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Opinión

  • | 2015/11/14 22:00

    El río

    No está claro de dónde piensa Peñalosa traer el agua para llenar un río de 100 kilómetros de largo que sea tres veces más ancho y dos veces más hondo que el actual: algo así como el Orinoco.

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Todo se echa para atrás en Colombia. Las constituciones, las leyes, las sentencias judiciales, las sanciones administrativas, las amnistías, los indultos, las elecciones, las eutanasias, los abortos, los pactos, los plebiscitos, los acuerdos de paz, las fumigaciones con glifosato y las suspensiones de las fumigaciones con glifosato. Y, por supuesto, más que todo, las promesas de los políticos. En esa inexorable reversa nacional, acaba de tocarle nuevamente el turno al metro de Bogotá. Nuevamente, digo, porque 100 veces ha sido anunciado y suspendido, prometido y negado, empezado y abandonado, y usado además como argumento para rechazar y echar para atrás otras obras borradas: el tranvía, el cable aéreo, el tren de cercanías, las avenidas de circunvalación. Lo dijo otra vez el flamante alcalde electo Enrique Peñalosa: el metro de Bogotá, proyectado por todos los alcaldes desde hace 70 años, tampoco se hará durante su administración.

Ahora dirán los fanáticos peñalosistas, sin duda con razón: “Ni siquiera ha tomado posesión el nuevo alcalde, y ya lo critican por lo que no ha hecho”. Sí: pero es que, apenas elegido, ha empezado a renegar de lo que prometía cuando buscaba los votos. Ya mencioné aquí la semana pasada el ejemplo de las corridas de toros. Hace tres meses, mostrándose abierto, tolerante, liberal, opinaba sobre la prohibición de los toros en Bogotá impuesta ilegalmente por el alcalde Gustavo Petro: decía Peñalosa que “en este tipo de decisiones ningún gobernante puede imponerles a los demás ciudadanos su punto de vista”. Ahora, autoritario, hace saber: “Haré todo lo posible para que no haya más toros en Bogotá. Es mi posición y la que refleja la mayoría de los ciudadanos. El fallo de la Corte Constitucional (decidiendo que la plaza de toros es para dar corridas)… la plaza es de los ciudadanos, y haremos todo para que no vuelva a utilizarse para los toros”.

Lo del metro es igual. Hace tres meses aseguraba que el metro que él haría sería el mejor posible para la ciudad, y el menos costoso: uno elevado por la avenida Caracas. Ya no el de superficie a ras de suelo que prometió hace 15 años, en su primera alcaldía, y que también entonces era solo un señuelo para distraer la atención sobre su mágica solución de TransMilenio. La misma que hoy quiere reforzar, pues no solo es amante de las bicicletas, sino también de los buses. Petro, que en sus cuatro años de gobierno fue tan incapaz de organizar los buses como de construir el metro, se queja ahora: Peñalosa está botando al caño los 130.000 millones de pesos que él invirtió en sus estudios para el metro.

Pero hablando de caños, volvemos a Peñalosa. En sus promesas, y a cambio del incumplimiento del metro, hace cabrillear el mucho más hermoso espejismo del río. El río Bogotá, que se convertirá en el eje de su ciudad soñada, expandida sobre ambas orillas desde Chía en el norte hasta Soacha en el sur a lo largo de 100 kilómetros de meandros bordeados de malecones de piedra y de jardines. No será el río Bogotá que hoy conocemos, reducido a un caño inmundo y hediondo, a una alcantarilla a cielo abierto. El propio Peñalosa lo mostró en su campaña, en un render fabuloso que todavía puede contemplarse en internet. Será un ancho y hondo río, tres veces más ancho y dos veces más profundo que el actual, flanqueado de altos y bellos edificios. Los bogotanos –dice Peñalosa en su presentación televisada– podremos pasear en bicicleta o cogidos de la mano por sus arboladas orillas, o sentarnos a pescar con caña, o en un café al aire libre en primavera, a mirar los alegres veleros y las lentas barcazas. Y seremos felices.

No está claro de dónde piensa Peñalosa traer el agua para llenar un río de 100 kilómetros de largo que sea tres veces más ancho y dos veces más hondo que el actual: algo así como el Orinoco. Pero bueno: lo propio del nuevo alcalde es hacernos soñar.

Y tal vez su sucesor se decida por fin a construir entonces un metro que pase por debajo de ese río, como sucede en todas las ciudades que además de tener metro tienen río, como pasa el de Londres bajo el Támesis o el de París bajo el Sena. Para decirlo en las palabras de nuestro nuevo alcalde: viviremos entonces en la Bogotá que soñamos.
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