Viernes, 31 de octubre de 2014

| 1991/05/06 00:00

ANTILECCIONES DEL GOLFO

La intervención del ejército aliado no sirvió, pues, para ganar una guerra, sino para desencadenar otra.

ANTILECCIONES DEL GOLFO

A LA GUERRA DEL GOLFO SE LE HA PREtendido sacar la lección de que hay que armarse. Y en consecuencia todos los países, no sólo de la región sino del mundo, se están armando hasta los dientes. Y armándose, como es natural, más que sus propios vecinos. Cuando la lección verdadera de esta guerra es exactamente la contraria: hay que desarmarse. Los ejércitos no sirven para evitar las guerras, y ni siquiera para ganarlas: sino para provocarlas y prolongarlas.

Que las fomentan es obvio: en algo hay que usarlos. Pero además ni siquiera las ganan. Eso lo muestra a las claras esta misma guerra del Golfo, que nos presentan como la indiscutible victoria, de libro de texto, del poderosísimo ejército aliado mandado por el general Schwarzkopf sobre el menos poderoso del tirano Sadam Husein. Pero no es así. Lo que destruyó el ejército aliado, en esa guerra limpia y electrónica que nos trasmitieron por la televisión fue el aparato productivo de Irak, con el resultado de hambrunas y epidemias. Y también su estructura política, con el resultado de la sublevación interna, incitada primero por los aliados y ahora abandonada a su suerte. Pero por lo visto dejó casi intacto el aparato militar de Sadam (incluidas las armas químicas), que hoy se dedica a prolongar las matanzas, destrucciones y sufrimientos de la guerra aplastando a los rebeldes ante la indiferencia general. La intervención del ejército aliado no sirvió, pues, para ganar una guerra, sino para desencadenar otra.

El del Golfo no es el único ejemplo. Desde la Segunda Guerra Mundial, cuyas características planetarias la convierten en un caso aparte, ningún ejército ha podido nunca ganar una guerra. No la ganó el norteamericano en Vietnam pero tampoco la ganó el vietnamita: se limitó a no perderla, a un costo monstruoso, y con la consecuencia de que quedó convertido en un ejército tan desmesurado que hubo que mandarlo de inmediato a hacer la guerra en Camboya y en China. Tampoco ganó su guerra el ejército soviético en Afganistán ni la ganaron los afganos, que siguen enzarzados en una guerra civil interminable. O, si hablamos de guerras entre adversarios comparables, como la de Irak e Irán, el resultado es que no la ganó ni la perdió ninguno de los dos ejércitos: se limitaron a masacrarse durante 10 años con un millón de muertos y un delirante gasto en armas.

Porque, eso sí: para tener ejércitos hay que gastar mucho en ellos (el promedio mundial es de un tercio de cada presupuesto nacional). Pero tampoco eso garantiza nada, como lo saben bien los iraquíes: tras crear el ejército más caro del Tercer Mundo se encontraron con que era inútil frente al de los aliados. Un ejército de segunda sólo sirve para luchar contra uno de tercera, como el que ahora levantan los rebeldes curdos contra Sadam.

El caso de la rebelión curda serviría entonces al menos para mostrar que los ejércitos sirven para mantener el orden interno. Pero lo cierto es que el aplastamiento rutinario de los curdos, que se repite cada cinco o seis años en Irak, en Irán o en Turquía, no puede ser llamado

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