Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/05/21 00:00

No hay mal menor

Desde Inglaterra hasta Filipinas y desde Islandia hasta la Argentina las mujeres gobernantes han demostrado ser tan dañinas como los hombres.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Por corrección política muchos opinadores pretenden negar la realidad: el pueblo norteamericano es sensato -dicen-; no va a elegir presidente a un payaso como Donald Trump. Pero ahí va Trump, surfeando en la cresta de la ola. Ya derrotó a sus 16 rivales republicanos y los sacó de la competencia. Esas cosas pasan.

Tampoco cabía esperar hace 85 años que el pueblo alemán cometiera la insensatez de elegir a Adolf Hitler, pero así sucedió.

Los que no conocen la historia están condenados a repetirla, sentenció Santayana en su frase famosa (¿alguien recuerda alguna otra frase de Santayana?). Frase que habría que redondear diciendo: y los que sí la conocen, también.

Porque también Hitler parecía un payaso: más payaso aún que la caricatura que Chaplin hizo de él en su película El gran dictador.  Usaba un peinado de semimechón pegado sobre la frente, más ridículo aún que el pastel lacado y dorado que usa Trump, y un bigotito de fiesta de disfraces. Trump es gritón, agresivo, machista, racista, como era Hitler; y parece estar diciendo lo que cree, que es lo que cree también el pueblo norteamericano (como lo creía el alemán): cree que es un pueblo superior, predestinado a dominar el mundo entero. Como Hitler, Trump seduce apelando al instinto más bajo de su pueblo, que es el ansia de poder sobre los demás. Hitler prometía devolverle a Alemania su grandeza. Trump hace lo mismo desde la divisa que campea en su cachucha de béisbol: Make America Great Again.

Con todas estas semejanzas, sin embargo, Trump no es Hitler, claro está. Porque no tiene, como tuvo este, un monolítico partido de bandidos detrás. El Partido Republicano es solo una dispersa maquinaria electoral, no una monolítica maquinaria de muerte como era el partido nazi. Trump se parece más a un personaje como Ronald Reagan. También era algo ridículo su peinado de copete engominado, también él usaba la frase de devolverle su grandeza a los Estados Unidos, también él quería someter al mundo entero con su insensata “Guerra de las Galaxias” (Iniciativa de Defensa Estratégica). Y derrotó arrolladoramente al sensato y pacifista Jimmy Carter, y fue reelegido con una incontenible marejada de votos que premiaron su política de matoneo internacional -la invasión de la islita caribeña de Grenada, la ayuda ilegal (prohibida por el propio Congreso) a los “Contras” de Nicaragua financiados   por la CIA con dineros del tráfico de drogas, el bombardeo de Libia–; y su política económica –la reducción de los impuestos a los ricos, la liberación de controles a los bancos, el recorte de los gastos sociales, la multiplicación del gasto militar–, que en su momento se llamó “revolución conservadora”. Todavía hoy muchos norteamericanos consideran a Reagan, con Abraham Lincoln, el mejor presidente de su historia. Porque piensan que su política neoliberal, que concentró la riqueza, es la respuesta adecuada al comunismo; y porque creen que “ganó” la Guerra Fría contra el “Imperio del Mal”, como bautizó a la Unión Soviética, simplemente porque le cupo en suerte ser el presidente de los Estados Unidos en los momentos en que el régimen soviético se hundía por su propio peso.

Reagan fue, pues, catastrófico, pero amado por su pueblo. Como lo será Trump si resulta triunfador en noviembre. Pero con Reagan no pasó nada. Y tampoco pasará nada con Trump.

Lo peor del asunto es que la probable contendora de Trump, Hillary Clinton, es una posible presidenta tan mala como Trump. Este dice que la mejor carta de Hillary es que es mujer (lo cual es casi cierto: su mejor carta es que su rival es Trump), y que no tendría votos si, con su mismo discurso y su mismo historial, fuera hombre. No le falta razón. Aunque tampoco es que lo femenino, sexo o género, sea una buena recomendación en materia de gobierno: desde Inglaterra hasta las Filipinas y desde Islandia hasta la Argentina las mujeres gobernantes han demostrado ser tan dañinas como los hombres. Por lo demás, tampoco es que la diferencia entre el uno y la otra sea mucha: Clinton es tan conservadora como Trump, tan guerrerista como Trump, tan gritona como Trump, tan ególatra como Trump, tan pelipintada como Trump. Y es además, o parece, más mentirosa que Trump: no da la impresión de ser sincera ni siquiera cuando dice que es mujer.

Queda un agridulce consuelo: que el poder real de un presidente de los Estados Unidos es bastante relativo. El Imperio navega por sí solo, sin necesidad de timonel: por su propia inercia. La más reciente demostración de esa debilidad presidencial la acabamos de ver en la firma que a regañadientes le acaba de poner Barack Obama a una ley imperial votada hace dos años por el Congreso, por la cual se da una especie de patente de corso a los fiscales norteamericanos para que “ataquen de raíz” el problema de las drogas ilegales persiguiendo a sus fabricantes en cualquier lugar del mundo, así no las exporten al territorio de los Estados Unidos. No es una ley de Obama, ni del Congreso: es una ley de la DEA. Como la Guerra de las Galaxias de Reagan era una iniciativa del Pentágono y del llamado “complejo militar-industrial” (o tal vez de Hollywood, cuyo mejor negocio son las películas al respecto). Y como la invasión de Irak de Bush fue una idea de la CIA y de los petroleros. Y como la política económica, sea la de Trump o la de Hillary, es la de los poderes financieros de Wall Street, tal como lo viene denunciando el candidato Bernie Sanders en su quijotada contra los poderosos molinos de viento.

Pero tal vez, al fin y al cabo, no vaya a ser el pueblo norteamericano tan insensato como parece: informan las encuestas que seis de cada diez ciudadanos no quieren votar ni por Clinton ni por Trump. Y Sanders y sus sanchopanzas se niegan a retirarse de la lucha.

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