Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/04/02 00:00

La vejez

"La vejez es un naufragio”, comentaba otro rebelde obstinado, el general de Gaulle. ¿Será que –por respeto o por vergüenza ajena– nadie se atreve a recordárselo a Fidel Castro?

Antonio Caballero Foto: León Darío Peláez

He visto citado o extractado o reproducido en varios sitios el artículo de Fidel Castro en el diario Granma sobre la visita de Barack Obama a Cuba, pero en ninguna parte lo he visto comentado, ni mucho menos analizado. Intuyo que la causa es un poco el respeto y un poco la vergüenza ajena: ¿cómo? ¿Será verdad que es así como opina Fidel? Y no me refiero al fondo del escrito, si lo tiene, sino a su forma incoherente.

Yo he sido un admirador de Fidel Castro toda mi vida. Lo he admirado por haber sido el hombre de Estado capaz de mantenerles durante 60 años el pulso imperial a los gobiernos de los Estados Unidos sin más recursos que la terquedad y el orgullo. De su revolución me desilusioné bastante pronto, al verla burocratizarse y policializarse y entregarse –quizás forzosamente– a la dañina Unión Soviética. De su propia reciedumbre de carácter, nunca. En los tiempos modernos su hazaña antiimperialista solo me parece comparable a la de otro gran rebelde, tan frustradamente revolucionario como él: el mariscal Tito de Yugoslavia, capaz de plantarle cara a la voracidad imperial de la Unión Soviética de José Stalin. Tito y Fidel me recuerdan, admirables, al padre de todas las rebeldías: el Lucifer soberbio que le opuso al mismo Dios su altivo non serviam. No te serviré.

Admiré al Fidel Castro (y a su Cuba rebelde) de las guerrillas de la Sierra Maestra y el derrocamiento de Fulgencio Batista en el 59. Al que contuvo en el 61 en Playa Girón la invasión de mercenarios financiada por la CIA norteamericana. Al que condujo la resistencia cubana al infame bloqueo imperial desde 1962. Al que por la pura fuerza de la voluntad pudo resucitar en 2008 y a continuación abdicar del poder. En su hermano, sí: pero renunciando al poder. Algo que no hizo ni Tito en su larga agonía. La renuncia al poder es cosa rara, y siempre admirable. Pero también de Fidel he conocido grandes decepciones. La primera, ya lo dije, la traición a su revolución, que es tal vez la suerte inevitable de las revoluciones. Su entrega a la URSS. Su indigno tratamiento de la oposición pacífica, de los intelectuales críticos, de los homosexuales por serlo. Sus fallidas, y a veces triunfales guerras africanas, y sus fallidas y siempre contraproducentes guerras latinoamericanas. Su obcecadamente equivocada política económica. Su endiosamiento personal, probablemente inevitable dadas sus circunstancias particulares de Comandante en Jefe y Jefe Único de Partido Único en su isla. O, en tono menor pero significativo, su idiosincrático desaliño indumentario, que fue pasando del raído uniforme verde olivo del Ejército Rebelde que usaba en la Sierra Maestra al almidonado uniforme color abeto de los Urales que se ponía para visitar en Moscú a sus protectores soviéticos; y de ahí al traje burgués de paño oscuro y corbata de lunares y mancornas en los puños especialmente cortado para recibir en La Habana al papa Juan Pablo II; para terminar en las sudaderas deportivas de marca.

Pero es la creciente incoherencia de sus artículos, publicados frecuentemente por Granma, lo que de verdad es preocupante. Lean ustedes –o relea él– el titulado ‘El hermano Obama’, asombroso por lo deshilvanado y sin rumbo ni sentido. Se abre con una misteriosa y embarullada frase que reproduzco entera:

“Los reyes de España nos trajeron a los conquistadores y dueños, cuyas huellas quedaron en los hatos circulares de tierra asignados a los buscadores de oro en las arenas de los ríos, una forma abusiva y bochornosa de explotación cuyos vestigios se pueden divisar desde el aire en muchos lugares del país”. Para saltar sin transición a unas cifras absurdas sobre el turismo; “El turismo, hoy, en gran parte, consiste en mostrar las delicias de los paisajes (…) siempre que se comparta con el capital privado de las grandes corporaciones extranjeras, cuyas ganancias si no alcanzan los miles de millones de dólares per cápita no son dignas de atención alguna”. Luego vienen una remembranza de la invasión de Playa Girón, un reproche por el robo de unas páginas del diario de José Martí tras su muerte, la información de que “el retiro y el salario de todos los cubanos fueron decretados por la Revolución antes de que el señor Barack Obama cumpliera diez años” y una curiosidad sobre Nelson Mandela: “Su minúscula letra precisando datos”. El recuerdo de que Sudáfrica tuvo “diez o doce bombas” nucleares, según un embajador cubano ya fallecido, y un consejo para Obama: “Mi modesta sugerencia es que reflexione”. El bloqueo de 60 años, la voladura de un avión cubano de pasajeros por la CIA, y una advertencia final, en la que el anciano comandante recupera el resorte del orgullo: “No necesitamos que el imperio nos regale nada”.

“La vejez es un naufragio”, comentaba otro rebelde obstinado, el general Charles de Gaulle, refiriéndose a un ídolo caído de su propia juventud. ¿Será que –por respeto o por vergüenza ajena– nadie se atreve a recordárselo a Fidel Castro, que hoy tiene 90 años? Mi modesta sugerencia es que alguien lo haga.

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