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Opinión

  • | 1998/09/07 00:00

    ANIMO, SERPA

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Desde su derrota, Horacio Serpa ha vivido un proceso un tanto extraño entre derrotados: se ha crecido ante los ojos de la opinión. Eso desde luego lo reconocen sus amigos, pero también lo reconocemos quienes en su momento le reprochamos la complicidad que practicó con Ernesto Samper en medio del escándalo del 8.000.
Y la crecida de Serpa tiene dos explicaciones. La garra que demostró al asumir su derrota la noche de la victoria de Andrés Pastrana, cuando se enfrentó con valentía a los periodistas, y el tesón con el que viene trabajando para impedir la estampida del Partido Liberal bajo la disculpa del colaboracionismo.
Enfrentándose incluso al riesgo de perder la conducción de su partido, ante la aplanadora de las coaliciones políticas que arrasaron con el oficialismo liberal en el Senado y la Cámara, Serpa ha hecho varias cosas interesantes. La primera, ha permanecido en el país, o mejor, ha permanecido visible en el país, cuando la usanza de los derrotados es hacer mutis por el foro hasta que los acontecimientos justifiquen una reaparición. Salvo por unas breves vacaciones en Europa, Serpa ha estado presente en todos los actuales momentos políticos.
Pero sobre todo, ha tenido la valentía de proponerle a su partido, en medio de la voracidad burocrática que caracteriza a los primeros días de un gobierno, que el liberalismo comience a practicar desde ahora una oposición patriótica, que según él consiste en ejercer una estrecha vigilancia para que el actual Presidente le cumpla al país sus ofrecimientos de campaña.
En palabras de Serpa, la oposición patriótica "no implica una actitud obstruccionista ni destructiva frente al nuevo gobierno, sino un sano ejercicio democrático de vigilancia programática y control político".
Este párrafo resume impecablemente lo que un partido perdedor, como el liberal, debe hacer para reconstruirse durante el actual gobierno: oposición. Oposición sana, objetiva, intensa y productiva. Oposición.
A los opositores, durante el gobierno Samper los llamaban 'conspiradores', por la misma razón por la que Serpa ahora explica la utilidad de la oposición que él mismo plantea hacer contra Pastrana: porque los llamados 'conspiradores' estuvieron pendientes de que Samper le cumpliera al país sus ofrecimientos de campaña, y al descubrir el gigantesco conejo que había puesto el Presidente, entendieron que lo patriótico era hacer oposición.
No debe suceder lo mismo durante el actual gobierno: jamás deberán ser apodados conspiradores, ni maltratados, ni perseguidos quienes levanten la voz para reclamarle a Andrés Pastrana un mal gobierno o una falta contra la moral. El nuevo gobierno necesita la oposición, porque será la garantía de que va por buen camino y de que se ha iniciado acertadamente el trabajo para sacar a Colombia del hueco.
Qué importante suena el anuncio de oposición patriótica de Horacio Serpa. De ella ya dio la primera prueba cuando salió a criticarle al nuevo Presidente una salida en falso sobre la ola sangrienta que viene provocando la guerrilla en las últimas horas, porque el derramamiento de sangre es una tragedia nacional que no se puede archivar, como equivocadamente lo hizo Andrés, bajo la etiqueta del gobierno de otro: alguien debía hacerle caer en cuenta de su metida de pata, y para ese tipo de circunstancias sí que es útil la oposición.
Por eso, ojalá que Serpa siga practicándola, con todo y vibrato, y ojalá lo acompañe la mayor cantidad posible del Partido Liberal. Para sus miembros, estos cuatro años de oposición deberán ser aprovechados como los necesarios retiros espirituales que requieren para su renovación política, porque el liberalismo no perdió las elecciones por nada: las perdió por algo, algo que consiste en haber llegado a las urnas en alto estado de descomposición.
En lo que a Horacio Serpa respecta, hay algo de lo que no tengo duda: desde el mismo instante en que aceptó con garra su derrota, y planteó con tesón su propuesta de la oposición patriótica, comenzó a labrarse su propia salvación política. Se acordarán de mí en pocos años.
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