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Opinión

  • | 2014/08/16 00:00

    El demagogo

    No se equivoca Petro en sus cálculos aritméticos de demagogo: siempre han sido más numerosos los amigos de la prohibición que los de la tolerancia. Los amigos de la represión que los de la libertad.

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Un grupo de novilleros desesperados y valientes lleva más de una semana en huelga de hambre en la plaza de toros de Santamaría para reclamar el derecho a trabajar en su vocación de artistas. Protestan contra el cierre de la plaza, decidido hace dos años por el alcalde Gustavo Petro porque le dio la gana –y así lo dijo–, y ahora prolongado indefinidamente bajo el pretexto de hacerle reformas de reforzamiento antisísmico.

Por ese mismo motivo podría Petro, si le diera la gana, cerrar el Capitolio, o el Palacio Liévano de su propio balcón de peroratas, o disponer la demolición de la catedral. Todos los monumentos históricos de Bogotá –y la Santamaría lo es– carecen de protección antisísmica, que no se había inventado cuando se construyeron.

Yo hablo por la herida, por supuesto. Me gustan las corridas de toros. He escrito varios libros al respecto, y mil artículos de prensa. Me indigna que un alcalde demagogo y despótico las proscriba. Y me siento aludido, injuriosamente aludido, cuando en su arrebatada retórica demagógica nos acusa a los aficionados a los toros de ser responsables de lo que pase con los novilleros en huelga de hambre. Dice Petro que “desde la comodidad de (nuestras) fortunas (estamos) constriñendo a los jóvenes taurinos al suicidio. Y eso es un delito”. Por lo cual “la ciudadanía debe movilizarse por una ciudad sin espectáculos de la muerte”.

Es escandaloso, y debería escandalizar, lo que inventa el alcalde: que unos cuantos ricachones están (estamos) enviando a los novilleros a la muerte. Tal vez piense que al hablar así está encabezando una revolución popular contra las oligarquías. Es cierto, sí, que los aficionados a los toros somos una minoría –como es una minoría, siempre, la que constituyen los aficionados a algo, a lo que sea: a la poesía, a la ópera, a escuchar peroratas desde un balcón. Pero ni del hecho de que seamos una minoría se deduce que seamos dueños de “fortunas”, ni el hecho justifica que el alcalde pisotee nuestros derechos desde su propia minoría: la de los votantes que lo eligieron alcalde.  Para que esa minoría fuera respetada el alcalde impulsó una ‘tutelatón’, una avalancha de tutelas, que terminó ganando: ahí sigue en la Alcaldía. Pero como tiene muy poco qué mostrar como resultado de esa Alcaldía caótica, hecha de arrogantes desafíos megalomaníacos y de discretos pasos atrás –en la recolección de las basuras, en los contratos del transporte, en los colegios, en la seguridad callejera, en un detalle tan folclóricamente revelador como el absurdamente multimillonario alquiler de una máquina tapahuecos que no tapa los huecos–, ha decidido desquitarse haciendo caer todo el peso de su arbitrariedad sobre quienes menos pueden defenderse: sobre los inofensivos y pacíficos aficionados a los toros, a quienes, sin que le temblara un párpado, nos acusó hace un tiempo de abrigar una inclinación criminal “que lleva a Auschwitz”.

Es cierto que no somos muchos, electoralmente hablando. La afición en Bogotá no debe pasar de las doscientas mil personas, y la del país entero,sumando Manizales y Cali y los pueblos de Cundinamarca, Santander y Boyacá, tal vez llegue a medio millón. No es comparable, digamos, con la afición por el fútbol. Y es cierto que la actividad taurina da empleo –toreros y novilleros, subalternos, areneros y monosabios de las plazas, vaqueros de las ganaderías–, pero no en grandes números: deben ser muchos más los funcionarios de libre nombramiento y remoción de la burocracia petrista. Así que no se equivoca Petro en sus cálculos aritméticos de demagogo: siempre han sido más numerosos los amigos de la prohibición que los de la tolerancia. Los amigos de la represión que los de la libertad. 

Y entre tanto la Corte Constitucional, ante la cual reposa una tutela que reclama el restablecimiento de las corridas, la viene estudiando morosamente desde hace dos años. Tal vez está esperando para pronunciarse a que los novilleros en huelga se mueran de hambre. 
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