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Opinión

  • | 2014/02/08 00:00

    Caricatura

    Lo dicho: borracho de poder, el presidente Rafael Correa está empezando a perder la razón.

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En el Ecuador, tierra de gobernantes locos, ninguno había tenido el poder durante tanto tiempo como el presidente actual, Rafael Correa, que parecía sensato. Pero el poder enloquece. Y acabamos de ver cómo Correa se salió de sus cabales y estalló en un delirio paranoico por cuenta de una insignificancia, de una tonta tontería: una caricatura crítica –lo cual es un pleonasmo– publicada en un periódico. Mandó multar al periódico –El Universo de Guayaquil–?, ordenó rectificar al caricaturista, Xavier Bonilla, Bonil, y lo colmó de insultos.

La caricatura, para quien no viva el día a día de la política ecuatoriana, es bastante incomprensible: unos policías allanan a patadas el domicilio de un señor Villavicencio y se llevan unos computadores con “documentación de denuncias de corrupción”. El informe de alarma de un ominoso organismo llamado Superintendencia de Información y Comunicación es igualmente hermético: dice que el dibujo ?“afecta y deslegitima la acción de la autoridad, apoya a (sic: ya nadie sabe usar las preposiciones castellanas) la agitación social que genera un enfoque erróneo de los hechos”. Pero lo verdaderamente inquietante del asunto, al margen de la evidente censura de prensa, es el furor histérico que acometió al presidente Correa, quien hasta ahora, como dije, parecía un hombre sensato. Se derramó en prosa:  “infamia”, “mentira”, “calumnia”, “cobardía”?. Y a Bonil lo acusó de ser “sinvergüenza, ignorante, odiador, cobarde disfrazado de caricaturista”.

Lo de ignorante y sinvergüenza y odiador –curioso neologismo– es cuestión de opinión. Lo de cobarde es más discutible. No es cosa de cobardes la denuncia de la Fiscalía y la Policía de un presidente que está en la cima de su popularidad y de su poderío. Por el contrario: se necesita valor. Y un caricaturista profesional, como es Bonil, no tiene que “disfrazarse de caricaturista” para hacer sus dibujos y publicarlos. Es un caricaturista, como Correa es un presidente. Y eso es precisamente lo que el presidente olvida cuando lo desafía a que abandone su oficio para ejercer otro, el suyo propio: ?“Si es valiente –le dice a Bonil–, póngase de candidato, póngase de analista político, no saca medio voto”.

Lo dicho: borracho de poder, el presidente Rafael Correa está empezando a perder la razón. Porque no está claro por qué la valentía va a consistir en ?“ponerse de candidato” para ir a “sacar votos”, como una y otra vez ha hecho él mismo, ni por qué va a ser cobardía burlarse del poder, como hace, cumpliendo con su oficio, el caricaturista Bonil. Quien en este caso actúa como calumniador no es el dibujante, sino el presidente. Y quien en consecuencia debiera presentar una rectificación no es Bonil, sino Correa.

No lo hará, por supuesto. Quien sí tuvo que hacerlo, porque a la fuerza ahorcan, y tampoco era cosa de hacerse ahorcar, fue el caricaturista. Pero en su dibujo de rectificación se dio el lujo de burlarse nuevamente de la Policía y de la Fiscalía, e incluso de reproducir tal cual la viñeta de su dibujo anterior, el de la discordia. Pese a lo cual el superintendente de Información y Comunicación se dio por satisfecho. “Quedó demostrado –dijo– que se puede hacer caricatura sin desinformar”.

Hasta donde yo sé, el presidente Correa no ha vuelto a opinar al respecto. 
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