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Opinión

  • | 2016/12/03 00:00

    A la sombra de Quevedo

    La verdadera grandeza histórica de fidel está en su resistencia de una vida al imperio norteamericano y a su siembra de miserias.

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Fidel Castro, que acaba de morir a los 90 años, fue un gran hombre. El hombre más grande de la historia de América Latina, junto a Simón Bolívar. Entendiendo, por supuesto, que ser un hombre grande no implica ser un hombre bueno. Las dos cosas suelen ser más bien contradictorias.

Bolívar no logró sino una cosa: la independencia de cinco repúblicas arrancadas al Imperio español. Pero él quería que fueran una sola, grande y feliz. Y no. Desde entonces la historia de las cinco ha sido bastante desastrosa, hecha de feroces desgarros intestinos y de sometimiento ante el nuevo Imperio norteamericano. Lo cual fue previsto por el propio Bolívar en el desengaño de sus días finales: todas ellas caerían en manos de “tiranuelos imperceptibles de todos los colores”, y se verían “plagadas de miserias por los Estados Unidos en nombre de la libertad”. Solo ganaron la independencia –reconoció el Libertador con amargura en último discurso ante el Congreso de Colombia– “a costa de todo lo demás”.

¿Qué logró Fidel Castro? Una tremenda frustración histórica. Llamó Revolución a la instalación en Cuba de una dictadura que ya dura casi 60 años, personal y dinástica y de partido único, basada en el control social y en la represión policial. Salud y educación para el pueblo: dos cosas excelentes. Pero, como explicó uno de los cubanos fugados en el gran éxodo de 1980, “uno no está todo el tiempo de su vida ni en el colegio ni enfermo”. Un estruendoso fracaso económico: bloqueada Cuba por los Estados Unidos, tuvo que echarse en brazos de la Unión Soviética, y hundida esta en los años noventa, y al borde de la hambruna, solo pudo mantenerse a flote por la solidaridad de la entonces rica Venezuela del coronel Hugo Chávez. Y un completo fracaso estratégico en las tentativas de exportar la Revolución, de crear, como decía su compañero de lucha el Che Guevara, “dos, tres… muchos Vietnams” para enfrentar al Imperio norteamericano: solo se dieron derrotas cruentas y desmoralizantes de grupos guerrilleros “guevaristas” inspirados, entrenados y apoyados por Cuba, en la Argentina, en Bolivia, en Uruguay, en Venezuela, en el Perú, en Guatemala. En Nicaragua, donde la inicialmente victoriosa Revolución del sandinismo naufragó en la corrupción. Y en Colombia, donde todavía se sienten las patadas de ahogado del ELN. Algún éxito, aunque efímero, tuvieron en cambio las intervenciones militares en África, más directas y mucho más costosas: casi medio millón de tropas cubanas pasaron de l975 a l991 por Angola y Etiopía en defensa de los regímenes anticolonialistas locales.

La verdadera grandeza histórica de Fidel Castro está en su resistencia de toda una vida al Imperio norteamericano y a su sempiterna siembra de miserias. Resistencia enraizada en el orgullo y en la terquedad. Ha sido el único estadista de este continente capaz de plantarles cara a los Estados Unidos que ha conseguido sobrevivir al desafío. Otros fueron aplastados, derrocados, asesinados, de López de Santa Anna en México a Salvador Allende en Chile, pasando por Sandino en Nicaragua, Arbenz en Guatemala, Goulart en el Brasil, Bosch en Santo Domingo, Roldós en el Ecuador, Torrijos en Panamá. La lista es larga. Cantaban los cubanos en los años sesenta: “¿Qué tiene Fidel, que los americanos no pueden con él?”.

Fidel sobrevivió a una invasión armada y financiada por el gobierno norteamericano en 1961, un año apenas después de su toma del poder; y la derrotó con sus propias fuerzas en Playa Girón, o Bay of Pigs, según el lado de quien hable. Si no hubo otras invasiones militares se debió al respaldo que le dio a la Revolución cubana la Unión Soviética, con las consiguientes repercusiones para la seguridad mundial: así pudo verse al año siguiente, cuando la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba provocó un pulso nuclear entre el presidente John Kennedy y el primer secretario de la URSS Nikita Jrushchov. Sobrevivió luego a más de 300 tentativas de asesinato organizadas por la CIA norteamericana, desde las más tremebundas –aviones cargados de explosivos– hasta las más grotescas: un tabaco puro de los que solía fumar, envenenado con un defoliante que le hiciera caer el pelo de la barba para que se evaporara su prestigio popular como las fuerzas de Sansón bajo las tijeras de Dalila. Y sobrevivió a más de medio siglo de ahogamiento económico, y además político dentro del continente americano, y también militar: cuando la crisis de los misiles, en octubre de l962, unos cuantos barquitos venezolanos y argentinos montaron una guardia simbólica al pie de la flota de guerra norteamericana que bloqueaba la isla. Hasta el final, ya apartado del poder directo, agobiado de vejez, se ciñó Fidel Castro a su papel histórico de resistente. Cuando el presidente Barack Obama empezó a descongelar el medio siglo de hostilidades visitando Cuba, el tozudo anciano se empeñó en alzar su protesta solitaria: “¡No necesitamos que el Imperio nos regale nada!”.

Se hizo cremar después de muerto. Su vanidad estaba por encima del rito vanidoso del embalsamamiento. Sus cenizas recorrieron en una lenta travesía fúnebre todo lo largo de la isla, desde La Habana hasta Santiago de Cuba, donde está enterrado el prócer José Martí. Pero, como escribió Quevedo sobre el hoy olvidado duque de Osuna en uno de los grandes sonetos de la lengua castellana, la gloria de Fidel Castro no está sepultada ahí. Dijo Quevedo del “grande Osuna”:

“Su tumba son de Flandes las campañas

y su epitafio la sangrienta luna”.

Las campañas fallidas de Osuna en Flandes que querían conservar su posesión para España. Y la sangrienta luna, la medialuna roja del estandarte del Gran Turco, que amenazaba la cristiandad. Así como la tumba de Simón Bolívar no es el pretencioso mausoleo de mármol blanco en forma de bicornio que construyó hace unos años en Caracas el gobierno bolivariano de Venezuela, sino sus campañas de los llanos y de los Andes, y su epitafio el águila bicéfala del Imperio español que ayudó a desmantelar, así la tumba de Fidel son sus campañas africanas y americanas, por fracasadas que fueran, y su epitafio es el águila calva del escudo de los Estados Unidos. Si no la pudo desplumar, por lo menos supo durante más de medio siglo despelucarla un poco.

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