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Opinión

  • | 2015/03/07 22:00

    Justicia y justicia

    La justicia en el sentido amplio es la única garantía cierta de la no repetición de la lucha armada: la priva de sus motivos.

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Escribí aquí hace quince días que no todos entienden de igual manera la palabra paz. Para unos la paz consiste en la desaparición de las guerrillas y el mantenimiento de todo lo demás tal como está: es decir, dejando intactas las causas del surgimiento de las guerrillas. Para otros, la paz es la ocasión para empezar a eliminar esas causas, en lugar de seguirlas ignorando. Sergio Jaramillo, el alto comisionado para la Paz, es de la segunda opinión: para que sea eficaz, la paz debe llevar a cambios reales. “El gobierno –escribió en El Tiempo del 2 de marzo– no se metió en este proceso para dejar las cosas como están. El gobierno se metió en esto para que entre todos transformemos la realidad”.

Y ahí entra la justicia, otra palabra que no todos entienden de la misma manera.

De las cuatro condiciones que se mencionan para que la paz acordada sea sostenible y duradera –verdad, justicia, reparación, y garantía de no repetición–, aquí voy a dejar de lado la verdad y la reparación. La verdad no es única: lo acabamos de comprobar una vez más con las doce versiones distintas y las dos relatorías discrepantes de la Comisión Histórica, que a su vez han recibido interpretaciones diferentes de las dos partes que designaron la Comisión. La reparación es imposible en cuanto a las vidas destruidas, y será una tarea ardua y tal vez ímproba si juzgamos por los cuatro años de frustránea aplicación de la ley de víctimas y restitución de tierras. Quedan la justicia y la garantía de no repetición. Y la una es condición necesaria de la otra.

Pero depende de qué se entienda por justicia.

Para unos, que la miran en el sentido restringido del derecho, justicia equivale a castigo de los victimarios, o al menos de los “principales responsables” del medio siglo de violencia. Lo cual va lejos, pues son muchos y de muchos lados, combatientes o no, directos e indirectos (y se incluyen responsables internacionales: de los Estados Unidos, de la antigua URSS, de Venezuela, de Cuba, del Perú, etcétera). Eso habrá que discutirlo, y en ese sentido va la reciente propuesta de punto final del expresidente Gaviria. Pero no ante una fantasmagórica “comunidad internacional”, sino aquí. Y ya se discute, aquí, sobre sus formas: si la justicia consiste únicamente en pagar cárcel, etcétera. Mirada en ese sentido restringido del derecho, es la que exigen quienes hablan de “paz sin impunidad”:, justicia sería pues lo contrario de impunidad.

Hay otros que la entienden de manera más amplia y dicen que, para que haya paz, esta debe ser “con justicia social”. Para ellos lo contrario de la carencia de justicia no es el castigo sino la equidad. Y es la falta de equidad, la falta de justicia social y económica, la que está en la raíz de la violencia y, sobre todo, ha sido el caldo de cultivo para su desarrollo, en todas sus manifestaciones.

Con lo cual volvemos a lo que dice Jaramillo en nombre del gobierno: hay que transformar la realidad. Que es lo que los críticos del proceso desde la derecha traducen como “entregarles el país a las Farc”, o “al castrochavismo”, o “al terrorismo”, repitiendo la fórmula mágica que ha servido desde los tiempos de la República Liberal, hace ochenta años, para sofocar las tentativas de aggiornamento político y social. Porque en Colombia ha existido desde entonces una contrarrevolución preventiva, anterior a la revolución, una represión anterior al alzamiento, un anticomunismo anterior a la existencia de ningún partido comunista.

La justicia en el sentido amplio es la única garantía cierta de la no repetición de la lucha armada: la priva de sus motivos. Pues no es cierto, como se dice ahora, que haya sido el perdón y olvido de los pactos bipartidistas del Frente Nacional el origen de la violencia subsiguiente. Al contrario: eso fue lo que eliminó la violencia entre quienes suscribieron los pactos. Lo que la fomentó, entre los excluidos de ellos, es decir, en la izquierda, fue la exclusión, que les mostró que para ellos no existía la posibilidad de promover su política dentro del sistema.

No es de extrañar que los críticos uribistas de las conversaciones de paz se aferren tan tercamente a su estrechamente jurídica definición de lo que es la justicia. La otra, la de equidad, es la única que figura en los puntos que se discuten en La Habana.
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