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Opinión

  • | 2001/02/05 00:00

    Año nuevo, lío nuevo

    Mantener el diálogo no es cuestión de principios, de indignación, ni de condiciones. Es cuestión de conveniencia

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Cesar Gaviria y Horacio Serpa, comisionado de paz, rompieron el diálogo con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar por el atroz asesinato de Argelino Durán. Era el único modo de expresar la indignación nacional. También era un error que habría de costarnos otra década de guerra inútil y brutal. Diez años después, el atroz asesinato de Diego Turbay y sus acompañantes amenaza con romper el diálogo con las Farc. Sería la expresión digna —muchos creen que obligada— de indignación nacional. También sería un error que podría costarnos otra década de guerra inútil y brutal. No porque esos dos hechos no hayan sido abominables: asesinar un ex ministro o un congresista inerme es un crimen repugnante. Pero también lo es asesinar un campesino o un comerciante inerme, y esto lo hacen las guerrillas cada día. Es la “negociación en medio del conflicto” que las partes acordaron de manera bien expresa. Lo cual significa que la guerra siga, así esta “guerra” nuestra más que todo consista en asesinar personas inocentes. Pero también —y exactamente— significa que los hechos de guerra no interrumpan el diálogo, sino que éste se mantenga hasta lograr acuerdos que limiten o pongan punto final a la maldita guerra. El diálogo no debe entonces ser interrumpido sino por violación de acuerdos previos en la misma mesa. Este fue el error de Gaviria, el del aeropirata bajo Pastrana y el que tal vez resulte ahora de la justa ira por el asesinato del doctor Turbay Cote. Pero también es el error de las Farc cuando, no una sino dos veces, congelan las conversaciones para exigir que el gobierno le ponga freno al paramilitarismo. Absolutamente no. Fuera de retirar las tropas del Caguán, designar sus voceros y apoyar las audiencias, el gobierno no ha adquirido compromiso ninguno con la guerrilla. Así el propio gobierno, en esta gran confusión, se haya mostrado dispuesto a rendirle cuentas a Marulanda y quizás hasta a “filtrarle” listas de oficiales investigados por nexos con paramilitares. Claro que el gobierno está obligado a extirpar el paramilitarismo por razones más altas y más nobles que la exigencia de ‘Tirofijo’. Igual que la guerrilla está obligada a no asesinar congresistas o campesinos inermes por razones más altas y más nobles que la presión del gobierno. O sea que en la guerra hay una ética que no depende de la contraparte. O sea también que, acabada la guerra, los paramilitares y los asesinos de gente inerme habrán de comparecer ante la justicia. Hay una razón adicional para “negociar en medio del conflicto”: si no se tiene un medio de verificación segura, o si las partes no controlan del todo a sus propias fuerzas, cualquier facción disidente sabotearía el proceso. Así ocurrió con los tres indigenistas estadounidenses, cuando ‘Grannobles’’ abortó el diálogo con la DEA. Así casi ocurrió con el collar-bomba y podría ocurrir ahora con Turbay Cote. Y así ocurre en todo caso con los ‘paras’, que el Estado no controla aunque las Farc sostengan lo contrario. Sería ideal que la guerra y sus atrocidades se acabaran antes de empezar las negociaciones. Pero entonces sobrarían las negociaciones. Sería ideal que por lo menos se acabaran las atrocidades. Pero la “guerra” colombiana no consiste sino en atrocidades. Entonces sería ideal que el diálogo esté sujeto a condiciones. Pero cualquier condición tendría que ser aceptada por la otra parte. Y así llegamos al fondo del asunto. Mantener el diálogo no es cuestión de principios, de indignación, ni de condiciones. Es cuestión de conveniencia. Para el país: ¿Tener abierta la puerta para una eventual salida negociada compensa o no compensa la desventaja militar de mantener la zona de distensión? Para las Farc: ¿Es mejor ser un narco-cartel perseguido por los gringos que convertirse en una fuerza política? Dejemos que las Farc decidan qué les conviene. Y evaluemos nosotros cerebralmente qué pasaría con la guerra y la paz si se rompe el diálogo. —Con la guerra: ¿Cambiaría radicalmente la ‘ecuación militar’? ¿Podría el Ejército fumigar a los guerrilleros del nmbvCaguán? ¿Será que van a quedarse quietecitos? ¿Por qué no se hizo hace dos años? ¿Si negociar en medio del conflicto implica que el Ejército puede y debe seguir la guerra, qué es lo que dejó de hacer en este tiempo? ¿Por qué no lo hizo? —Y con la paz: ¿Acaso estaría más cerca?.
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