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Opinión

  • | 2015/02/28 22:00

    El Califato

    La sombra del espantapájaros ha crecido de tal modo que hoy se lo considera una amenaza para todo el Oriente Medio, la Europa del sur e incluso, según el presidente Obama, “el territorio de los Estados Unidos”.

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Hace unos meses, cuando el entonces llamado Estado Islámico se cambió el nombre por el más ambicioso y sonoro de Califato, decía en esta columna que era solo un espantapájaros: una de las tantas sectas fanáticas que produce el islam de tiempo en tiempo, con su Mahdi respectivo. Sugerí también que, a fuerza de bombardeos indiscriminados, las potencias occidentales iban a convertir al pretencioso EI en un Califato de verdad.

Y así ha sido. Lo que empezó como uno de los muchos grupos de resistencia surgidos en Irak en la estela de la invasión y la ocupación norteamericanas (y en sus cárceles, de Abu Grahib a Guantánamo), y fue cambiando de nombre a medida que se desarrollaba (Estado Islámico de Irak y el Levante, Estado Islámico de Irak y Siria, Estado Islámico a secas, Califato de Abu Bakr al-Bagdadi, jefecillo local que se pretende, como casi todos los emires y reyes árabes, descendiente del profeta Mahoma); lo que empezó como un mero satélite de la red de Al Qaeda, ha superado con creces a su matriz original. Y no solo controla amplios territorios de Irak, Siria y Libia, países destruídos por las “intervenciones humanitarias” de Occidente, sino que tiene sucursales o franquicias que le rinden obediencia en Argelia, Túnez, Egipto y Sudán, y hasta en países musulmanes no árabes, como Nigeria, Afganistán, Pakistán y las remotas Filipinas. Su Ejército, que hace seis meses sumaba treinta o cuarenta mil combatientes, lo calcula hoy el Centro Europeo de Lucha contra el Terrorismo en doscientos mil hombres (las mujeres no cuentan: simples juanas o vivanderas). Son iraquíes y sirios en su mayoría, pero también hay libios, saudíes, egipcios, chechenos de la antigua Unión Soviética y uigures de la China; y más de tres mil ingleses, franceses, norteamericanos, suecos, alemanes, belgas, españoles y holandeses: inmigrantes de segunda generación. La sombra del espantapájaros ha crecido de tal modo que hoy se lo considera una amenaza para todo el Oriente Medio, la Europa del sur e incluso, según el presidente Obama, “el territorio de los Estados Unidos”.

Una de las causas de este avance asombroso –además de los bombardeos– está en la enorme capacidad publicitaria del que puede ser llamado Ministerio de Propaganda del Califato: el Al-Hayat Media Center, responsable de sus órganos de prensa –las revistas Daquib en árabe ( cien mil ejemplares de circulación) e Inspire en inglés, una radio F.M. que transmite desde Mosul, y la cadena de televisión Khilafa, que tiene como presentador estrella al periodista británico John Cantlie, secuestrado hace dos años por el Califato en compañía del luego decapitado norteamericano James Foley. Al-Hayat produce también los macabros videos publicitarios que en un crescendo de horror han sido vistos por el mundo a través de YouTube y las redes sociales: el degüello a cuchillo de varios prisioneros, la quema de otro en la hoguera (y faltan los anunciados enterramientos de gente viva, las lapidaciones y las crucifixiones). Todo ello filmado con derroche tecnológico y cuidada dirección escénica, desde las locaciones –el severo desierto sirio, las playas del golfo de Sirte– hasta el vestuario: los uniformes de diseño de los verdugos, negros como los de los SS nazis firmados en los años treinta por Hugo Boss, y los de los prisioneros, anaranjados como los de los presos musulmanes de la cárcel norteamericana de Guantánamo.

Eso, en cuanto a las formas: pura sociedad del espectáculo. El fondo es la combinación, históricamente taquillera, de la religión y la guerra. A diferencia de su predecesora Al Qaeda, la organización del Califato no deja en segundo plano las motivaciones religiosas de su acción militar, sino que las pone por delante. Su lucha no es contra una abstracción política y geográfica, Occidente, sino contra el infiel, sea cristiano, judío o zoroastriano. O también musulmán de la rama chiita, minoritaria en Irak y en Siria pero mayoritaria en el islam mundial. Lo cual explica sus caudalosas fuentes de financiación. El Califato no se sostiene solamente del contrabando de petróleo que producen las regiones ocupadas y del saqueo de las ciudades conquistadas, sino de las generosas donaciones que por debajo de cuerda le hacen los riquísimos gobernantes de confesión sunnita del mundo árabe: la dinastía saudí y los emires del Golfo, que lo ven como una barrera sanitaria contra la influencia del Irán chiita de los ayatolas.

De esta triple raíz de la fe, la violencia y el dinero nace la capacidad de convocatoria y reclutamiento del Califato. Además de darle un sentido a la vida (y a la muerte) de sus miembros, les promete una ocupación emocionante, y por añadidura les paga un sueldo.

Así, su poder ha llegado a ser tan preocupante como para que Barack Obama haya llegado al extremo –poco habitual en la práctica, aunque en teoría obligatorio para los presidentes de los Estados Unidos– de pedirle al Congreso permiso para expandir la escala de su intervención armada en Siria, hasta ahora reducida a los bombardeos aéreos. Un permiso “sin limitaciones geográficas” y “con flexibilidad” en cuanto al número de soldados implicados sobre el terreno. Se suma así una guerra más a las que ya adelanta Obama en Libia, Irak y Afganistán: suficientes para que le otorguen un segundo Premio Nobel de la Paz.
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