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Opinión

  • | 2014/05/25 00:00

    La oposición

    La oposición y el poder son mutuamente necesarios dentro del estado y la sociedad, y en la primera vuelta electoral lo que está en juego no es quién va a encarnar el poder, sino quién va a encarnar a la oposición.

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Empiezo por recordar una obviedad que nos quieren hacer olvidar. La de hoy es la primera vuelta de las elecciones presidenciales, no la segunda. En Francia, donde inventaron lo de las dos vueltas, se dice ritualmente que “en la primera se escoge, y en la segunda se elimina”.

¿Escoger qué? Escoger algo tan importante, en mi opinión, como el ganador mismo de las elecciones: la oposición.

La oposición al ganador probable, que es Juan Manuel Santos, o al ganador posible, que es la marioneta del expresidente Álvaro Uribe, solo se puede articular, en mi opinión, en torno al Polo Democrático, cuya candidata es Clara López. Porque pasado el trance electoral los votos conservadores de Marta Lucía Ramírez volverán a la mermelada, y ella al olvido; y la olita verde de Enrique Peñalosa volverá a ser un charco, mientras él volverá a dar conferencias sobre el uso urbano de la bicicleta. Para que haya una oposición a Santos –es decir, una oposición a la derecha reinante– que no sea solo la del uribismo –es decir, la de la ultraderecha destronada–, o viceversa; es decir, para que este país no siga eternamente girando en torno a los matices de la derecha eterna, es necesario fortalecer la izquierda. Y eso solo se consigue votando por Clara López.

En nuestro sistema político los candidatos presidenciales derrotados desaparecen, a diferencia de lo que sucede en los sistemas parlamentarios, en donde quedan automáticamente convertidos en jefes de la oposición. Aquí son de usar y tirar (por lo menos hasta su siguiente candidatura). Pero lo que sí cuenta es el apoyo electoral que hayan recibido. Fueron los millones de votos logrados por Carlos Gaviria en el año 2006, derrotados, sí, pero millones, los que le permitieron al Polo Democrático ganar por tres veces consecutivas la Alcaldía de Bogotá. Los que le dieron la cohesión –hoy perdida en sus rencillas intestinas–, la seguridad en sí mismo –hoy dilapidada por la atonía de Lucho Garzón, la corrupción de Samuel Moreno y el divisionismo de Gustavo Petro–, la cohesión interna y la seguridad en sí mismo necesarias para ser durante ocho años la oposición a los gobiernos de Uribe, y en los últimos cuatro la oposición al gobierno de Santos.

La oposición. En el parlamento, claro, con las denuncias y los debates de control político. Pero no solo ahí. También en la prensa, en las calles, en los campos, en las universidades. La savia de la oposición civil y política es lo que inyecta vida real a la democracia, que sin ella sería una coreografía vacía de sentido. La oposición al gobierno es parte necesaria del Estado democrático, como queda patente en la expresión inglesa: “La oposición de su majestad”, no “a su majestad”. La oposición y el poder son mutuamente necesarios dentro del Estado y dentro de la sociedad. Y en una primera vuelta electoral lo que está en juego no es quién va a encarnar el poder, sino quién va a encarnar la oposición.

Me decía la otra noche un exministro del santismo, comentando admirativamente la presentación de Clara López en el primer debate de los candidatos en televisión: “Sería una excelente ministra de la Unidad Nacional”.

Se ve que no han entendido nada.
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