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Opinión

  • | 2012/05/23 00:00

    Antioquia es Colombia

    No se necesita ser historiador ni experto en antropología, para ver que casi todo lo bueno, lo regular y lo malo que ha ocurrido en Colombia, pasó primero en Antioquia.

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Fuera de las fronteras de Antioquia, los demás colombianos —a punta de estereotipos y clichés— clasificamos a sus habitantes como trabajadores incansables, pero tacaños; o como simples rebuscadores, que no se miden a la hora de conseguir sus propósitos. Pero las cosas son mucho menos elementales.

El departamento de Antioquia refleja como ninguna otra región del país lo que es Colombia. Además de su aspecto geográfico —tienen costas, selvas, llanuras, páramos, etcétera—, su biodiversidad o la variedad climática, en ese departamento también se conjugan todas las razas y etnias, las formas de ser y las idiosincrasias del colombiano.

No se necesita ser historiador ni experto en antropología, para ver que casi todo lo bueno, lo regular y lo malo que ha ocurrido en Colombia, pasó primero en Antioquia, casi sin que el resto del país se diera cuenta.

La industrialización comenzó en esa región, lo mismo que el negocio del narcotráfico a gran escala; en Antioquia nació un periódico tan importante como El Espectador, pero también vio la luz el peor verdugo que por años tuvo la prensa nacional; de allí provienen los temibles hermanos Castaño, al igual que Débora Arango y León de Greiff; es tan antioqueño Fernando Vallejo como lo fue el retrógrado monseñor Builes. Allí han tenido su cuna liberales clásicos y conservadores a ultranza, ateos irredimibles y camanduleros de posta, en un amplio espectro que sin duda resume la ‘colombianidad’.

Por eso es llamativo lo que está ocurriendo desde hace unos años en ese departamento y que los demás colombianos deberíamos tener como referencia.

En Medellín, primero, y luego en Antioquia, y pese a las intrigas, al influjo de los dineros mal habidos, al deterioro social y al conservadurismo de buena parte de su dirigencia, los ciudadanos se han decantado por una forma distinta de participación, empuñando unas banderas que los han sacado del terreno tradicional de la política.

Yo era de los que no entendían por qué Sergio Fajardo no definía su posición frente a Uribe, cuando él se negaba a declararse a favor o en contra del expresidente; sin darme cuenta de que el exalcalde de Medellín estaba dando los primeros pasos para ‘desuribizar’ el debate político, para plantear otras alternativas.

Y tenía razón: en las elecciones de octubre pasado, los electores, acogiendo las tesis de Fajardo, derrotaron en las urnas a los candidatos tradicionales, incluso a los ahijados de Uribe; no solo en Medellín, sino en Antioquia.

Dicha victoria no fue de poca monta si se tiene en cuenta que, para derrotar al expresidente más popular de los últimos años, tuvieron que pasar por encima de ríos de dinero, del tradicionalismo de buena parte de la ciudadanía y, desde luego, de las maquinarias electorales, puestas al servicio de los candidatos uribistas.

Gracias a esa victoria, los antioqueños tratan de seguir su vida, mirando más allá de las montañas de la seguridá o de los huevitos que sabemos, para construir nuevos modelos de desarrollo y de convivencia, con la educación como consigna. Tendrán tropiezos, sin duda —no se puede transformar una sociedad sin obstáculos ni inconvenientes—, pero se respira un aire fresco, que invita al optimismo.

Si, como ha sido tradicional, el modelo antioqueño se replica en el resto del país, los demás colombianos tendríamos la oportunidad de iniciar una nueva era, en la cual podríamos darle la vuelta a la página uribista, para retornar a la normalidad que merecemos.

Hay luz al final del túnel.
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