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Opinión

  • | 2015/03/14 22:00

    La amenaza

    Aunque sean ciertos los hechos que enumera Obama, nada convierte al gobierno de Maduro en amenaza para los Estados Unidos, aunque sí lo sea para los venezolanos.

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Puede parecer ridícula la reacción del presidente Nicolás Maduro ante las nuevas medidas de los Estados Unidos contra el gobierno de Venezuela. Pero solo porque el presidente Maduro es un poco ridículo él mismo. No lo son ni su reacción, ni las medidas.

Maduro sí, de acuerdo: ese cuerpo grandullón de pasmarote de palo, esos bigotazos, esas camisas con hombreras de corte militar que se pone para parecerse al coronel Hugo Chávez… Pero Maduro no es militar, como Chávez, y se ve disfrazado. Ni tiene su talento político, ni sus dotes histriónicas, ni su capacidad oratoria, ni su carisma. Cuesta trabajo tomar a Maduro en serio cuando cada dos por tres denuncia por la televisión en largas y deshilvanadas peroratas un complot o un nuevo golpe de estado, una tentativa de asesinato u otra embestida económica del imperialismo y sus aliados locales, los “pitiyankis”. Suena ridículo, aunque sean ciertas sus denuncias.

Las medidas que el presidente Barack Obama acaba de anunciar contra él no son ridículas, aun cuando también lo parezcan. Ridículo suena, claro, el pretexto alegado: que Venezuela “constituye una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos”. Aunque sean ciertos los hechos que enumera Obama como justificaciones del pretexto –“la erosión de los derechos humanos, la persecución política, el control de la libertad de prensa, el uso de la violencia para responder a las protestas antigubernamentales y los arrestos arbitrarios contra manifestantes, al igual que la creciente corrupción política”–, nada de eso convierte al gobierno de Maduro en una amenaza para los Estados Unidos, aunque sí lo sea para los ciudadanos venezolanos. Y nada de eso, por cierto y grave que sea, les concede a los Estados Unidos fuero para inmiscuirse en los asuntos internos de Venezuela. Si así fuera, Obama tendría que sancionar a casi todos sus aliados en el mundo. Y si se va a poner a hablar de derechos humanos, lo de Guantánamo daría para que empezara por sancionarse (¿derrocarse?) a sí mismo.

Tiene razón Maduro en estar seriamente preocupado. Eso de “amenaza para la seguridad nacional”, que parece grotesco –pues salta a la vista que quien constituye una amenaza para el otro son los Estados Unidos para Venezuela, y no viceversa–, no es ningún chiste. Es exactamente lo mismo que declaró hace 35 años el presidente norteamericano de entonces, Ronald Reagan, sobre la pequeña Nicaragua. Y procedió a emprender contra ella una guerra secreta (ocultada incluso al Congreso, y financiada ilegalmente por la CIA con dinero del tráfico de drogas y de la venta también ilegal de armas a Irán) que duró diez años: hasta que fue expulsada del poder la revolución sandinista que había sustituido a las dictaduras somocistas respaldadas durante décadas por los Estados Unidos.

Muchos gobiernos del mundo tendrían razón en preocuparse con lo de Obama como lo hace Maduro, porque nadie está al abrigo de un desembarco de marines, o de un bloqueo económico, o de un bombardeo. Desde la Segunda Guerra Mundial, desde que se autodesignaron policías del planeta entero, los Estados Unidos han emprendido cientos de intervenciones ilegales para derrocar gobiernos que consideraban incómodos para sus intereses o para imponer otros más favorables. Dos docenas de guerras han salido de ahí, justificadas bajo toda suerte de excusas virtuosas: la búsqueda de la paz, la protección de los derechos humanos, la prevención del terrorismo, el control de las drogas, la libertad de los pueblos. Guerras grandes, como la de Vietnam o la de Irak; o pequeñas, como la de la islita caribeña de Granada arrasada por un capricho de nombre pomposo: Operation Urgent Fury.

Pero salen a tranquilizarnos en los periódicos los analistas políticos, los ahora llamados expertos. Que no hay que inquietarse, nos dicen. Que lo de la “emergencia nacional” decretada solemnemente por Obama –“yo, Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, encuentro que…”– no significa nada serio.Que en los últimos 37 años –desde que el Congreso creó la figura– los presidentes han recurrido a ella 53 veces, por motivos tan variados y a veces tan baladíes como una epidemia de gripa o un tornado o un tratado de comercio. Que Obama ha decretado en seis años nueve estados de emergencia y prorrogado 22 más dictados por sus predecesores. Que no pasa nada.

Yo diría que es al revés. Que la amenaza sea rutinaria puede banalizarla, pero no la elimina, sino que la agrava. Significa que no solo Venezuela, sino 53 países más están en peligro.

No hay que reírse de Nicolás Maduro. Más bien hay que tener en cuenta que los Estados Unidos tienen tropas desplegadas en sus bases militares en más de 150 (ciento cincuenta) países de los cinco continentes. Pero no son para amenazar a nadie, claro está. Sino para defenderse de las amenazas de todo el mundo.
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