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Opinión

  • | 2014/02/15 00:00

    El poder de la fe

    La larga lucha por la separación de la iglesia y el estado se hizo teniendo en mientes a la católica. Pero las sectas protestantes hacen política sin complejos.

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Se atribuye a Ron Hubbard, el fundador de la iglesia de la Cienciología, esta frase: “Si quieres hacer plata de verdad, funda una religión”. Y a León X, el más fastuoso de los papas de la Iglesia Católica, esta otra: “Desde tiempos inmemoriales se ha sabido cuán provechosa nos ha resultado la fábula esta de Jesucristo”. Tal vez las atribuciones sean apócrifas, pero su fondo es cierto.

No hay iglesia pobre de ninguna religión ni la ha habido nunca, desde que los sacerdotes del milenario dios Amón mandaban en el antiguo Egipto hasta hoy, cuando los fieles de la iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional hacen en Bogotá marchas multitudinarias para defender el derecho a ser rica de su papisa María Luisa Piraquive viuda de Moreno. Si la austeridad franciscana del actual papa católico Francisco llama tanto la atención es justamente por el contraste con el derroche de lujos de sus predecesores: los zapatos de cabritilla roja diseñados por Prada, el helicóptero Augusta con cojines de Karl Lagerfeld, la basílica de San Pedro edificada por Miguel Ángel. Todos los dirigentes eclesiásticos, autodesignados representantes de su dios en la tierra, son ricos: hay que ver los palacios del santo padre que vive en Roma, y el que habitaba en Lhasa (ahora vaga en el exilio) su otra santidad budista, el dalái lama, y las mansiones que tiene en la Florida la señora Piraquive de esta IDMJI colombiana.

Todas las iglesias han sido y son máquinas de hacer dinero (y no pagan impuestos). El teólogo norteamericano Gore Vidal, recientemente fallecido, llegó a afirmar en uno de su libros que en tiempos de Jesucristo el gran Templo judío de Jerusalén controlaba el mercado financiero de toda el Asia Menor, y hasta el de Roma. Y por eso entró Jesús a expulsar de ahí a latigazos a los mercaderes: no eran inofensivos vendedores de pollos y palomas para los sacrificios, sino tiburones de Wall Street. Y a todas las iglesias, también siempre, se las ha acusado de turbios manejos financieros. Ron Hubbard fue condenado en Francia por estafa, y en los Estados Unidos por evasión fiscal. Al papa León X lo denunció Martín Lutero por fraude en la venta de indulgencias, y el actual, Francisco, está en serios aprietos por el lavado de dineros negros de la mafia en el Banco del Vaticano (IOR). María Luisa Piraquive está siendo investigada por la Fiscalía de Colombia por enriquecimiento ilícito. Y así.

Pero lo que llama la atención en el caso de la señora Piraquive, que tiene estremecida a toda la prensa colombiana, no es su riqueza, sino su capacidad de emprendimiento. ¿Qué otro empresario colombiano ha llegado, como ella, a administrar 850 sucursales en 45 países? ¿Acaso el tan cacareado Cementos Argos ha llegado a tanto? ¿El Grupo Santo Domingo, que se adueñó de la cervecera SabMiller y del principado de Mónaco? No, nadie. Ni los narcos. Y es que la señora Piraquive, que acaba de declarar ante la Fiscalía no ser dueña sino de tres propiedades, un local, un apartamento y una casa en Bogotá, es dueña de algo más grande: tiene una Iglesia.

Su poderío económico no es lo grave, sin embargo. Y, desde luego, no es ni de lejos comparable con el de la Iglesia Católica. Lo que importa es su creciente poder político. La Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional fundó y maneja un partido de nombre casi igualmente estrambótico, el Mira, Movimiento Independiente de Renovación Absoluta, que en las últimas elecciones logró cuatro curules parlamentarias (tres senadores y una representante), un gobernador, siete diputados, 22 concejales y 300 ediles. La larga y difícil lucha por lograr la separación de la Iglesia y el Estado en Colombia se hizo teniendo en mientes a la Iglesia Católica, que era la única que había aquí. Mucha sangre corrió por cuenta de los púlpitos católicos hasta bien entrado el siglo XX. Pero a las sectas protestantes, ahora llamadas ‘cristianas’ como si la católica no lo fuera también, no las frenan malos recuerdos del pasado, y hacen política sin complejos. No tienen todavía la fuerza confesional y clerical que han ejercido en Colombia los curas católicos a través del Partido Conservador, pero para allá van. Consultadas las estadísticas –contradictorias–, parece ser que entre un 10 y un 15 por ciento de los colombianos creyentes en los dioses son cristianos no católicos de variadas sectas (otros pocos son musulmanes o judíos, y unos cuantos animistas y agnósticos). Muchos políticos profesionales, incluidos varios expresidentes, no han vacilado en coquetear con la fuerza electoral cautiva que hay ahí. Y eso es peligroso. No solo la Iglesia, las iglesias, deben estar separadas del Estado. Deben estar además separadas y ausentes de la vida política.

Le preguntaron una vez a Giulio Andreotti, diez veces primer ministro de su país, que desde cuándo gobernaba Italia su partido, la Democracia Cristiana. Y respondió: “Desde el emperador Constantino”. 
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