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Opinión

  • | 1983/08/29 00:00

    ANTIOQUIA LA GRANDE

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La cultura antioqueña ha sido, sin lugar a dudas, uno de los ricos elementos creativos, formadores de nuestra nacionalidad.
Poco explorada sociológica e históricamente, se convirtió en la segunda mitad del siglo XIX en el embrión de la cultura nacional y propagó sobre el territorio los valores éticos, políticos, estéticos y morales de una raza ejemplar. Lo que los historiadores llaman la "colonización antioqueña", proceso trashumante que comenzó con el fin de la riqueza minera, es una de las más formidables gestas de civilización humana de nuestra historia. Y con sus principios ejemplares de organización social y de respeto moral, el antioqueño extendió por el territorio nacional, especialmente los departamentos mediterráneos del interior aquellas normas heredadas directamente de los conquistadores españoles y que guiaban sabiamente el establecimiento de nuevos núcleos de población y el desenvolvimiento de la sociedad civil que en torno de ellos se creaba.
Auge y decandencia: Demócrata y republicano por convicción, alegre, hospitalario y pacífico por naturaleza, temeroso de Dios por Religión, honrado y trabajador por oficio, el antioqueño representó siempre el prototipo de las virtudes necesarias para la convivencia y el desarrollo.
Dada su alta capacidad para la solidaridad, emanada en forma refleja de la constitución unitaria y jerarquizada de la familia, el antioqueño adoptó rápidamente, durante el siglo pasado, y a la sombra del proteccionismo del Estado, las formas progresistas de la Sociedad Anónima que permitieron el surgimiento incipiente de la industria nacional y desafiando la adversidad de la naturaleza, que ofrecía en el Valle de Aburrá una meseta idílica, pero aislada de los centros de consumo del país, la industria antioqueña floreció "importando" materias primas, procesándolas industrialmente en Medellín, y volviéndolas a "exportar" hacia el interior.
La holgura económica procedente del dominio de la agricultura, en la forma de café, y del de la industria, produjo una clase dirigente nacional que alcanzó decisiva influencia en los destinos del país a la vuelta del siglo, y que hoy en día, rotas ya las ataduras regionalistas, sigue desempeñando su papel protagónico.
La decandencia de Antioquia comenzó, sin embargo, con la crisis de la energía que ya no hacía rentable la operación de transporte sobre la que se basaba la industria, y culminó con el florecimiento del contrabando. El intenso desempleo generado ha tenido efectos devastadores sobre el tejido social. Agobiada por los problemas económicos, y convertida, por su situación geográfica, en centro del narcotráfico, Antioquia está desolada por los problemas de la inseguridad que abundan en nuestra moderna sociedad entregada a la violencia.
Estadísticas conocidas recientemente indican que una de cuatro muertes que suceden en Colombia es un homicidio, y una de cuatro, un accidente. Es decir que sólo el 50% de los colombianos mueren por problemas de salud y muerte natural.
Este angustioso desequilibrio tiene que tener profundos efectos corruptores sobre la mentalidad juvenil y sobre la sicología colectiva. Pero Antioquia es una reserva moral de la nación y el Encuentro convocado recientemente en Medellín para tratar de iniciar allí el rescate de la armonía social colombiana fue, en este aspecto, afortunado. Ante los problemas económicos y sociales que vive la nación, la solidaridad de los antioqueños constituye un valioso elemento defensivo que servirá para propagar un nuevo espíritu constructivo en medio de la crisis en que nos debatimos.
La ética antioqueña: El ímpetu industrial del antioqueño es producto de la fertilidad y de la pasión creativa que surgen de la unión de la religión católica con una raza inquieta, combativa, laboriosa, que ostenta como ninguna otra la disciplina social.
Aquellos elementos de la ética del trabajo de los antioqueños, tan similares a la ética protestante que forjó la grandeza del capitalismo norteamericano deben recogerse como factor de inspiración del proceso de desarrollo que se aspira, ahora, a impulsar nuevamente.
Ellos, sin embargo, por sí propios no serán suficientes. Los antioqueños, que guardan un viejo recelo contra la excesiva autoridad, y por lo tanto contra los bogotanos, suelen decir que cada vez que un antioqueño funda una empresa, los bogotanos fundan un instituto descentralizado... Es obvio que la economía, así, no funciona muy bien. Si el gobierno quiere realmente impulsar el crecimiento, y aprovechar las ventajas sociológicas de la raza antioqueña para este fin, debe hacerse algo para eliminar el gigantismo del Estado y para otorgar unos estímulos, realmente importantes, a la iniciativa privada para que sea ella la guía legítima de la transformación nacional.
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