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Opinión

  • | 2014/01/29 00:00

    Qué tal que…

    La mente es como el agua, hay que darle un cauce para que no destruya lo que se encuentra a su paso.

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Una de las mayores cualidades de la mente humana, y a su vez de sus peores defectos, es que en la mente ‘todo es posible’. Eso permite que las personas puedan soñar despiertas, que puedan imaginarse el futuro que quieren conseguir, que puedan cambiar el pasado que no les gusta. En otras palabras: la mente no tiene límites. 

“¿Qué tal que él me deje de querer; que cuando yo vuelva de viaje, él se haya conseguido a otra persona y ya no quiera estar conmigo? Me muero si eso pasa”. Llegó al consultorio una joven manifestando altos niveles de ansiedad porque se iba de vacaciones un mes sin el novio. Su familia las había organizado desde hacía varios meses y aunque inicialmente no le había preocupado, semanas antes de irse empezó a pensar en todos los escenarios que podían ocurrir mientras ella estaba fuera de la ciudad, dándole vueltas a innumerables temores: qué tal que él la dejara de querer, qué tal que le fuera infiel, que se aburriera después de un mes de no verla, que se diera cuenta que no estaba enamorado, que era mejor estar soltero para poder salir con los amigos, entre otros escenarios. Sólo pensar en todas esas posibilidades le generaba una sensación física de angustia, de ansiedad; aunque nada estaba ocurriendo en el momento, ella alcanzaba a sentir la tristeza y el dolor que podría llegar a sentir si se desarrollaba alguna de esas películas. Ya estaba sufriendo por algo que no sólo no había pasado, sino que además podía no ocurrir. 

Las conversaciones que había tenido esta joven con sus amigas, e incluso con sus padres, para compartir sus angustias y preocupaciones le ayudaban en el momento a sentirse más tranquila: “Apenas hablo con mis amigas, veo que es una estupidez lo que estoy pensando y me tranquilizo. Pero después de un rato, vuelven las películas otra vez”. Desesperada de ver que la angustia persistía y que a pesar de sus esfuerzos seguía pensando en lo que podía pasar, decidió un día compartirlo con su novio. Y para su sorpresa, ocurrió lo mismo que ocurría con las amigas: él la tranquilizaba, le juraba que eso no iba a pasar, le decía que la adoraba y que estaba con ella y con nadie más. 

Como consecuencia, en el momento se sentía tranquila y por un tiempo, las películas desaparecían. Pero al poco tiempo de hablarlo, volvían otras vez los pensamientos, los “qué tal que”. Hasta que también su novio empezó a desesperarse con que ella todo el tiempo estuviera dudando, preguntando, pidiéndole que le reafirmara que nada de lo que ella pensaba iba a ocurrir realmente. Y fue ahí, a raíz de una pelea que tuvieron, que se dio cuenta que la situación se le estaba saliendo de las manos.

El trabajo de vivir el presente es tal vez de los más exigentes porque el rol de la mente es atormentarnos con todos los escenarios posibles: el futuro que no ha llegado pero que podría ser, o el pasado que habría podido ser diferente. Y el problema es que a pesar del esfuerzo por no pensar en ello, pensar en no pensar es ya pensar dos veces (Nardone, 2009). Es por eso que  liberarse de la tiranía que la mente generalmente ejerce sobre cada uno de nosotros sólo es posible lograrlo sin combatir (Nardone, 2009). Y una manera de hacerlo es exasperando ese diálogo interior a través de la escritura. 

Cuando una persona se intoxica con algo de comer, la única manera de empezar a sentirse bien nuevamente es vomitando. Sin duda es una sensación muy desagradable, implica para el cuerpo un esfuerzo brutal, lo desgasta. Pero una vez que el cuerpo logra eliminar lo que le hace daño, la sensación de alivio es infinita. Esto mismo ocurre con los pensamientos “qué tal que” cuando se empiezan a escribir tal como se van presentando, ejercicio que hay que hacer sin preocuparse por el orden, la ortografía, la coherencia. Simplemente, como el vómito, se van sacando tal como vienen hasta que se empieza a sentir el alivio y la tranquilidad que se experimenta cuando lo que ha intoxicado al cuerpo ha sido expulsado.

Vencer a la mente sin combatirla es un trabajo constante, diario, para toda la vida. No basta hacerlo una sola vez porque cada día ella encuentra un motivo más para mortificarnos, para hacernos viajar a un futuro que aún no ha llegado, o devolvernos a un pasado que ya no se puede cambiar. Si como los grandes maestros lográramos vivir en el presente, nuestras preocupaciones y angustias disminuirían, si no todas, sí la gran mayoría. 

En el caso de esta joven, dejar de hablar con sus amigas y con el novio y empezar a escribir cada vez que se daba cuenta que la mente empezaba a atormentarla, fueron dos estrategias que le fueron permitiendo conquistar cada vez más tranquilidad. Aunque no se fue completamente tranquila a sus vacaciones, saber que tenía unas estrategias que ella  misma había comprobado que le ayudaban, le permitió irse mucho más serena, con mucho más confiada en ella misma y en su relación. Y así logró disfrutar de sus vacaciones y regresar a encontrar a un novio que la adoraba, que quería estar con ella y que le repetía una y mil veces, por decisión propia y no por imposición de ella, que le había hecho mucha falta. 

Las estrategias para empezar a cabalgar la mente para no a ser dominados por ella pueden ser muchas. Lo importante es ir identificando cuáles funcionan y saber también que aquellas que funcionan un tiempo no van a funcionar para toda la vida. La mente es muy inteligente y hábil para inventar continuamente nuevos motivos de preocupación. Pelear contra ella, intentar no pensar, es nuevamente caer en la paradoja de pensar en no pensar, que es ya pensar dos veces (Nardone, 2009). La mente es como el agua: hay que darle un cauce para que no destruya lo que se encuentra a su paso. Y una manera de hacerlo es permitiéndole pensar todo lo que se le ocurre pero haciéndolo de una manera más práctica, y la escritura es un excelente catalizador para que lo que intoxica salga y deje de hacer daño. 

En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
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