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Opinión

  • | 2016/08/21 00:00

    El derroche

    Nos dice ahora Simón Gaviria que eso de medir la imbecilidad, o la felicidad (fue un lapsus mío), se hace en imitación de la elegante Ocde.

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El Departamento Nacional de Planeación acaba de publicar un informe llamado ‘Diagnóstico de la felicidad’, que por lo que se ha sabido costó 9.000 millones de pesos. ¿Sus resultados? Obviedades previsibles. Que es mejor ser rico que pobre, etcétera. O a veces revelaciones sorprendentes: que la gente en Colombia es más feliz los lunes por la mañana que los viernes por la tarde. En todo caso, nimiedades.

Y yo no lo creía posible, pero este tonto detalle de apenas 9.000 millones de pesos gastados en la imbecilidad, que son apenas una lágrima en el mar del despilfarro, me convenció de que es cierta la acusación más tremenda de las muchas que no se cansa de hacer con razón y sin ella el infatigable y locuaz expresidente Uribe: este gobierno de Santos es castrochavista.

Castrochavista, sí señores. Solo por un castrochavismo de convicción se explica que uno de los niños consentidos del régimen, el director del Departamento Nacional de Planeación, Simón Gaviria, el hijo del expresidente del revolcón, la estrella creciente del ya embalsamado Partido Liberal, haya decidido convertir su poderoso organismo en una copia servil del extravagante ente público inventado hace tres años en la hermana república de Venezuela por el gobierno bolivariano de Nicolás Maduro: el Viceministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo.

Que no era una creación original tampoco: la imbecilidad nunca es original. Era copia a su vez, o más bien injerto, de dos engendros burocráticos igualmente estrambóticos: el Ministerio para la Promoción de la Virtud del reino de Arabia Saudita, en el Oriente Medio, y el Secretariado para la Medición del Índice de Felicidad Interna Bruta (FIB) del reino de Bután, en el Himalaya. Este FIB, a su vez, fue una ocurrencia del rey de Bután inspirada por el PIB (producto interno bruto) inventado hace un siglo por el economista rusoamericano Simon Kuznets, que se usa –aunque el propio inventor decía que eso era absurdo– para medir el bienestar humano sumando en dólares lo que producen los vivos y los muertos con el producto agregado de su vida y su muerte más el de su salud y sus enfermedades; y el del trabajo asalariado del enterrador, claro. A lo cual se añade, a ojo, el valor de la parte de la economía sumergida u oculta: las fosas comunes clandestinas de las guerras no declaradas. El PIB, simple herramienta de medida sacralizada, fetichizada, es otra de las imbecilidades sobre las que reposa el sistema.

Decía Esquilo hace 2.500 años: los dioses mismos combaten en vano contra la imbecilidad. Lo volvió a decir Schiller hace 200. Porque la lucha contra la imbecilidad es, por supuesto, tan poco original como la imbecilidad misma, y carece de límites históricos.

Nos dice ahora Simón Gaviria que esto de medir la imbecilidad, o la felicidad (fue un lapsus mío), se hace también en imitación de la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), elegante club de países ricos al cual quiere Colombia pertenecer o al menos parecerse. La Ocde, explica, mide su felicidad tanto en términos económicos como en términos filosóficos: los de la eudaimonía de Aristóteles, que en griego antiguo quiere decir “plenitud del ser”, o, más brevemente, “felicidad”. Y en lo que a eudaimonía toca, nosotros ganamos: “Se evidencia –dice Gaviria –que Colombia tiene niveles de satisfacción con la vida por encima de los países de la Unión Europea”. La imbecilidad no tiene barreras lingüísticas.

Concluye el director de Planeación que sumando y restando unas cosas y otras, y promediando los resultados numéricos obtenidos por género, edad, etnia, región, estrato, etcétera (una tarea de Sísifo, solo concebible, supongo yo, gracias a los mágicos algoritmos secretos de la empresa de la señorita von Schwartzenberg de quien ahora se dice que está en quiebra), que en Colombia somos felices. Más felices los hombres que las mujeres, y más los paisas que todos los demás. El colombiano más feliz de todos, por lo visto, es un varón blanco de estrato 1 que tiene 28 años y vive en Medellín, y se siente especialmente contento los lunes por la mañana. Preocupante: es un “retrato hablado” del sicario llamado Popeye cuando era joven. Y resume el diagnóstico diciendo que, aunque es mejor ser rico que pobre, el dinero no da la felicidad. (Pero calma los nervios, como le apostilló a la frase hecha la cantante flamenca Lola Flores; o, según otras fuentes, el economista inglés Jeremy Bentham).

Para descubrir semejantes boberías ¿era necesario derrochar 9.000 millones de pesos del presupuesto nacional?

Es que el derroche no es derroche. De todos modos, el despilfarro es gasto. No se pierde la plata, sino que circula: en salarios legítimos cobrados por los encuestadores que hicieron preguntas idiotas para encuestas imbéciles, o por los creativos publicitarios que se ingeniaron las preguntas, o por el director de Planeación que encargó las encuestas y supervisó las preguntas, y a quien si no fuera por eso habría que de todos modos encontrarle o inventarle una embajada o un ministerio, o por lo menos un noticiero de televisión, pues para eso es un delfín de la república. De la plata malgastada también come la gente.

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