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Opinión

  • | 2017/02/18 00:00

    La ley de las bestias

    Trump quiere, en suma, un mundo primitivo, regido por la ley de la jungla, la del más fuerte, la del más astuto. un mundo de malas bestias.

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Ahora dice el presidente de los Estados Unidos que el conflicto entre los israelíes y los palestinos lo deben resolver ellos con la fórmula que escojan: la de un Estado o la de dos Estados: la que haga felices a los unos y a los otros. Los palestinos protestan. El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, se pone feliz. Los comentaristas internacionales se escandalizan: medio siglo de diplomacia norteamericana tirada por la borda en una frase.

Pero aunque ese presidente sea la mala bestia de Donald Trump, tiene razón: ¿Por qué van a ser los Estados Unidos los encargados de resolver conflictos entre terceros? Ese es el principio de la no intervención, del cual muchos –yo entre ellos– somos partidarios. Otros, por el contrario, defienden la intervención, hasta el punto de abogar por lo que llaman, de manera aberrante, “guerras humanitarias”: el bombardeo de la Libia de Gadafi es el catastrófico ejemplo más reciente.

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Lo que pasa es que, aunque no lo parezca, la posición adoptada por Trump sobre el problema palestino-israelí sí es intervencionista. Por eso se pone feliz Netanyahu y protestan los palestinos. Es una intervención a favor del statu quo, es decir, a favor de la parte más fuerte, que es Israel: la potencia militar invasora del territorio palestino ocupado desde hace medio siglo, y convertido por la proliferación de colonias israelíes sobre tierras robadas en un inextricable rompecabezas de construcciones, carreteras y muros que pulverizan el territorio y lo convierten en un Estado inviable desde el punto de vista geográfico. Docenas de veces las Naciones Unidas han intentado…

Ah: pero es que el presidente Trump tampoco quiere que sigan existiendo las Naciones Unidas, esa organización intervencionista en la que, en teoría al menos, todos los países son equivalentes. (Y no sobra recordar que la primera gran intervención de la ONU, en 1948, consistió en la creación del Estado de Israel en el país de los palestinos, entonces ocupado por las fuerzas británicas).

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Trump no quiere organizaciones internacionales por lo mismo que no quiere tratados internacionales de comercio: no quiere reglas. Quiere un mundo anterior a la legalidad internacional, en el que cada país se defienda solo y con sus propias armas. Un mundo como el que ha sido el suyo en el campo de los negocios inmobiliarios, donde hizo su fortuna sin reparar en medios, engañando, mintiendo, evadiendo impuestos, ocultando sus declaraciones de renta, no pagando sus deudas, declarándose a menudo en bancarrota, haciendo trampas.

Ese es el mundo que anunció en su discurso de posesión, hace un mes, cuando proclamó su lema de “America first” (los Estados Unidos primero). Los Estados Unidos primero porque su “convicción crucial” es la de que “una nación existe para servir a sus ciudadanos” (más o menos lo contrario de otra frase célebre de discurso inaugural, la de John Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”). Los Estados Unidos, advirtió Trump, no están para enriquecer industrias extranjeras, subsidiar ejércitos extranjeros, defender fronteras de otras naciones; sino para servirse a sí mismos. Pero así también todos los demás: “Buscaremos la amistad –prosiguió Trump– con todas las naciones del mundo; pero en el entendido de que es un derecho de todas las naciones el de poner sus propios intereses primero”. Trump quiere, en suma, un mundo primitivo, regido por la ley de la jungla: la del más fuerte, la del más astuto. Un mundo de malas bestias.

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No es que la cosa sea nueva. En julio de 2015 decía yo aquí, cuando Trump lanzó su candidatura con la propuesta del muro contra los mexicanos: “Lo que ahora dice Donald Trump lo han pensado siempre, y a veces también lo han dicho, todos los presidentes de los Estados Unidos. Y diciéndolo o callándolo todos se han comportado en consecuencia con ese pensamiento”. Lo que resulta novedoso es la retórica, por su cruda franqueza. Hace pocos días, hablando con el nuevo presidente, a un periodista de la televisión le sorprendía el “respeto” que este manifestaba sentir por el presidente ruso, Vladimir Putin. “¡Pero si es un asesino!”, exclamaba. Y Trump replicaba sin pestañear: “Hay muchos asesinos. Nosotros tenemos un montón de asesinos. ¿O usted cree que nuestro país es tan inocente?”.

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