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Opinión

  • | 2014/10/25 22:00

    La lengua bífida

    Así funciona la retórica uribista: sacando inferencia tras inferencia de premisas falsas.

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El senador Álvaro Uribe y su circo de marionetas amaestradas tienen dos métodos para imponer sus verdades, es decir, sus mentiras. El primero, largamente refinado por Uribe en sus ocho años de gobierno, es el de eludir la pregunta formulada o el asunto en cuestión hablando de otra cosa. Esa figura se llama non sequitur. El otro es la mentira pura y simple. Para decirlo en el contralenguaje uribista: la mentira “frentera”.

Y aprendieron del ministro nazi de Propaganda, Joseph Goebbels, que una mentira repetida cien veces se convierte en verdad. Es la misma técnica con la que consiguió el dirigente conservador Laureano Gómez incendiar la República hace setenta años, y un buen ejemplo de ella es su famosa y falsa afirmación de que el Partido Liberal guardaba “un millón ochocientos mil cédulas falsas” que le servirían para ganar las elecciones.

El uribismo anda en estos días dando una demostración de su lengua bífida con las 68 refutaciones a los borradores de los acuerdos de La Habana publicados hace unas pocas semanas. Son 68 tergiversaciones, o mentiras descaradas, que con su habitual ambigüedad semántica los uribistas llaman: “capitulaciones”, sin aclarar en cuál de sus sentidos usan la palabra: si en el de que el gobierno de Santos ha capitulado ante las Farc, es decir, se ha rendido ante ellas; o si en el más burocrático de que uno y otras han establecido las condiciones de un contrato, como en el caso de las capitulaciones matrimoniales; o si, en fin, en el  que el diccionario de María Moliner advierte como “poco frecuente”: el de “hacer cargos a alguien por faltas o delitos cometidos en el ejercicio de su empleo”. A veces quieren decir lo uno, a veces lo otro, según les convenga. Ese es su estilo. Dan por hecho de antemano que las Farc no van a cumplir sus compromisos, tal como no cumplieron  los paramilitares ante el gobierno de Uribe, ni el gobierno de Uribe ante los paramilitares. Dan por hecho que convertidas a la política sin armas, las Farc seguirán intimidando con sus armas para conseguir votos. Dan por hecho que seguirán narcotraficando, aunque se comprometan a no hacerlo. Más aún: señalan, como prueba fehaciente de ese engaño que vaticinan, el hecho de que las Farc no hayan cumplido todavía lo que todavía no  han firmado. Y a toda posible salida del laberinto interponen como exigencia previa sus llamados “inamovibles”: la rendición pura y simple del grupo guerrillero. Sin condiciones: es decir, sin capitulaciones. Que son, según la primera acepción que le da a la palabra el diccionario, las condiciones que se estipulan en el trato con el enemigo para la rendición.

Pero veámoslo en la versión del ventrílocuo supremo, el senador Uribe, de acuerdo con la entrevista que le dio el domingo pasado a la directora de El Colombiano de Medellín, Martha Ortiz Gómez.

Uribe empieza por definir la historia de las últimas décadas acudiendo al concepto machaconamente reiterado por su asesor José Obdulio Gaviria: En Colombia no hay conflicto armado. “Aquí lo que ha habido –dice– es un narcoterrorismo contra una democracia”. De donde deduce que “la paz en una democracia no puede ser sobre la base de negociar la agenda nacional con el terrorismo”. De ahí llega “a la conclusión (de) que pretenden expropiar 20 millones de hectáreas. (…) Ya un funcionario del gobierno ha dicho que la cuota inicial sería de 6 millones de hectáreas”. Y concluye; “Empiezan con la tierra y después seguirán con otros sectores de la economía. Eso se parece mucho a lo que hicieron Castro y Chávez”.

Así funciona la retórica uribista: sacando inferencia tras inferencia de premisas falsas. Otra más es la que “las Farc es el principal cartel de cocaína del mundo y el gobierno ahora lo elige en la calidad de diseñador de la política antidroga”. Y otra (hay al menos una por párrafo), la de que lo vuelva también “el diseñador de la democracia colombiana”. Y la de que “ha acordado con las Farc unas circunscripciones políticas especiales donde solamente podrán presentarse candidatos de las Farc”. Asegura que su alto comisionado de Paz, hoy prófugo, “fue el artífice (de) que gracias a la política  de seguridad democrática se hubieran desmovilizado 52 mil terroristas”.  Ya van 52 mil. Yo recuerdo que cuando el gobierno de Uribe propuso su primera versión de la Ley de Justicia y Paz los narcoparamilitares era diez mil, y que a estos a quienes hoy llama “terroristas” les reconocía entonces el tratamiento de delincuentes políticos. Y se hace una pregunta retórica: “¿Qué democracia en el mundo, negociando con terroristas, aceptaría dialogar mientras sigan en esa orgía criminal?”. Si mirara en torno – hacia el Oriente Medio, por ejemplo, y las muchas democracias occidentales allá empantanadas–, se respondería con la verdad secreta: todas. (O por lo menos esas muchas). No se negocia la paz cuando se está en paz, sino cuando se está en guerra.

Ya llegando al final de la entrevista  –en la cual se ha dado el lujo de no contestar ninguna de las preguntas, saliéndose siempre por la tangente–, el senador Uribe le lanza una flor a su Centro Democrático: “Es la primera vez que Colombia, dentro del establecimiento democrático, tiene oposición”.

Se nota que no ha leído ni los más elementales textos de historia de Colombia.
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