Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/06/11 00:00

Derecha y ultraderecha

Quién sabe qué dirá Keiko de Kuczynski cuando este empiece a gobernar. Tal vez haga como Uribe, que fue el Fujimori de aquí, y denuncie como “castrochavista” al vencedor.

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

En el Perú el derechista neoliberal Pedro Pablo Kuczynski acaba de ganarle las elecciones presidenciales a la ultraderechista populista Keiko Fujimori por apenas 39.934 votos sobre un total de algo más de 17 millones. Habrá demandas. Como las hay en Austria, donde hace tres semanas el socialdemócrata “verde” Alexander van der Bellen derrotó al ultraderechista Norbert Hofer por 30.000: un empate. También en Colombia las últimas elecciones dejaron el electorado partido por la mitad entre el derechista neoliberal Santos y el ultraderechista uribista (también neoliberal) Zuluaga.

Al margen de las muchas y obvias diferencias, los tres casos tienen en común el hecho cada vez más frecuente en las elecciones de muchas partes del mundo de que más que de escoger un gobernante se trata de atajar a otro, por lo general de la ultraderecha. En el Perú había que detener a Keiko Fujimori, la hija del exdictador hoy condenado y preso; en Colombia se pretendía detener a la marioneta del autoritario expresidente Uribe, que todavía no ha sido ni siquiera sindicado. Y así en el Perú la candidata del Frente Amplio de izquierda Verónika Mendoza, que en la primera vuelta había obtenido casi un 20 por ciento de los votos, llamó a votar en la segunda por un neoliberal, como en Colombia la candidata del Polo Democrático Clara López apoyó a Santos en la segunda vuelta para detener a Óscar Zuluaga. Verónika le pidió a Kuczynski, a cambio de sus votos, un compromiso “social”. Es de suponer que la consolará, como Santos a Clara, ofreciéndole el islote de un ministerio rodeado de tiburones neoliberales.

Porque lo llamativo es que estas divisiones por mitad (que por otro lado son el resultado aritmético natural de la doble vuelta) no siguen la frontera que separa la derecha de la izquierda, sino la línea punteada que hay entre la derecha y la extrema derecha. Quién sabe qué dirá Keiko de Kuczynski cuando este empiece a gobernar. Tal vez haga como Uribe, que fue el Fujimori de aquí, y denuncie como “castrochavista” al vencedor. Olvidando que el mismo fue el “chinito” (así llamaban al japonés Fujimori) que reclamaba para Colombia el propio Santos cuando tenía su tribuna de prensa. Olvidando que el vicepresidente consentido de Santos, Vargas Lleras, fue el primer jefe político que en 2002 adhirió a la candidatura ultraderechista de Uribe. La derecha nunca se considera suficientemente de derecha. (Y con la izquierda pasa lo mismo). Hace 15 o 20 años Colombia constituía una excepción en el continente, donde empezaban a llegar al poder partidos y caudillos de izquierda más o menos populista o más o menos democrática: en el Uruguay con el Frente Amplio, en la Argentina con el peronismo de izquierda de los Kirchner, en el Brasil con el Partido de los Trabajadores, en el Ecuador, en Bolivia, en Venezuela. Las elecciones mostraban a los electorados partidos más o menos por la mitad, pero entre la izquierda y la derecha. Salvo en Colombia: a la derecha de Pastrana la seguía la ultraderecha de Uribe, que luego se sucedió a sí mismo y pudo imponer la candidatura triunfante de su ministro de Guerra, Juan Manuel Santos. Ahora Colombia es el modelo que siguen los vecinos. Y es, en mi opinión, un mal modelo: basta con ver cómo estamos. En torno, los gobiernos de izquierda se están viniendo abajo uno tras otro, incendiados por la corrupción.

Que no es de derecha ni de izquierda, sino que históricamente se ha manifestado en la una y la otra: es consustancial al poder. Pero está alcanzando en todas partes una dimensión tal, que más que una enfermedad del poder se ha convertido en la ideología que lo sustenta. Y es sin duda por eso que ahora se usa tanto, y sin ningún rubor, la palabra ‘transparencia’.

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