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Opinión

  • | 2014/06/06 00:00

    Los nostálgicos

    Lo suyo es lo que un escritor francés llamó "la nostalgie de la boue": la nostalgia del fango.

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Tiene razón el poeta y columnista William Ospina en su provocador artículo de apoyo al títere uribista cuando escribe que “Uribe y Zuluaga representan ya a otro sector de la sociedad”, distinto de la “vieja élite” que encarna Santos. Eso es verdad; pero no necesariamente implica mejoría, como quiera darlo a entender Ospina con el adverbio “ya”. Para poner un ejemplo extremo (el de siempre): Hitler representaba ya algo distinto de la “vieja élite” aristocrática prusiana encarnada en el mariscal Von Hindenburg. Y así le fue a Alemania. (Tampoco le había ido bien con los aristócratas prusianos, de acuerdo).

Óscar Iván Zuluaga no es Hitler, por supuesto. Ni siquiera su patrón Álvaro Uribe es Hitler (aunque hace años hiciera yo aquí mismo esa comparación caricaturesca en los albores del uribato). No creo que Uribe y su títere vayan a emprender una “solución final” de exterminio para las “razas inferiores” (no paisas), así cuenten con la bendición apostólica del Gran Inquisidor Alejandro Ordóñez y con la colaboración tecnológica del Gran Electrocutador Pachito Santos. Pues ni siquiera en la eficacia práctica es Uribe comparable con Hitler: hay que ver las autopistas apenas carreteables que nos dejó en ocho años su Gran Planificador, su Albert Speer, Andrés Uriel Gallego. Antioquia no es Alemania.

No dice William Ospina qué sector nuevo es el que representan Uribe y su muñeco. Pero basta con echarle una ojeada al muy próximo pasado de sus ocho años de gobierno para saber cuál es: es el sector del narcoparamilitarismo, que hace unos años era llamado “clase emergente” y hoy recibe el nombre eufemístico de “bacrim”. Y es el equivalente, guardadas proporciones, de lo que representaban Hitler y sus pistoleros nazis en la Alemania de los años treinta: un sector rufianesco y gangsteril al que se aliaron, tras la toma del poder, terratenientes, industriales y banqueros: el gran capital, que siempre gira, como los girasoles, hacia el sol que más alumbra.

Lo de hoy aquí es apenas una parodia cómica de la inmensa tragedia de allá. Pero la comicidad no le quita su parte de tragedia: también aquí corre la sangre. El combo de Álvaro Uribe lo conocemos ya, y no es casualidad que tantos de sus amigotes estén presos o sean prófugos de la justicia. Sus parlamentarios, sus embajadores, sus ministros, sus jefes del DAS, sus comisionados de paz ante los paramilitares. Sus vecinos rurales del creciente latifundio de El Ubérrimo, como Mancuso, el jefe de las AUC a quien Uribe trajo ante un parlamento de uribistas que le recibió la visita con aplausos y le aplaudió también el discurso patriótico-uribista. Sus parientes, como su primo Mario, el hoy expresidiario que iba detrás comprando fincas abandonadas en la estela de las motosierras; su cuñada y su sobrina, reclamadas en extradición por narcotráfico; su hermano Santiago, señalado como jefe del grupo paramilitar de “los doce apóstoles”; sus hijos Jerónimo y Tomás, meteóricamente enriquecidos gracias al regalo paterno de zonas francas; su difunto padre, cuya avioneta personal fue encontrada en las cocinas de Tranquilandia del Cartel de Medellín, y cuyo cadáver fue a rescatar el mismo Álvaro Uribe en un helicóptero que le pidió prestado al narcotraficante y asesino Pablo Escobar. Sus colaboradores más cercanos: esos consejeros jurídicos que recibían en los sótanos del palacio presidencial a narcotraficantes que a continuación caían asesinados, esos compadres que canjeaban notarías por vacas, esos generales palaciegos que narcotraficaban, esos comisionados de paz que hacían montajes teatrales de rendición de falsos guerrilleros de guardarropía y recibían de falsos paramilitares armas de utilería. Y los responsables de la más innoble y horrenda farsa: la de los “falsos positivos” en los que tres mil –tres mil– inocentes, inocentes en todos los sentidos de la palabra, fueron asesinados para que sus cadáveres disfrazados con uniforme de guerrilleros engordaran las cifras triunfalistas de la “seguridad democrática”. ¿Qué responsables? El entonces ministro de Defensa Camilo Ospina, que dio la largada, los capitanes y coroneles y generales que ampararon la infamia, y el propio presidente Uribe que la justificó diciendo con desprecio sobre los asesinados: “No estarían cogiendo café…”

A un nivel más modesto y subalterno, también Óscar Iván Zuluaga estaba haciendo por entonces sus pinitos en la desvergüenza: destituyó al superintendente financiero que pretendía estorbar con normas de vigilancia las maromas del compinche de negocios del presidente Uribe y novio de su secretaria, José Roberto Arango.

A diferencia de todo lo que dice el expresidente Uribe, que es comprobadamente falso, todo lo que vengo diciendo en este artículo es rigurosamente cierto.

Y entonces ¿por qué tanta gente quiere volver a vivir esos horrores? No todos los millones que votaron por Zuluaga son beneficiarios de la corrupción del uribato, y más bien saldrían perjudicados por su restablecimiento, ahora a perpetuidad. Así que ¿por qué escogen votar por el muñeco de Uribe? No veo más que una razón, de índole psicológica. No es que hayan olvidado los horrores del uribato, sino que les gustan. Lo suyo es lo que un escritor francés bautizó como “la nostalgie de la boue”: la nostalgia del fango.

Nota:
Pero ¿y lo del senador Robledo? Llama a votar en blanco porque los dos candidatos le parecen idénticamente malos. Pero su postura, dictada por el ansia de pureza del rigor mortis me recuerda una famosa inscripción de lápida de cementerio. La de un peatón atropellado por una tractomula cuando cruzaba confiadamente la calle con el semáforo en verde, sin mirar: “Aquí yace Jorge Enrique Robledo. Llevaba la vía”.
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