Martes, 21 de febrero de 2017

| 2016/06/25 00:00

La paz. Pero...

La captura de Velandia para un nuevo juicio, por actos cometidos por su antigua organización cuando él estaba preso, no es el mejor indicio del comportamiento de la justicia en el posconflicto.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Lo que ahora falta es pasar del último día de la guerra al primer día de la paz. Porque eso no se da naturalmente, como se pasa de la noche al día, del sábado al domingo. La paz hay que crearla: no nace por sí sola del vacío dejado por la guerra. Lo dijo el presidente Juan Manuel Santos: hay que empezar a construirla.

La firma del “cese del fuego y el cese de hostilidades bilateral y definitivo” que se anunció en La Habana es la mejor noticia que se ha dado en Colombia en los últimos 70 años, y hay que celebrarla en consecuencia y felicitar de corazón a los que la hicieron posible, empezando, desde luego, por Santos. No ha sido fácil llegar aquí, y ha tomado mucho más tiempo del previsto: tanto, que hubo que reelegir a Santos para que terminara la tarea, porque otro no la hubiera hecho afrontando las críticas, las calumnias y el descrédito. “Las cosas de Palacio van despacio”, dice un viejo aforismo palaciego. Pero todavía falta. Esta mejor noticia recibida en tres generaciones es todavía una noticia a medias.

Falta, para empezar, acordar los importantes detalles que quedaron pendientes de los primeros cinco puntos de la agenda pactada hace cinco años. Falta la implementación, que es el punto sexto. Y a lo ya pactado y firmado y solemnemente publicado en La Habana ante media docena de jefes de Estado y los más altos funcionarios de las Naciones Unidas le falta todavía lo más importante: ser llevado a la práctica. No se saben todavía, porque no se han decidido, cosas elementales. Por ejemplo: cuándo va a empezar a regir el cese del fuego y de las hostilidades. Cuando los equipos tripartitos dirigidos por la ONU hayan “verificado” el territorio para decidir la ubicación de las zonas de concentración de los guerrilleros de las Farc, explicó el jefe negociador Humberto de la Calle, sin señalar ninguna fecha. Y sobre todo no se sabe cuándo se va a firmar el Acuerdo Final, que marcará, ese sí, el fin de la guerra.

Porque tampoco se sabe cuándo se hará el plebiscito de la refrendación de los acuerdos, que solo será posible cuando todo lo que falta por acordar esté acordado pero que a la vez, si resulta negativo, anulará todo lo acordado. Las Farc lo aceptaron finalmente como mecanismo de respaldo ciudadano, renunciando a su anhelada constituyente; pero la ley que lo aprobó en el Congreso solo a fines de este mes empezará a ser estudiada por los magistrados de la Corte Constitucional (que por otra parte pueden rechazarla por inconstitucional); y si las cosas de Palacio van despacio, no digamos cómo van las de las altas cortes. Para muestra, el Consejo de Estado lleva tres años y medio estudiando la posible ilegalidad de la reelección del procurador: su periodo va a terminar antes de que hayan tomado una decisión, a favor o en contra. Y aún se podría dar el caso grotesco y aberrante de que se autorizara una segunda reelección en desagravio por haber puesto en duda la legitimidad de la primera…

Falta, en fin, la adecuación a la realidad para que sea posible hablar de paz. Porque esta no consiste solo en la desaparición de las Farc como grupo guerrillero insurgente y su transformación en organización política sin armas. Sin hablar de los cambios profundos que el país necesita para asentar una paz duradera –reformas institucionales, y también transformaciones sociológicas y sicológicas– hay que empezar por hechos prácticos. Falta empezar a resolver el problema de la persistencia de los narcoparamilitares –esos grupos criminales que el gobierno de Álvaro Uribe fingió desmantelar, y que siguen vivos y matando, y mandando, en más de medio país: los Urabeños (o Úsugas, o del Golfo), los Águilas Negras, los Héroes del Valle, Renacer, los Libertadores del Vichada, el Bloque Meta, los Rastrojos, las Autodefensas de Casanare, los Rudos, los Paisas, los Buenaventureños… Y, por supuesto, la guerrilla del ELN, que amaga pero no se decide a dejar la lucha armada.

A propósito, y a propósito también de los cambios sicológicos necesarios para el asentamiento de la paz: hace una semana fue detenido en Bogotá, reclamado por un juez de Cali por el secuestro de los diputados del Valle en el año 2000, Carlos Arturo Velandia, quien bajo el nombre de Felipe Torres fue guerrillero del ELN y miembro de su Comando Central. En l994 fue capturado, juzgado y condenado a 20 años de cárcel, de los cuales cumplió 10. Desde que salió libre, hace 13, Velandia no ha hecho otra cosa que trabajar por la paz: ha escrito libros, dictado clases, pronunciado conferencias, participado en programas de opinión de televisión y radio y colaborado con organizaciones y personalidades que se ocupan de buscar la paz en Colombia. Su captura para un nuevo juicio por actos cometidos por su antigua organización cuando él estaba preso no es el mejor indicio de lo que puede ser el comportamiento de la justicia ordinaria en el posconflicto.

Dice Santos que nos llegó la hora de aprender a vivir sin guerra. A los jueces también.

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