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Opinión

  • | 2014/08/09 00:00

    Los hermanos enemigos

    Tal vez los dos Londoños, el de las Farc y el del uribismo, sean una misma persona. El uno madruga para echar su discurso incendiario ultraderechista en radio Santa Fé, y el otro se pega una barba postiza para echar en Anncol su discurso incendiario ultraizquierdista.

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Asegura el muy bien informado periodista William Calderón que le ha llegado a su columna de ‘La Barca’ lo que él llama “un verdadero plebiscito pidiendo un auténtico vocero de las víctimas en la mesa de Cuba, y todos coinciden en el nombre del exministro Fernando Londoño Hoyos”. Quien, como se recordará, sufrió hace dos años un tremendo atentado con bomba atribuído a las Farc.

Por otra parte, por la parte de enfrente, las Farc aseguran en la mesa de La Habana que son ellas las verdaderas víctimas. Y señalan para demostrarlo, entre otros casos, el bombardeo que hace tres años mató a su jefe, Alfonso Cano. Cano fue sustituído como cabeza máxima del grupo guerrillero por Timochenko, que es hoy, con sus comunicados de guerrerismo victimista, o de victimismo guerrerista, el principal agitador político de su organización. Hace apenas un par de meses el presidente Santos dijo que lo tenía en la mira, sin saber si tirarle una bomba o no (y no se la ha tirado todavía). ¿Debería en consecuencia ser Timochenko el otro vocero de las víctimas en la mesa de La Habana?

Observándolos a ambos, y oyendo sus respectivos discursos, he venido a sospechar que se trata de dos hermanos mellizos. Sin meterme en honduras de telenovela o de mitología –niño ocultado en su infancia, niño reconocido como heredero al trono–, el caso de estos dos personajes me recuerda la historia novelesca, pero tal vez verdadera, que cuenta Dumas sobre el Hombre de la Máscara de Hierro: uno que quizás era el hermano gemelo del rey Luis XIV de Francia, y al cual hubo que encerrar para siempre para que no fuera su rival. ¿No será que el guerrillero Timochenko y el exministro Londoño son hermanos? Mellizos, no gemelos: nacidos del mismo parto (el de la violencia, que según Engels es partera de la historia) pero venidos de dos óvulos distintos. ¿Será que en este caso la realidad imita la ficción?

Porque los dos, sin ser gemelos idénticos, son mellizos casi iguales. No solo porque lleven el mismo apellido Londoño: Fernando Londoño, el exministro, Rodrigo Londoño, el jefe guerrillero. No solo porque los dos tengan un alias: Timochenko para el uno, el Héroe de Invercolsa para el otro. No solo porque ambos hayan sido perseguidos y condenados por la Justicia. El exministro (de Justicia) por la Superintendencia de sociedades, la Procuraduría, la Corte Constitucional y el Consejo de Estado, por abuso de autoridad, conflicto de intereses y prevaricato; y el guerrillero también por otras tantas instancias judiciales por asesinato, secuestro, asalto y reclutamiento de menores y delitos conexos. Sino porque su extremismo político es el mismo desde punta y punta, y además es idéntico en su hinchazón retórica. Los dos son desaforados oradores del estilo grandilocuente que aquí se ha llamado grecocaldense o grecoquimbaya. Los dos vienen de allá: el uno es de Manizales, el otro de Calarcá. Los dos son dueños, o esclavos, de una retórica ruidosa y ampulosa, campanuda, hiperbólica y teatral. Incendiaria. Pensada –o ni siquiera pensada: nacida naturalmente– para incitar a la violencia. Hermanos enemigos. La cosa no es nueva: viene de Caín y Abel.

Pero tal vez la cosa es todavía peor. Tal vez los dos Londoños, el de las Farc y el del uribismo sean una misma persona. El uno madruga para salir a echar su discurso incendiario ultraderechista en radio Santa Fé, y el otro, que es el mismo, se pega una barba postiza y se tapa el copete con una cachucha guerrillera para echar en la agencia Anncol su discurso incendiario ultraizquierdista. Y entre los dos, que son uno solo, nos tienen así.

No sé a cuál de los dos Londoños le moleste más que haya revelado aquí su secreto de telenovela.

NOTA: Denuncia el historiador peruano-israelí David Mandel mi “sublime ignorancia” al hablar de los crímenes de guerra de Israel alegando, con razón, que confundí el nombre del emperador romano Vespasiano con el de Diocleciano. Tiene razón. Me disculpo por ese tonto lapsus de descuido, pero no creo que eso, como él dice, “quita todo valor a (mis) otras citas históricas”, de las cuales en su larga refutación no refuta ninguna. 
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