Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2015/11/21 20:00

¿La guerra?

No es una guerra mundial, pero sí una guerra local en la que participa todo el mundo y que ha dejado en cuatro años 200.000 muertos y varios millones de refugiados

Antonio Caballero Foto: León Darío Peláez

Decía hace un año en esta columna que, a fuerza de bombardear al grupo terrorista llamado pretenciosamente Estado Islámico, los aliados occidentales iban a conseguir volverlo un Estado de verdad. Es cosa hecha. En un año bajo las bombas, el EI se ha convertido en dueño de media Siria y medio Irak, donde controla el territorio, las vías, la producción y venta de petróleo, la educación y el cobro de impuestos sobre 5 millones de personas. Es además el foco de atención ideológica, política y militar para muchos millones de musulmanes que viven en Europa. Y con los atentados de la semana pasada en París, una docena de asesinos matando en su nombre lograron el reconocimiento definitivo: Francia le declaró al EI oficialmente la guerra.

Aunque el presidente François Hollande dijo que lo hacía en defensa de los principios republicanos y democráticos, lo cierto es que al hacerlo perjudica seriamente esos principios. Cede a la deriva populista de la ultraderecha francesa, que lleva un año (desde lo del semanario Charlie) reclamando la guerra contra el islam, y exacerba las contradicciones de la política europea frente a la inmigración. La sola declaratoria de guerra es ya una derrota para la civilización occidental, y una victoria para el Estado Islámico.

Derrota y victoria morales. Pero en lo militar tampoco está muy claro que la guerra declarada la vaya a ganar Francia. Las guerras asimétricas, como es esta, no las gana siempre el más fuerte: más bien casi nunca. En ese campo Francia ya ha conocido dos grandes derrotas: la de la independencia de Indochina (que se prolongó en la también fallida guerra norteamericana de Vietnam) y la de la guerra de Argelia. Y vale la pena volver a traer a cuento la explicación de un jefe independentista argelino capturado por los franceses, que le reprochaban que su gente pusiera bombas en los mercados callejeros: “Si Francia nos entrega aviones como los que usa para bombardear nuestros pueblos, nosotros le entregaremos las bombas que ponemos en los mercados”. Es una vieja discusión: la de la legitimidad del terrorismo del débil frente al terror convencional del fuerte.

Por otra parte, también esta guerra es vieja. Francia lleva años participando en las incursiones aéreas en Siria, tanto para derrotar a los islamistas fanáticos como para derrocar al dictador Bashar al Asad, dentro de una coalición de más de 20 países encabezados por los Estados Unidos. Y lleva años colaborando en todas las guerras de la región, o iniciándolas ella misma: la de Irak, la de Afganistán, la de Malí, la de Libia, la de Nigeria…Para no hablar de las guerras de la descolonización, ni de las mundiales, ni de las de la colonización, y sin remontarnos a las Cruzadas de hace 1.000 años o a la guerra universal de conquista emprendida en el siglo VII por el propio profeta Mahoma para imponer su religión por la espada, como lo recordó hace unos años el expapa Benedicto XVI. En esa empresa sigue empeñado el islamismo radical, que no es homogéneo ni tiene una sola cabeza, como quisieron creer los estrategas norteamericanos cuando apareció Al Qaeda volando las Torres Gemelas de Manhattan y se inventaron en respuesta la guerra de Afganistán y la de Irak. En ella toman parte movimientos de distintos países y a veces, sin mezclarse, de las dos grandes ramas del islam, chiitas y sunitas. Los Hermanos Musulmanes de Egipto, el GIA de Argelia, Boko Haram de Nigeria, y otros muchos grupos y grupúsculos, crecientemente armados, y financiados tanto por gobiernos abiertamente enfrentados a Occidente, el de Irán por ejemplo, como por otros que son oficialmente sus amigos, como el de Arabia Saudita o el de Pakistán. Esos grupos diversos son los que en los últimos años han recurrido a los atentados terroristas en las torres de Nueva York, en el metro de Londres, en los trenes de Madrid y en las discotecas de París, llevando así a las ciudades de Occidente la guerra que sus gobiernos libraban hasta entonces lejos de sus fronteras, en los países del Medio Oriente.

Falta ver qué efecto tiene la renovada intervención francesa en el nudo ciego de la guerra civil siria. Probablemente muy poco, dada la inextricable complejidad de ese nudo, en el que se trenzan sirios de todas las facciones, sunitas y chiitas (alauitas), coptos y católicos, partidarios de Asad y sus enemigos, kurdos independentistas, palestinos, iraníes, defensores de la Revolución iraní, combatientes palestinos, los gobiernos de todos los países de la región –turco, iraní, libanés, jordano, los servicios secretos de Israel–, Rusia, China, Corea del Norte, Estados Unidos y todos sus aliados europeos de la Otan. No es una guerra mundial, pero sí una guerra local en la que participa todo el mundo, y que ha dejado en cuatro años 200.000 muertos y varios millones de refugiados en los países vecinos y en Europa. Poco efecto tendrán los nuevos golpes de Francia sobre la situación local. Pero sin duda será malo. Las potencias de Occidente deberían por fin darse cuenta de que sus intervenciones militares, por muy humanitarias que las llamen, son siempre catastróficas.

En cuanto a las tensiones raciales y religiosas internas de la sociedad francesa, también el entusiasmo guerrerista de Hollande será malo. Sin embargo no podía, políticamente, cederle el terreno de la revancha a la derecha. Tenía que ocuparlo él. Malo para Francia.

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