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Opinión

  • | 2014/11/01 22:00

    Manzanares: el arte del juego

    Como fruto final –por ahora– de esa larga evolución tenemos el toreo de hoy, que sin dejar de ser media docena de cosas más– combate, rito, espectáculo y sobre todo juego– es, por encima de todo, arte.

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El arte del toreo, tan vilipendiado últimamente, no es arte porque lo haya pintado Goya: también pintaba aquelarres y descuartizamientos; ni es arte porque muchas veces le haya servido de inspiración a Picasso: también le sirvió de inspiración un bombardeo. El toreo puede haber sido tema artístico o pretexto literario, pero eso no tiene importancia: el hecho de que Proust haya hecho brotar toda su gran novela del recuerdo de una magdalena mojada en té no convierte a ese bizcocho en una obra de arte. El toreo es un arte por cuenta propia, y no vicaria ni dependiente. No necesita muletas (salvo ese trapo rojo, también llamado muleta, que sirve para seducir y engañar al toro).

El toreo es un arte desde sus primeros toscos balbuceos de finales del siglo XVIII –sí, de los tiempos de Goya-, para no remontarnos a sus orígenes míticos en la Creta minoica de hace cuatro mil años, reflejados pictóricamente en los muros del palacio de Cnossos, o a los inmemoriales juegos con toros practicados por los pueblos de la cuenca del Mediterráneo. Un arte rudimentario y brutal, que apenas estaba emergiendo del magma originario del juego, que es el origen de todas las artes. En la España renacentista, con la simbiosis de las justas caballerescas y las fiestas populares, ya se consideraba digno de la pluma de los más refinados poetas: Lope, Góngora, Quevedo. Con la llegada al trono español de la dinastía francesa de los Borbones se prohibió, por peligroso, el toreo aristocrático y el juego de los toros volvió al pueblo, tanto en sus ejecutantes –los artistas todavía con mucho de saltimbanquis— como en su público. Pues no es cierto, como aseguran hoy demagogos como el alcalde de Bogotá, que las corridas sean una distracción de las clases adineradas: le bastaría con ir a ver una sola para comprobarlo. Y en esos mediados y finales del siglo XVIII –los tiempos de Goya, sí–, y luego a lo largo del XIX, cuando se establecieron las reglas y los cánones y se escribieron los primeros tratados sobre el buen torear, el juego brusco y grosero de los primeros tiempos se fue afinando y refinando hasta convertirse en un arte cuyo propósito principal, además de la ética que lo inspira, es la estética a la que aspira. A principios del siglo XX – sí, los tiempos de Picasso–, el gran torero Juan Belmonte impuso la revolución técnica y estética del toreo “de brazos”, por contraposición al defensivo “toreo de piernas” que imperaba hasta entonces, ilustrado por una máxima de una de las grandes figuras de la época: “O te quitas tú, o te quita el toro”. Belmonte sentenció: “Ni te quitas tú ni te quita el toro: al toro lo quitas tú”. Y así lo hizo, mostrando que lo que parecía imposible era posible si en el encuentro entre hombre y toro mandaba el hombre con su inteligencia. Vino luego la invención del toreo ligado, es decir, sin interrupción entre un pase y el siguiente, y después el perfeccionamiento de la quietud: el toreo, sin dejar de ser danza perpetua, se hizo inmóvil. Y como fruto final –por ahora– de esa larga evolución tenemos el toreo de hoy, que sin dejar de ser media docena de cosas más –combate, rito, espectáculo, y sobre todo juego–, es, por encima de cualquier otra cosa arte.

Toda esta larga introducción viene a que acaba de morir –en su cama, a los 61 años, retirado de los ruedos–, José Mari Manzanares, uno de los artistas más excelsos de ese misterioso arte del juego que es el toreo. Un torero irregular, bendecido desde niño por todos los dones que puede necesitar un hombre de su oficio: valor, técnica, elegancia, empaque; incluso la estatura adecuada para un torero. Una facilidad casi milagrosa, y toda la naturalidad del mundo. Pero frenado en su carrera por sus altibajos de ánimo. Ciclotímico. Bipolar, hubieran diagnosticado hoy los psiquiatras. Sus críticos llamaban a eso su mandanga: su desidia, su abulia, su pereza, que se imponían en él sobre la voluntad de la ambición. Un artista, decían, que hubiera podido ser aún más grande que lo que fue, pero no quiso.

Yo, por mi parte, creo que esa indolencia que muchos consideraron un defecto de su carácter era la raíz misma de su arte:

El arte del juego. Manzanares jugaba al toro. Esa es tal vez la definición primigenia y la más acertada del arte de la tauromaquia.
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