Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/10/22 00:00

¡Ay Jalisco, Jalisco!

A causa de esas exigencias que él llamaba “inamovibles”, nunca llegaron a nada las conversaciones que adelantó Uribe en su gobierno con las Farc.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

¡Acuerdo ya!, piden las marchas de los del Sí, o de los del No: ya no se sabe. ¿Qué acuerdo? Tampoco se sabe: cualquier acuerdo, con tal de que sea ¡ya! ¡Acuerdo ya! Suena a idiotez de creativo publicitario, como las que se oyen en los anuncios de radio: ¡Compre ya! ¡Suscríbase ya! ¡Llame ya! Es decir, para dar la pronunciación exacta del locutor: ¡Cháme chá! A mí me extraña, pero tal vez funciona el truco. A lo mejor tienen éxito esas órdenes categóricas de la publicidad, y la gente, como un rebaño de zombis, llama ya (¡cháma chá!) a suscribirse y a comprar lo que sea: lo que le manden. ¿Cualquier acuerdo? Sí, con tal de que sea ¡ya! Nada de negociaciones: cinco años de trabajosas conversaciones en La Habana se tiran al caño. Y que se ahoguen de paso los protagonistas del plebiscito: los del Sí, los del No y los abstencionistas. Y, por supuesto, las Farc, que parecen haber sido apartadas del asunto: como si no siguieran existiendo. Que se haga por lo alto un acuerdo ya entre Uribe y Santos en el Palacio de Nariño, y ¡CHÁ!: se acabó el problema.

El expresidente Uribe lo resume: que si se hace un “pacto nacional por la paz” entonces él “se compromete a ayudar en la implementación en el Congreso”. Qué generoso: ofrece no oponerse a la implementación de lo que él mismo anuncia que va a firmar, insinuando que si quisiera podría oponerse para lograr más gabelas. (Lo mismo hacía hace 60 años el entonces expresidente Laureano Gómez cuando firmó los acuerdos de paridad conservadora-liberal del Frente Nacional para después oponerse a ellos, como chantaje que le sirvió para conseguir además la alternación presidencial entre los dos partidos. Primero copió lo de “hacer invivible la república” con su “resistencia civil”; y ahora esto. No hay duda de que Uribe está leyendo una biografía de Laureano. ¿Tal vez la clásica Psicoanálisis de un resentido del profesor Socarrás?)

Porque no es un pacto lo que propone, sino una capitulación. Sus propuestas patrióticas -y deliberadamente inaceptables- las cierra con su quejumbroso tono de mártir: “Todos queremos la paz. Lo que nos preocupa es la necesidad de introducir reformas a los textos de La Habana”. Unas reformas que impliquen la rendición sin condiciones. No solo de las Farc: que entreguen sus armas y sus dineros y vayan mansamente a la cárcel y renuncien a la vida política. Sino también una rendición del presidente Santos y el abandono de sus políticas de restitución de tierras y de ayuda a las víctimas del despojo paramilitar; y una entrega de los negociadores de La Habana y de los que votamos Sí en el plebiscito por los acuerdos de paz.

La senadora uribista Paloma Valencia traduce con franqueza la sinuosa propuesta de su jefe (a riesgo de que le llegue un zapatazo: “Doctora Paloma ¡cuide las comunicaciones!”). En su columna de El Nuevo Siglo, que se titula (adivinen) ‘¡Acuerdo ya!’, cuenta que en una reunión con los jóvenes de las marchas “un estudiante, César, que votó Sí me dijo que ahora él era un defensor del No”, de lo cual ella deduce que “si esa actitud fuera la de la mayoría de los del Sí, sería muy fácil avanzar”. Porque, concluye, “no se trata de negociar con el No, se trata de ponerse la camiseta del No – que ya ganó”.

Pero eso no es la paz, sino la continuación de la guerra. A causa de esas mismas exigencias inaceptables, que él llamaba “inamovibles”, no llegaron nunca a nada las conversaciones que adelantó Uribe durante su gobierno con las Farc, ni siquiera sobre el tema relativamente sencillo del canje de prisioneros. Uribe nunca quiso la paz, ni la quiere ahora: quiere la guerra. Con la promesa de ganarla y los votos guerreros del paramilitarismo fue elegido presidente en su primer turno; con la promesa de continuarla fue reelegido para el segundo; y porque creyó que Santos la seguiría prolongando le cedió sus votos para lo que pensaba que sería su tercer periodo por interpuesta persona. La prometió de nuevo hace dos años a través de otro de sus títeres, Óscar Iván Zuluaga, pero esta vez perdió frente a la oferta de paz negociada representada por el segundo Santos. Tan evidente es que Uribe está muy lejos de querer la paz, aunque ahora se aureole hipócritamente con su nombre, que simultáneamente sigue insistiendo en que no hay guerra.

Por eso no hay nada que negociar con él: no quiere negociar, sino imponer. Ahora se presenta como el vocero autorizado de los resultados del No, cuando desde temprano en la mañana de la votación estaba de antemano denunciándolos como espurios y fraudulentos, porque creía que iba a ganar el Sí. Y su discípula amada Paloma Valencia se indigna ante la posibilidad de que la Corte Constitucional tome en serio su propia demanda contra el plebiscito ahora que ganó inesperadamente el No. Su desfachatado oportunismo recuerda el Jalisco de la vieja canción mexicana: “¡Mi Jalisco nunca pierde y cuando pierde arrebata!”

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