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Opinión

  • | 2015/03/28 22:00

    La droga del miedo

    Antonio María Costa, durante años el inflexible prohibicionista jefe de la oficina de la ONU contra la droga y el delito, reconoció que los cientos de miles de millones de dólares lavados para el narcotráfico ilegal salvaron de la quiebra a muchos bancos en la gran crisis de hace ocho años.

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Ante la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas reunida en Viena acaba de proponer el ministro colombiano Yesid Reyes una “revisión profunda” de la guerra mundial contra las drogas “por sus eventuales resultados adversos”. Que son todos sus resultados: desde el aumento universal del consumo hasta el aumento también universal de la violencia criminal que lo acompaña.

Dijo Reyes que “si esto se va a cerrar aquí (es decir, en esa Comisión prohibicionista, en vez de que la discusión sea llevada a la Asamblea General en septiembre del año próximo) estaremos perdiendo una preciosa oportunidad para mejorar el rumbo”.

La intervención del ministro en Viena lleva así un paso adelante la tímida propuesta hecha por el presidente Santos hace un par de años sobre una posible legalización, que se había quedado en las palabras. Hasta ahora el único gobernante en ejercicio que ha llevado la propuesta a la práctica ha sido el presidente uruguayo Pepe Mujica, que legalizó la marihuana (y los electorados de los estados norteamericanos de Colorado y Washington, que votaron a favor de su uso recreativo). En media docena de países la dosis personal es tolerada, pero no la producción ni el comercio; y siempre limitada al caso de la marihuana, considerada “droga blanda”. La sugerencia del ministro Reyes va más lejos, puesto que se refiere a “los objetivos y las estrategias mundiales antidrogas”: a la “guerra” en su conjunto. Y es la primera vez que la plantea oficialmente un gobierno. Como señala el vice primer ministro del Reino Unido Nick Clegg, “lo que hay ahora es un fraude colosal perpetrado por políticos demasiado miedosos para romper el tabú” de la prohibición.

¿Tienen miedo de qué? Obviamente, de desafiar al gobierno de los Estados Unidos, inventor de la prohibición y su principal beneficiario. Tanto miedo que no se atreven ni siquiera a decir que lo tienen, como lo reveló patéticamente hace 20 años el gemido del entonces presidente de Colombia Ernesto Samper, cuando aseguró que su gobierno seguiría persiguiendo las drogas “por convicción y no por coacción”. Le preguntaron en estos días al uruguayo Mujica (cuyo sucesor está a punto de echar atrás la legalización de la hierba):

–¿Qué hacen los Estados Unidos para combatir el narcotráfico?

Y respondió contrapreguntando:

–¿Y qué hacen para combatir el mundo financiero que produce?

No hacen nada. Lo cultivan. Le hacen la corte. Porque se equivoca Nick Clegg cuando afirma lo siguiente (en un artículo en The Guardian que no firma como vice primer ministro sino como ciudadano particular, en compañía del industrial Richard Branson):

–Como inversión, la guerra contra las drogas no ha dado beneficios. Si fuera un negocio, hubiera cerrado hace mucho tiempo.

Es al revés: no ha cerrado porque es un gran negocio: el más grande del mundo. No solo para los narcos, por la obviedad de que si no hubiera prohibición y guerra no habría margen de ganancia. Sino también, y casi sin peligro (a lo sumo el de tener que pagar alguna multa simbólica de tiempo en tiempo) para ese “mundo financiero” de que habla Mujica. Esto es tan evidente que así lo ha reconocido el exsubsecretario general de las Naciones Unidas Antonio María Costa, que durante ocho años fue el inflexible prohibicionista jefe de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (2002-2010). Según Costa, los cientos de miles de millones de dólares lavados para el narcotráfico ilegal fueron los que salvaron de la quiebra a muchos grandes bancos en la gran crisis de hace ocho años. ¿A cuáles? ¿De qué países? El puntilloso funcionario se negó a dar nombres. Explicó que sería inapropiado de su parte denunciarlos, puesto que el papel de su Oficina contra la Droga y el Delito consiste solamente “en ocuparse del problema, y no en repartir culpas”.

El discreto señor Costa ha sido el único director ejecutivo de la Oficina contra la Droga y el Delito reelegido para su cargo.
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