Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/08/27 00:00

El camino del ELN

Ahí siguen ellos, los envejecidos guerrilleros del ELN, en su camino sin salida: sin otro propósito que seguir ahí. encerrados en su convicción fanática, ajena a toda razón histórica, de que la paz es una derrota.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Dice Juan Manuel Santos, eufórico y enfático: “Ya todo está acordado”. Dice Humberto de la Calle, sobrio y realista: “Es el mejor acuerdo sobre lo posible”. Dice Iván Márquez, lírico y retórico: “Hemos ganado la más hermosa de las batallas”. Y añade, pensativo: “Esperamos que el ELN pueda encontrar un camino de aproximación”.

Las Farc y el gobierno encontraron por fin el suyo, después de muchos años de desencuentros provocados, en mi opinión, porque (salvo cuando la tregua de Belisario Betancur, a la cual le faltó el ingrediente esencial de la aprobación de las Fuerzas Armadas) nunca hubo buena fe de las dos partes. En Caracas, en Tlaxcala, en el Caguán, gobierno y guerrilla no estaban negociando para llegar a un acuerdo sino para ganar tiempo y fuerzas; y las conversaciones que entabló el gobierno de Uribe solo pretendían protocolizar la entrega de las Farc, que a eso no estaban dispuestas (cuenta en El Espectador el facilitador de entonces, Henry Acosta, que la propuesta de Uribe era escueta “que entreguen los fierros y que Sarkozy me dijo que él los recibe”). Solo en esta última ocasión, con Santos y Alfonso Cano y su sucesor Timochenko, la intención de las dos partes era sincera y decidida.

Y esa es precisamente, me parece, la intención que no existe de parte del ELN. El ELN no puede “encontrar un camino”, como le sugiere el hoy exguerrillero Iván Márquez, porque no quiere buscarlo.

Lo muestra con sus actos, que contradicen sus palabras. Hace cuatro meses su negociador en jefe Antonio García firmó en Caracas con el delegado del gobierno Frank Pearl un ‘Acuerdo de Diálogos’, después de muchos años de haber estado sumidos con el gobierno –con los sucesivos gobiernos– en un siempre interrupto diálogo de sordos. Y los dos anunciaron que esta vez sí iban a empezar a dialogar en serio. Pero cuando el gobierno pidió la liberación de los secuestrados, el ELN reclamó como un derecho natural y legítimo la infamia de seguir secuestrando gente, con el argumento de que dejar de hacerlo no se había pactado en las previas conversaciones secretas.

Hace unos pocos días, en medio del contento (y también de la rabia) provocado por la inminencia de la conclusión de los acuerdos con las Farc, el ELN quiso saltar a las noticias anunciándose con una “prueba de supervivencia” de uno de sus tantos secuestrados –no se sabe cuántos son-, el exrepresentante chocoano Odín Sánchez Montes de Oca. Pero más que como una prueba de supervivencia de la víctima hay que entenderla como una prueba de supervivencia de sus victimarios: una manera llamativa de aguar la fiesta recordando que ahí siguen ellos, aunque todas las demás organizaciones guerrilleras hayan alcanzado al cabo de medio siglo sus respectivas paces.

El secuestrado es el exrepresentante chocoano Odín Sánchez Montes de Oca, a quien retienen desde hace cuatro meses (más o menos desde los días de la firma de Caracas) tras haberlo canjeado por su hermano enfermo, el exgobernador del Chocó Patrocinio Sánchez, el cual pasó tres años encadenado en la selva. Por su devolución le exigen a la familia 3.000 millones de pesos. El padre Francisco de Roux le ha propuesto a la guerrilla un nuevo canje, esta vez el de Odín por él mismo, en una oferta sin duda heroica pero que no soluciona el caso: el horror del secuestro no está en el quién, sino en el qué: el quién puede ser un exgobernador, o un exrepresentante, o un sacerdote jesuita; y el horror sigue siendo el mismo.

Ahí siguen ellos, los envejecidos guerrilleros del ELN, en su camino sin salida: sin otro propósito que el de seguir ahí. Encerrados en su convicción fanática, ajena a toda razón histórica, de que la paz es una derrota. Lo escribí aquí mismo hace unos meses: los jefes del ELN están convencidos de que la guerra es buena en sí misma, independientemente de sus resultados. Porque es la “forma superior de lucha” del verdadero revolucionario, en la que se triunfa o se muere. Y la muerte es una victoria, y la paz una traición.

Con esa convicción solo han conseguido, en medio siglo, darle alas a la extrema derecha de este país, tan empecinada en la guerra como ellos. Con una sola diferencia: que la derecha la ha venido ganando.

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