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Opinión

  • | 2017/09/16 22:15

    Candidatos enmascarados

    Los candidatos no quieren que se conozca su pasado, y se presentan como limpios y puros, como un recién nacido libre de pecado.

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Ya se ha dicho todo sobre la vergüenza de los partidos políticos colombianos, que hace que los candidatos presidenciales no quieran presentarse bajo sus nombres y hayan preferido buscar el respaldo de firmas de ciudadanos no conocidos de autos. Pero ¿por qué van a ser menos vergonzosos los candidatos que sus partidos? ¿Por qué va a ser menos vergonzoso, digamos, el nombre de Marta Lucía Ramírez que el del Partido Conservador por el cual ya ha sido candidata presidencial, además de ministra y embajadora, o que el del Partido de la U por el cual se presentó al Senado y que después abandonó para volver al conservatismo? ¿O por qué va a ser más presentable, digamos, el nombre de Germán Vargas Lleras que el de su partido Cambio Radical, si es el que él mismo ha dirigido durante años y años?

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A pesar de que no era originalmente el suyo. Vargas venía de un chuzo de liberales arrepentidos llamado Colombia Siempre, que duró menos que su nombre. Y sigue aprovechando el prestigio de su segundo apellido hasta para hacer aprobar leyes cuando era senador (la Ley Lleras sobre derechos de autor), y utilizando el nombre propio de su difunto abuelo el jefe liberal Carlos Lleras Restrepo para darle atractivo a una fundación de su movimiento actual: ese llamado Cambio Radical con el cual ahora no quiere que lo confundan.

Claro está que ese Cambio Radical, también él, ha cambiado radicalmente sus lealtades varias veces desde que fue fundado por tránsfugas del Nuevo Liberalismo, movimiento que a su vez era una disidencia del viejo Partido Liberal. Nació del parto de un grupo de exliberales –Rafael Pardo, Néstor Humberto Martínez, Roy Barreras, Fuad Char, Humberto de la Calle…– para apoyar la candidatura presidencial de Alfonso Valdivieso, notable por ser primo del asesinado Luis Carlos Galán; pero de inmediato se convirtió en partidario de Andrés Pastrana, notable por ser hijo del expresidente Misael Pastrana, y quien no era entonces, como ahora, del Partido Conservador (al que su padre Misael le había cambiado el nombre tradicional por otro que le pareció menos comprometedor: Partido Social Conservador), sino de una cosa llamada Nueva Fuerza Democrática. A continuación, el Cambio Radical pastranista se convirtió en uribista (de un Álvaro Uribe que para hacerse elegir había renegado también él del Partido Liberal en el que había hecho toda su carrera política para inventarse un vehículo llamado Primero Colombia, y saltar de ahí al Partido de la U (de Uribe, que hoy es de Santos) para su reelección. Fallida la segunda reelección de Uribe, Vargas Lleras y su Cambio Radical se volvieron santistas y fueron premiados con la Vicepresidencia de la República. Y es posible que pronto, como van las cosas, terminen nuevamente en los brazos de Uribe, que ya no es de La U sino del Centro Democrático que antes se llamaba Puro Centro.

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No es fácil seguirles el paso a estos brincos y rebrincos, y están hechos justamente para eso: para sembrar la confusión en el elector. Los candidatos no quieren que se conozca su pasado, y se presentan como limpios y puros, volviendo oportunistamente al significado latino original de la palabra candidato: el que se exhibía ante el pueblo con una toga impoluta de blancura, como un recién nacido libre de pecado.

Así tenemos 25 o 30 de ellos, aunque todos, por ahora, con cifras favorables insignificantes. Según la más reciente encuesta (Pulso País, de Datexco), ninguno, salvo el exalcalde de Bogotá Gustavo Petro, supera el 10 por ciento de la intención de voto entre los consultados (tiene el 11,2). Y también él, que tiene desde hace años su propio movimiento llamado Progresistas, va por firmas y bajo otra enseña: Colombia Humana. Jorge Enrique Robledo, en cambio, es casi el único que se presenta sin máscara: por el Polo Democrático, aunque desmantelado: sin la gente del petrista Petro, de la comunista santista Clara López, del corrupto y preso Samuel Moreno. Y aunque no tienen, al menos por ahora, candidato presidencial, otros que muestran fidelidad con su propio pasado son los exguerrilleros de las Farc, que a su nuevo partido legal le han puesto el mismo nombre: Farc.

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Llama la atención en este país tan godo que les va mejor en la encuesta de Datexco a los candidatos de la izquierda, dura o tibia, que a los de la derecha. Por ejemplo, si se los divide entre defensores del acuerdo con las Farc (defensores del Sí en el plebiscito) y sus enemigos y sus críticos (incluidos el sinuoso exvicepresidente Vargas Lleras y el cauteloso exministro de Defensa Pinzón), ganan los primeros con más del 50 por ciento frente al 18,8 de los alharaquientos segundos. La izquierda dura –Petro, más Clara López, más Robledo, más Navarro Wolff y Piedad Córdoba– llegan al 25,2, una cuarta parte de los consultados: casi tantos como los que no saben o no contestan (29). Si se les suman los votos por los candidatos del vago centro izquierda –Fajardo, Claudia López, Humberto de la Calle– el resultado es del 43,5. Y por contraste los cinco huevitos que conforman el combo derechista de “el que diga Uribe” (que no son cinco sino seis, como los tres mosqueteros, incluyendo a Nieto, que según la encuesta aporta cero: Carlos Holmes, Ramos que está jurídicamente en veremos, el discípulo amado Iván Duque y las dos cuotas femeninas, Paloma y María del Rosario) reúnen entre todos solo el 5,1 por ciento. Añadiéndoles desde la ultraderecha los puntos confesionales del exprocurador Ordóñez y la exfiscal Morales llegan a 7,7. Y por ahí flotando van el huérfano Galán, Velasco, Clopatofsky y Cristo, que están ahí solo para ir haciendo cola y por lo tanto no sienten la necesidad de disfrazarse de algo distinto de lo que han sido siempre, que no ha sido mucho.

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