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Opinión

  • | 2014/12/06 22:00

    Falsos testimonios

    Sería bueno que nos dieran las versiones de los pobladores del caserío, que no concuerdan con la del general, ni con la del soldado que manejaba la panga, ni con la de las Farc.

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No le creo la versión de su secuestro al general Rubén Darío Alzate. Ni entiendo por qué se la creen sus superiores, si es que de verdad se la creen (y si no se la creen, pues no son tontos, tampoco entiendo por qué dicen que se la creen). ¿”Honor militar”, como balbuceó ante las cámaras? Deshonor, más bien, si se mira que por su imprudencia puso en peligro no solo su propia vida y la de sus acompañantes sino el proceso de paz con las Farc, que es la médula de este gobierno: el gobierno al que sirve el general. Eso no da para pedir la baja con honor –en “gesto de grandeza”, como dijo hiperbólica e incomprensiblemente el general Jaime Lasprilla, comandante del Ejército. –Da, por el contrario, para ser sometido a un consejo de guerra y ser degradado con ignominia en el patio de un cuartel, con el mismo Lasprilla quebrando en su rodilla el bastón de mando de Alzate, como tantas veces hemos visto en las películas de Hollywood. Y si pongo este ejemplo es porque todos los generales de Colombia se han formado en la Escuela de las Américas de Fort Benning, que es una sucursal o franquicia de Hollywood (o viceversa).

Por lo demás, y por suerte, el episodio terminó bien: no hubo muertos ni ruptura de los diálogos, y no solo el general fue liberado por las Farc sino que de pasada lo fueron también los dos soldados capturados en combate en Arauca, a quienes el Ejército y el gobierno tenían por completo olvidados. De pasada también, debo decir que tampoco a los dos soldados les creo mucho ninguna de sus dos versiones: ni la que les grabaron las Farc, contra el Ejército, ni la que les grabó el Ejército, contra las Farc. Y también, así sea solo para no creerlas, me parece que deberían dejarnos oír las de los otros implicados o testigos. La de la doctora Urrego, la abogada que acompañaba al general en su visita filantrópica a las comunidades olvidadas; la del cabo que iba con ellos; la del soldado que manejaba la panga y que se devolvió a Quibdó para no caer prisionero él también, según nos dijeron al principio que había dicho, o por orden de Alzate, según corrigió este, para que el perro que iba con ellos no asustara a los niños.

En cuanto a la versión de las Farc, también ha ido cambiando: desde la del mensaje agresivo del frente que se lo llevó del río (y no del caserío de Las Mercedes) con la amenaza de un juicio por la “justicia popular” hasta la de la tranquilizadora carta de Timochenko que lo califica de “alguien con quien se puede hablar”: sería bueno que nos dieran una versión unificada. Y que nos dieran al fin, como al comienzo, las versiones de los pobladores del caserío, que no concuerdan ni con la del general, ni con la del soldado que manejaba la panga, ni con la de las Farc. Así el optimista general Lasprilla diga que, por el contrario, todo concuerda.

También la versión del presidente Santos ha ido cambiando. Empezó por pedir enérgicamente, por Twitter, explicaciones al general secuestrado, o capturado, o lo que fuera, y por suspender los diálogos con las Farc en La Habana. Cuando se le recordó que el acuerdo con ellas era el de no supeditarlos a lo que ocurriera fuera de la Mesa, pues se dialogaba en medio del conflicto, argumentó que eran las Farc quienes habían roto lo pactado al secuestrar a un civil. No quedó claro a cuál se refería. Si a la doctora Urrego, que lo es, o al militar que iba con ella disfrazado de civil, sin serlo. Incurriendo él en el mismo comportamiento que tanto les reprochan los militares a los guerrilleros cuando estos pretenden confundirse con la población civil. Y, a propósito: no le queda muy bien a un general cargado de condecoraciones, así sea en trance de pedir la baja, decir que había decidido vestirse de civil para no despertar desconfianza entre las comunidades del Chocó. ¿No habíamos quedado en que son los militares quienes más confianza inspiran en el país, según las encuestas? ¿O es que también hay varias versiones discrepantes de esas encuestas?

Debo añadir que, en lo que a mí respecta, tampoco tengo demasiada fe en las encuestas.

Pues por lo visto todos nos mienten. El gobierno, los militares, las guerrillas, la población civil, los encuestadores. No es sorprendente que en los últimos tiempos la administración de justicia esté tan enredada con lo que ahora llaman “el cartel de los testigos falsos”. No los hay veraces. Y es porque todos tienen miedo.
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