin empacho concluyó: “NO HAY PRUEBAS PARA ACUSAR A SAMPER ANTE EL SENADO”; “absolución” que fue aprobada por 111 costosos votos, contra los 43 incorruptibles que valerosamente la negaron; decisión que tampoco aceptó -en ningún momento- la mayoría de los horrorizados compatriotas, que vieron cómo -con dicho sainete- se entronizaba la impunidad por el réprobo Congreso de la República.

Era hora de que un hombre público le devolviera la dignidad y el sentido del deber a la política, que tuviese el gesto patriótico y caballeroso de renunciar a la más importante de nuestras embajadas. La reconstrucción moral principia por ejemplos como el que nos ha dado Andrés Pastrana. No basta encarnar la dignidad y la respetabilidad de una vida, en donde los honores se han alcanzado limpiamente, pasando por cada uno de los peldaños de la política, hasta llegar a la Presidencia, más cuando su recordado padre ocupó el mismo cargo con la frente en alto. Gestos como estos, de autoridad, de dignidad, de desprendimiento, enaltecen y sirven de inolvidable ejemplo a las nuevas generaciones.

Como consecuencia de la crisis de legitimidad que tuvo la figura presidencial en cabeza de Samper, Colombia fue estigmatizada en el mundo entero y aislada de la comunidad de naciones. Recuperar el buen nombre y la autoridad moral para exigir de éstas y de la opinión internacional una mayor corresponsabilidad en la lucha contra el narcotráfico, fue una de las tareas más importantes que adelantó con éxito el gobierno del presidente Pastrana. Dejar de ser considerada como una sociedad víctima del narcotráfico y pasar -otra vez- a la deshonrosa calificación de sociedad permisiva y/o cómplice, igual a lo que pasó en el vejado cuatrienio de 1994-1998 que mal gobernó el país y que presidió el muy cínico e irrespetuoso “bojote”, es “ensuciar” –ahí si- internacionalmente la cara del país, máxime cuando el desvergonzado proclama que “no recibe sino que da lecciones de ética” –el pájaro tirándole a la escopeta-. Hay, pues, una absoluta consistencia y coherencia -digna de aplauso- en el proceder del ex presidente Pastrana. Con su actitud se ahorraron unos riesgos impredecibles.

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