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Opinión

  • | 2017/04/15 22:00

    Tierra de nadie

    La Organización de Naciones Unidas se creó para evitar las guerras. ¿y cuántas ha evitado? al revés. Ha patrocinado con energía unas cuantas.

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Con motivo de la nueva intervención bélica del presidente Donald Trump en la compleja guerra siria, que es una guerra civil entre tres bandos y una guerra multinacional entre por lo menos siete (ocho contando a los kurdos, que no son reconocidos como nación pero pretenden serlo, y estarán en el centro de la próxima guerra del Oriente Medio), con motivo, digo, de la complicadísima guerra siria, resulta que los analistas…

Antes de continuar hagamos cuentas sobre los participantes. Los locales son los sirios partidarios del gobierno de Bashar al Asad, principalmente chiitas y en particular alauitas; los rebeldes sirios, por lo general de la secta sunita; y los militantes, también sunitas, sirios en su mayoría pero también voluntarios musulmanes internacionalistas iraquíes, yemenitas y saudíes, franceses y británicos, de la organización extremista islámica llamada diversamente Califato Islámico, o Isis, o Dáesh, o Estado Islámico en Irak y el Levante. Los países extranjeros implicados son Rusia e Irán, que defienden a Asad; la coalición de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, que no combate frontalmente a Asad pero ayuda a los rebeldes locales y se enfrenta al Califato; Turquía, en principio aliada de la coalición y que también combate a Isis, pero no apoya a los rebeldes sirios locales porque estos son aliados de los ya mencionados kurdos, los cuales luchan a la vez contra Isis en Siria y contra el gobierno turco en Turquía. Intervienen además las milicias palestinas enemigas de Israel refugiadas en el Líbano y armadas por Irán. ¿Israel? No se sabe. Hay que hacer las correspondientes sumas y restas.

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Volviendo atrás: con motivo de la inextricable maraña de la guerra en Siria se extrañan y aún se quejan y hasta se indignan los analistas políticos de la prensa internacional de que no haya servido la ONU para desenredarla, y menos todavía para pararla. De que no haya servido para nada ni en este caso ni en ningún otro en sus setenta años de existencia. Tienen razón. La Organización de las Naciones Unidas se creó para evitar las guerras ¿y cuántas guerras ha evitado?

Al revés: ha patrocinado con energía unas cuantas. Recuerdo por lo menos dos que hayan sido promovidas oficialmente por ella: la ya vieja de Corea, que sigue tal cual desde los años cincuenta del siglo XX, congelada en un interminable armisticio y siempre a punto de reventar de nuevo (mañana, por ejemplo); y la más reciente de Irak, empezada en la primera década del siglo XXI, que sigue ardiendo. Y, sin autorizarlas explícitamente ni alentarlas, la ONU ha tolerado otras 20 o 30 guerras y guerritas más, sin poder evitarlas o sin tratar de hacerlo. Guerras coloniales o de liberación nacional en Asia, en África, en Oceanía, y hasta en regiones teóricamente descolonizadas en América (pues no otra cosa han sido la invasión norteamericana de Panamá con sus miles de muertos para llevarse preso a un narcotraficante, o la conquista de la islita de Granada por 20.000 marines para asustar a una población de 100.000 habitantes.

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Nada menos que 14.000 condecoraciones les fueron otorgadas a los vencedores: el gobierno de los Estados Unidos gastó en esa guerrita de dos horas más en medallas que en balas). Guerras civiles convertidas en internacionales, como la de la partición de la India. Guerras internacionales poscoloniales como la de Vietnam. Guerras de cruda conquista, como la anexión de Crimea por Rusia. Guerras étnicas y nacionalistas, como las de los Balcanes tras la disolución de Yugoslavia. Guerras inclasificables (¿Coloniales? ¿Étnicas? ¿Religiosas? ¿De liberación?) como las varias guerras entre los israelíes y los árabes. Guerras de ida y vuelta, como las de la Unión Soviética y los Estados Unidos en Afganistán. Guerras absurdas, como la guerra del fútbol entre El Salvador y Honduras.

Ahora Donald Trump se estrena como presidente de los Estados Unidos lanzando fanfarronamente por la televisión, con el increíble pero populachero pretexto sensiblero de que se impresionó con las fotos de unos niños muertos y en medio del aplauso marcial de sus conciudadanos, una lluvia de cohetes contra Asad en Siria. Pero ya lo estaba haciendo antes, sin decirlo, discretamente, contra los aliados de Asad en Siria. Tal como lo hacía también, discretamente, sin llamar la atención, su predecesor Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, que solo en el año 2016, último de su mandato, hizo soltar nada menos que 26.172 bombas* (desde aviones, desde drones, desde cañones, desde la nariz de los cohetes) sobre blancos en siete países (Siria, Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Somalia y Pakistán), sin que la ONU pestañeara siquiera. La ONU solo llega a las guerras cuando las guerras se terminan: en misión humanitaria, a contar muertos.

Hace unos 20 años una gran película tragicómica recibió todos los posibles premios multinacionales: el Óscar de Hollywood, el León de Cannes, el Oso de Berlín… Era una coproducción de empresas de varias nacionalidades –bosnia, francesa, belga–, filmada en varios países –Eslovenia y Bosnia Herzegovina– y hablada en varios idiomas – serbio, croata, francés, inglés y alemán–, y se burlaba feroz y amargamente de la ONU y de sus pretensiones pacifistas. Pero ¿qué va a poder hacer por la paz en el mundo la pobre ONU, si está constituida por 193 países amantes de la paz que entre sí son enemigos? 

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*Airpower Statistics, Operation Inherent Resolve. Citado por Mirah Zenko.

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