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Opinión

  • | 2014/01/18 00:00

    Año nuevo, sonrisa nueva

    De modo que el descogotamiento ortodontológico de los colmillos de sable del procurador Ordóñez es simplemente el anuncio de su candidatura presidencial.

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Hasta el día de ayer el procurador Alejandro Ordóñez daba la impresión de ser un hombre seguro de sí mismo. Sólido, voluminoso, macizo, confiado en su propio peso. Tan asentado en la robustez de sus convicciones religiosas, ideológicas, morales y políticas como en su aspecto físico: esos labios desdeñosos, ese corpachón de luchador de sumo japonés, ese aire de amenaza. Una roca. Tan inconmovible como para edificar una iglesia sobre ella (aunque creo que ya hay una, o varias).

Y resulta que no. Lo vi la otra noche en la televisión, entrevistado por Yamid Amat. ¡Y qué sonrisas! Qué matiz de las sonrisas. Pues no era la suya la sonrisa serena que da la satisfacción del deber cumplido (el haberle desgarrado la yugular al alcalde Gustavo Petro con sus retráctiles colmillos de vampiro). Era una sucesión saltarina de sonrisitas indecisas de coquetería, como las de una jovencita que estrena cirugía estética y no se siente del todo segura de gustar. Y era exactamente eso lo que el procurador, que antes parecía un señor serio, estaba desplegando con mil carantoñas coquetonas ante la inexpresiva cara de momia egipcia de Yamid Amat: su flamante diseño de sonrisa. Lo creíamos entregado al estudio sesudo de las motivaciones jurídicas y las consecuencias políticas de la destitución del alcalde de Bogotá durante sus vacaciones de fin de año. Y no: estaba ensayando muecas frente al espejo para ver cómo le había quedado la nueva dentadura que le había traído de regalo de Navidad el Niño Dios. Una dentadura perfecta a la que se le han limado los colmillos de chacal que tenía para dejar solamente dos hileras de dientecillos de cervatillo herbívoro, como pequeñas perlas.

Curiosamente –o tal vez sea un fenómeno bien conocido por los esteticistas odontológicos–, con el cambio de dientes le cambió también la voz al procurador Ordóñez. Ahora la tiene más alta, casi de soprano, intercalada de involuntarios gallos, como la de un muchacho que entra en la pubertad; y ha perdido la sibilancia ominosa y el ceceo salivante que la caracterizaban hasta ayer. Es una vocecita de yo no fui ( fue la ley: dura lex, sed lex, como decían los clásicos). Y sus altibajos van acompañados por un incesante manoteo de presentadora de espacios de farándula en los noticieros de la televisión. En este nuevo año de 2014, el procurador Alejandro Ordóñez es otro.

En un político, estos cambios estéticos de imagen pública nunca son gratuitos (así como es también un recurso estético disfrazarse de jurista, como ha hecho Ordóñez). Un cambio estético indica la apertura de una nueva etapa en la ambición. Haciéndose limar los colmillos carniceros, como este procurador, alcanzó la Presidencia de Francia el hasta entonces fracasado político François Mitterrand. Y escribe Klim, en una antología de sus artículos que acaba de aparecer con motivo de su centenario, que a Jorge Eliécer Gaitán “su grande ambición, tan aguda como sus colmillos antes de ser descogotados, lo disparó a los primeros planos de la atención nacional”.

De modo que el descogotamiento ortodontológico de los colmillos de sable del procurador Ordóñez es simplemente el anuncio de su candidatura presidencial. El pendant, por llamarlo así, de la blefaroplastia estética a que acaba de someterse el presidente Juan Manuel Santos para rejuvenecerse con vista a su reelección.

Y a propósito de Santos, una pregunta que no tiene nada que ver con lo anterior:

PREGUNTA: ¿Por qué un ciudadano particular como es el señor Mauricio Rodríguez, empleado del Banco Interamericano de Desarrollo, entidad controlada por el gobierno de los Estados Unidos que es su contribuyente mayoritario, dispone de una oficina en el mismísimo Palacio de Nariño como si fuera un alto funcionario?

RESPUESTA: Porque el señor Mauricio Rodríguez no es un ciudadano común y corriente: es el hermano de la primera dama.
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