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Opinión

  • | 2016/07/16 00:00

    Dos frívolos vanidosos

    En realidad la carta de Santos tampoco era para Uribe, sino para la galería, como han sido tantas de las jugadas de esta partida de ajedrez a varias bandas que ha sido el proceso de paz.

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Ni siquiera contestó Álvaro Uribe la carta pública de seis folios que le escribió Juan Manuel Santos pidiéndole su colaboración para la paz y ofreciéndole un “diálogo franco” al respecto. Se limitó a publicar en su Twitter cuatro párrafos despectivos sobre las “personas de notoriedad pública” que dicen mentiras y hacen trampas. Y a rechazar de plano toda propuesta de colaboración con un solo argumento, bastante sensato por cierto: que le parece inútil “invitar a un diálogo para notificar lo resuelto”.

En realidad la carta de Santos tampoco era para Uribe, sino para la galería, como han sido tantas de las jugadas de esta partida de ajedrez a varias bandas que ha sido el proceso de paz. No tenía el propósito de invitar sinceramente al expresidente a participar, sino el de sacarlo definitivamente del juego ante esa misma galería para la cual estaba escrita. Pues si no, no se explica que Santos le hubiera sugerido colaborar precisamente en todas las cosas a las que Uribe se opone, y que siguiendo el orden de la enumeración epistolar son las siguientes:

a) Reconocer y reparar a los 7 millones de víctimas del conflicto armado. Uribe, que para empezar no acepta que en Colombia haya existido un “conflicto armado”, no reconoce más víctimas que las suyas propias. Es decir, él mismo. Que se considera doblemente victimizado: no solo a manos de Santos, que le birló su tercera presidencia, sino también a manos de las Farc, que, según su versión, asesinaron a su padre.

b) Acabar con la desigualdad en el campo. Cuando Uribe quiere que su latifundio de “El Ubérrimo” siga tal como está.

c) Superar el problema de la droga. ¿En colaboración con Santos y con las Farc? ¡Ni hablar! Y en todo caso, la relación de Uribe con el problema de la droga ha sido ambigua desde los comienzos de su carrera pública, cuando ocupó la dirección de la Aeronáutica Civil.

d) ¿Robustecer y ampliar las bases de nuestra democracia? ¿Uribe? Debe de ser un chiste flojo de Santos.

e) Participar en el diseño de “ese nuevo país que todos queremos”. Que es exactamente el país que Uribe no quiere.

Parece increíble que Santos no se haya dado cuenta. Pero sí se ha dado cuenta. Por eso no le escribe la carta a la persona de Uribe, aunque así se la dirija con exagerada zalamería, sino a la galería, que es la que de verdad le importa. Y ni siquiera a la galería local, a ese numeroso medio país que falta por convencer de la bondad del fin del conflicto armado; sino a la galería del universo: a la Historia.

Para mostrarse magnánimo y sobrado de razones: “Yo le dije, yo le insistí... yo le pedí con el mayor respeto… yo le tendí la mano…”. Y Uribe responde de la misma manera: no a Santos, sino a su audiencia cautiva de las redes sociales. No es una caricatura, sino una representación hiperrealista de la escena, la que dibuja Matador en El Tiempo: sentado Uribe en la taza del excusado de un baño en el que falta el rollo de papel higiénico, recibe el mensaje de Santos y exclama contento: ¡Vaya! ¡Qué carta tan oportuna!

El chiste es muy bueno, pero a la vez es entristecedor que haya podido hacerse. Porque muestra con crudeza el nivel literalmente de albañal al que se han rebajado los debates sobre algo tan trascendental como la búsqueda de la paz en este país deshecho por incesantes guerras. Debates reducidos a un forcejeo de pullas y de ofensas entre dos vanidades en pugna: la de un expresidente que continuó con entusiasmo las guerras repetitivas de todos sus predecesores, y la de un presidente en ejercicio que por primera vez intenta en serio llevar a cabo las igualmente repetitivas promesas de paz.

Vanidades que se expresan en insignificancias protocolarias, bagatelas semánticas, frivolidades que han venido enredando y desgastando el difícil proceso del más importante acuerdo político que se haya buscado en Colombia desde los pactos del Frente Nacional. Y para completar lo que estos dejaron en el aire, al cabo de 60 años y de varios cientos de miles de cadáveres.

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